Junio del 2008

Mi mente es una barca...

Por Leonel Puente Colin - 30 de Junio, 2008, 13:05, Categoría: La Zona Azul

Mi mente es una barca anclada a la mitad de mi existencia...

A veces gira hacia atrás, a veces gira hacia adelante. Dependiendo de la dirección de las olas, se remonta a mi infancia, a mi adolescencia, a mi juventud, a mi edad adulta, a mi madurez, a mi vejez; pocas veces se dirige a estos últimos años, y hace bien, porque nada interesante ha ocurrido recientemente ni puede ocurrirme ya. La decrepitud ronda cerca, y nombrarla de otra forma de nada serviría para alejarla, porque son muchos otoños los que la sangre ha corrido a través de mis venas.

Mi mente es una barca anclada a la mitad de mi existencia...

Y no lo haré, pero siento ganas de releer a Dante. "A la mitad del camino de nuestra vida me encontré en una selva obscura, por haberme apartado del camino recto. ¡Cuán penoso me sería decir lo salvaje, áspera y espesa que era esta selva, cuyo recuerdo renueva mi temor, temor tan triste que la muerte no lo es tanto!".

La memoria ya me traiciona, quizá no sean las palabras correctas; tal vez, incluso, ésta otra traducción sea más exacta: "A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado. ¡Cuán dura cosa es decir cuál era esta salvaje selva, áspera y fuerte que me vuelve el temor al pensamiento!".

Mi mente es una barca anclada a la mitad de mi existencia...

Muchas de las personas importantes para mí ya se han ido; otras, también importantes, aún viven en mi vida, pero nuestro trato se reduce a saludos simples, a pláticas casi idénticas, a tardes desmenuzando recuerdos borrosos o a silenciosas veladas en las que noto su tristeza por mi próxima despedida. A los extraños no los tolero ni un instante: ya no quiero conocer a nadie más a menos que fuese por una razón verdaderamente excepcional, pero dudo que ocurra algo de tal naturaleza.

Mi mente es una barca anclada a la mitad de mi existencia...

Casi a diario salgo a caminar alrededor de mi casa; por fortuna mi cuerpo todavía me responde, pero ya no lo esfuerzo más de la cuenta: sería muy injusto después de tanta obediencia. Eso sí: ni bastón ni acompañante alguno, trátese de quién se trate. Mis caminatas son sagradas aunque no lo puedan o quieran entender. Hace tiempo me gustaba, y mucho, la compañía y la plática de cualquier gente; ahora me da igual lo que sientan y piensen todas las gentes; y hasta con las personas que aún me importan casi sucede lo mismo, pero no es por maldad: simplemente es que mi ciclo se termina, que quiero darle un repaso minucioso a mi conciencia y en eso nadie me puede ayudar.

Mi mente es una barca anclada a la mitad de mi existencia...

Llueve. Llueve mucho. No me importa: de todas formas salgo a caminar. No me restan años sino meses, estoy seguro, lo siento en cada célula. Quizá no vuelva a ver la lluvia que tanto me gusta.

Hace años compré un buen paraguas, pero nunca lo usé sino hasta ahora; ¡qué tonto!, es agradable avanzar protegido por un pequeño techo artificial sobre la cabeza.

Mi mente es una barca anclada a la mitad de mi existencia...

Lo bueno y lo malo que hice quedó atrás. El tiempo que me resta está destinado para dedicármelo a mí, solamente a mí. Los platillos de la balanza casi pesan lo mismo, cuando estén en equilibrio será el momento de partir. Ya no falta mucho. Unas cuantas gotas más y la copa estará completamente vacía. Unas cuantas gotas más y la copa estará completamente llena. Lo mismo da.

Hubo una época en que la copa estuvo a la mitad; en ese momento ocurrió algo extraordinario: al mismo tiempo se comenzó a vaciar y a llenar. Contradicción simple o complicada; posible o imposible; real o ficticia; creíble o increíble; pero así ocurrió.

Mi alma es una barca anclada a la mitad de mi existencia...

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Cacería de Imposibles.

Por Leonel Puente Colin - 27 de Junio, 2008, 12:54, Categoría: Choritos




A veces los sueños traspasan la barrera de la realidad. Es entonces cuando hay que atraparlos, cueste lo que cueste...

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Los legendarios Kishikawa.

Por Leonel Puente Colin - 24 de Junio, 2008, 0:12, Categoría: El Perro del Mal

Era una linda tarde de Primavera: los pájaros cantaban sobre las ramas de los árboles, las flores presumían sus intensos colores, y hasta el smog tenía un olor agradable. Como en los cuentos de hadas, todo era alegría y felicidad.
El Perro del Mal se levantaba tarde ese día porque la noche anterior había patrullando minuciosamente las calles obscuras de la ciudad. Nada interesante había ocurrido y regresó a su guarida poco antes del amanecer.
Al levantarse, fue directamente hacia la alacena en busca de su ración cotidiana de cacahuates (debo aclarar que no cualquier tipo de cacahuates, tenían que ser los originales, los legendarios Kishikawa: los más doraditos y frescos del mercado). Pero no había más que un puñadito y no le alcanzaban "ni para el arranque".
Presuroso, el cannis malignus perrae (para ser más exactos en su denominación), se trepó en su impecable "vochito" negro y salió disparado a toda velocidad hacia el supermercado. Estacionó su coche con pericia y entró en el enorme edificio comercial. Todo parecía normal, pero, al irse acercando a la zona donde se supone deberían de estar sus cacahuates preferidos, su refinado olfato detectó algo extraño.
¡No había una sola bolsa de cacahuates Kishikawa!
Estuvo tentado a comprar otra marca de cacahuates, pero no: no le gustaba hacer experimentos con su alimentación. O eran los mejores o nada.
Por un momento se detuvo, se rascó el lomo, más por instinto que por necesidad, pues hacia años que había erradicado todas las pulgas de su oscuro pelaje, y después se encaminó hacia la salida.
Amablemente le pidió a la cajera, una cabra (cabrus toponix cornamentosa) de mediana edad, que le sellara su boleto de estacionamiento, pero la individua aquella, rotundamente le negó su petición.
- Si no nos compra nada, no le podemos sellar su boleto.
- ¿Y cómo voy a comprar si no encontré lo que yo buscaba?
- Pues cómprenos cualquier cosa y ya.
- Pues no, yo vine a comprar cacahuates Kishikawa y no hay. No quiero otra cosa. Sélleme mi boleto de estacionamiento por favor, y me voy.
- Usted no ha entendido, señor: no nos compra, no hay sello. No sea necio.
- La necia es usted, señorita (el tono empleado por el Perro del Mal para decir "señorita" iba con toda la intención, pues era muy probable que nadie, en su sano juicio, tuviese la intención de relacionarse intimamente con tal especímen; y le atinó, haciéndola enojar aún más).
- ¡Se lo repito por última vez: no nos compra, no le sellamos el boleto! ¡Y ya no nos haga perder el tiempo!
El Perro del Mal, al darse cuenta que no iba a poder razonar con la cabrus toponix cornamentosa, miró a su alrededor y divisó a una joven venada (venadhux velocis buenaondix), y le preguntó si traía coche. Como dijera que no, le propuso un trato: usted logra que me sellen mi boleto de estacionamiento y yo la llevo hasta su casa con todas sus bolsas.
La cajera escuchó toda la conversación y le echó una mirada asesina al Perro del Mal; sin embargo, tuvo que sellar el boleto.
El colmillo de oro del canis malignus perrae brilló al pasar frente a la cabrus toponix cornamentosa, y todavía tuvo el cinismo de cerrarle un ojo para dejarla rabiando en su puesto. Una vez más, se salía con la suya.

P.S. En sí misma, no fue una de las acciones más heroicas del Perro del Mal, pero tuvo mucha lógica: existen empleados que hablan en plural todo el tiempo, como si fuesen representantes directos de la empresa, y defienden los intereses de sus patrones más que sus patrones mismos. Muchas veces (y éste era un caso de ese tipo) los empleados son contratados por una agencia de colocación; es decir: ni siquiera responden por sus verdaderos patrones. Además, es ilegal cobrar estacionamiento: así fuesen cinco centavos, e incluso menos, las tiendas deben proporcionar gratuitamente ese servicio a sus clientes.


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Pisando Tierra

Por Leonel Puente Colín - 20 de Junio, 2008, 7:08, Categoría: Choritos


Llegue o no el milagro, hay que estar preparados para la batalla...

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La Fuga del Canario

Por Leonel Puente Colin - 17 de Junio, 2008, 18:59, Categoría: La Zona Azul

Al llegar a casa por la noche, el canario ya no estaba dentro de su jaula. Sin darme cuenta, dejé abierta la portezuela por donde a diario introducía su comida y le cambiaba el agua.

Hacia meses que tenía ganas de liberarlo, pero varias personas me dijeron que moriría pronto porque no sería capaz de sobrevivir en las calles de la ciudad. Sin embargo, el inconsciente es poderoso; muy poderoso: en cierta forma es mentira decir que dejé abierta la portezuela "sin darme cuenta"; en realidad, mi deseo de liberar al canario fue más fuerte que todos los razonamientos propios y ajenos.

Es sumamente probable que muera esa pequeña ave, difícil será que sobreviva, pero, ¿qué clase de vida era esa de pasar todo el tiempo dentro de un mundo enrejado con el único fin de servir como adorno y entretenimiento de un amo fortuito?

A menudo me he puesto a pensar en que yo vivo una vida parecida a la del canario, pues, aunque puedo moverme de lugar y convivir con varias personas, mi mente siempre está pendiente de lo mismo, nunca cambia mi forma de ver las cosas. Mis ideas están aprisionadas en aquel libro, el primer libro que leí siendo niño, y no salen de ahí.

Extrañaré el canto del plumífero amarillo, extrañaré verlo por la mañana revoloteando; pero no tenía sentido conservarlo porque su voz ya no me parecía alegre, de hecho, en los últimos días, sentía que cada nota de su trino era una amarga queja y un airado reclamo. Estoy seguro de que si no le hubiese dado la oportunidad de escapar, pronto habría enfermado.

Ojalá sobreviva, quiero pensar que sí porque no tiene otra opción: si regresara ya no encontraría su jaula abierta y lista para ser ocupada de nuevo porque la desarmé con unas pinzas. Ya no hay jaula, sólo quedan unos cuantos pedazos de alambres azules que utilizaré para construir otras cosas más interesantes. Ya no hay ave prisionera, su canto sonará en otro lugar.

Miro hacia dentro, obligo a mis ojos a mirarse a sí mismos y me pregunto:

¿Qué pasaría si dejara mi propia jaula mental, mi propia cárcel de ideas? ¿Mi voz cambiaría de tono, mi vida sería más interesante...?

Quizás sí. Quizás no sobreviviría al cambio. Pero debo correr el riesgo. Ya lo dijo aquel viejo filósofo: "el riesgo es precioso".

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