Ejercicios Existenciales.

Por Leonel Puente Colin - 15 de Julio, 2008, 16:11, Categoría: Doctor Yonquinstein

El Doctor Yonquinstein miraba el horizonte desde el piso 38 del edificio más alto de la ciudad. La tarde estaba templada, el sol brillaba sin deslumbrar y el soplo del viento resultaba agradable al contacto con la piel.
Nada en particular ocupaba la mente del doctor, de hecho, antes de comenzar su día de trabajo, necesitaba realizar una difícil tarea que podría llamarse ejercicio de vacío, consistente en varios ejercicios de respiración y relajación para entrar en un estado neutral de pensamiento y sensación.
Este ejercicio de vacío ya lo tenía muy bien ensayado y siempre resultaba muy útil para no obstruir su práctica terapéutica, sin embargo, para dominarlo necesitó varios años y una disciplina constante. Escuchar a alguien sin juzgar o prejuzgar es una tarea compleja; no basta oír, también hace falta captar las circunstancias específicas, la visión particular y los detalles personales de quién habla. No se trata de "darle por su lado"; el objetivo es entrar en su mundo y tratar de comprenderlo.
Todos los días, excepto los Lunes que era el día que había elegido para descansar, atendía a cuatro personas, no más; la cuarta de ellas, en ocasiones, no pagaba honorarios o aportaba una cuota muy baja pues sentía un compromiso con la gente de escasos recursos (además de que le permitía tener contacto con la problemática de las distintas capas sociales).
El Doctor Yonquinstein, a lo largo de su carrera, había tenido casos de todo tipo en su consulta: quejas sentimentales, traumas profundos, fantasías sexuales imposibles de llevar a la realidad, celos enfermizos, relidades paralelas, desdoblamientos de personalidad, relatos de mundos posibles ya extinguidos o por descubrir, incoherencias, disparates, discursos de "iluminados"... Sus archivos albergaban una vasta gama de experiencias humanas, de primera mano, con las que fácilmente se podrían escribir un sinnúmero de cuentos, novelas, relatos de ficción, guiones para radio o cine, y hasta tratados completos de psicología o filosofía; sin embargo, dada su ética profesional, resguardaba en silencio todo ese "material".
Casi siempre, al terminar su jornada, volvía a efectuar su ejercicio de vacío; pero había ocasiones en que, a pesar de su gran capacidad para sondear el alma humana, alguno de sus pacientes rebasaba sus parámetros y entonces recurría a otra herramienta, a otro tipo de método de auto-purificación: un espejo, de cuerpo completo, pegado en la pared y cubierto con una tela púrpura, que en dichas circunstancias descubría para mirarse el tiempo que consideraba preciso para luego concluir su introspección diciendo, en voz alta, la frase de uno de los maestros que más habían influido en su formación.
"Nada de lo que es humano me es ajeno"

Al marcar el reloj las 2 p.m., su secretaria le informaba por el interfón:
- Doctor, [la persona X, Y o Z], ha llegado. ¿Puede pasar?
- Claro que sí, pero no me hable usted con una voz tan sensual; por favor haga lo posible por utilizar un tono oficinesco, burocrático, impersonal...
- Muy bien doctor, seguiré sus indicaciones.
Ambos sonreían, pues era un viejo chiste entre ellos.
La secretaria invitaba amablemente a la persona en cuestión a que pasara al consultorio y el doctor Yonquinstein tomaba asiento en su viejo sillón. Invariablemente recibía a sus pacientes con una mirada penetrante y un gesto esfíngeo, indescifrable.

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