El Fantasma

Por Leonel Puente Colin - 21 de Julio, 2008, 15:10, Categoría: Paquete Cuento

EL FANTASMA

Todo comenzó un día en que desaparecieron un par de discos de colección que me habían costado muy caros y que nada más había escuchado una vez. Nadie los vio, nadie los tomó prestados, nadie sabía nada acerca de ellos. Rabié y hasta maldije, pero nada funcionó: los discos desaparecieron misteriosamente. Entonces, en tono irónico grité:

- ¡Ha de haber sido un fantasma el que se los llevó!- y salí azotando la puerta.

De ahí en adelante, si algo se rompía, se descomponía o desaparecía, ningún miembro de la familia era responsable; todas las cosas extrañas que ocurrían en aquella casa eran causadas por la malévola actividad del fantasma.

Por aquella época, mis padres estuvieron a punto de divorciarse; mi hermano a punto de morir en un choque automovilístico; mi hermana casi se casa sin haber cumplido la mayoría de edad; y yo, por poquito me meto a un seminario jesuita para escapar de la maldad del mundo. Afortunadamente, no ocurrió nada de lo anterior y la situación de mi familia mejoró; pero el fantasma se volvió más y más presente cada día. A veces, en plena hora de la comida, sucedían fenómenos extraordinarios: la radio cambiaba de estación de manera brusca y, en lugar de emitir música de Mozart, teníamos que comer al ritmo de cualquier sonsonete de moda que entonaba algún artistilla fugaz. En otras ocasiones, la radio se apagaba y se encendía el televisor; me daba gustó si el canal elegido era cultural, pero me resultaba insufrible si se trataba de un programa de concursos o de chismes. Pero nadie se quejaba, sufríamos la presencia del fantasma con paciencia.  

Poco a poco, la casa se fue volviendo un raro lugar para vivir, pero como teníamos problemas mucho más graves por resolver, nos fuimos haciendo a la idea de soportar los caprichos de nuestro "inquilino" e, incluso, formamos una especie de frente común para combatirlo mediante la indiferencia. Si se encendía el televisor y teníamos que mirar las odiosas telenovelas, lo hacíamos y ya; si se encendía la radio en medio de un aburrido y vacuo discurso político, lo escuchábamos fingiendo atención; si algo desaparecía, se descomponía o rompía no le dábamos mayor importancia. Actuábamos como si nada nos hiciera falta. Supongo que tal actitud lo irritó, y motivó que sus fechorías aumentaran en cantidad y violencia; la casa quedo casi vacía de muebles y de adornos y nos habituamos al ambiente: discursos científicos mezclados con chismes relacionados con las celebridades del momento, música de Bethoven revuelta con anuncios comerciales de pañales para bebés, conciertos de rock pesado amalgamados con misas en la Catedral o en el mismísimo Vaticano… y en fin, no tenían límite sus excentricidades.

Nunca supimos si el fantasma era hombre, mujer, niño, adolescente o anciano. Quizá ni era un ente con características humanas. Nunca se materializó, pero interactuó íntimamente con nosotros en los tiempos más críticos de nuestra existencia. Aquel fantasma todavía habita en aquella casa, pero mis padres no quieren vender ni rentar esa propiedad por todos los sacrificios que tuvieron que hacer para obtenerla. No estamos de acuerdo en que sigan ahí, sin embargo respetamos su decisión, además, de un tiempo para acá, han ido apareciendo varias de las cosas que se habían esfumado. Regresaron mis discos, nuevecitos y empacados; regresó la guitarra de mi hermano, y la madera es más fina de lo que era; regresó la colección de monedas de cobre de mi madre, nada más que ahora son de plata; los vinos tintos de mi padre ya están en su lugar y todos son del año en que la cosecha fue excelente (yo no recuerdo que fueran tan finos y creo que tenían fechas distintas, pero tengo mala memoria y es muy probable que esté equivocado); los perfumes franceses de mi hermana también han sido devueltos y huelen muy bien. Quizá el fantasma se cansó, se aburrió, se arrepintió o vaya uno a saber que pasó; tal vez hasta se siente un poco agradecido con nosotros porque también hemos encontrado cosas que no eran de nosotros, algunas muy finas.

Ya nadie le echa la culpa al fantasma, es más, extrañamos su antigua presencia. ¿Se estará muriendo, estará enfermo? ¿Lo aniquiló nuestra falta de respeto? Quizá simplemente ya no se siente a gusto y planea mudarse de éste hogar.

 
Leonel Puente

7 de Noviembre del 2007

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