El Falso Ecologista

Por Leonel Puente Colin - 20 de Agosto, 2008, 20:20, Categoría: Doctor Yonquinstein

El Doctor Yonquinstein había terminado con su ejercicio de vacío mental y estaba preparado para recibir al primer paciente del día, pero este no llegaba. Mientras esperaba, se dio a la tarea de revisar el expediente correspondiente y lo que encontró fue una copia de la copia de lo mismo. Aquel individuo parecía representar la misma escena una y otra vez sin apenas variar un poco las palabras, la actitud y los gestos; lo único que cambiaba era el color de la camisa que llevaba puesta en cada sesión, pero nada más. Las intervenciones del doctor eran casi inútiles y era ya tiempo de provocar algún cambio o de remitir al paciente con otro especialista que pudiese lograr una mejor empatía. Eso era lo éticamente correcto, pues, de no ser así, el hecho de retener o conservar a un paciente al que no se puede ayudar ni curar, se convierte una falta de dignidad profesional. Seguir cobrando por un servicio intrascendente es un vicio que no estaba dispuesto a adquirir.
De pronto, sono el timbre del interfóno.
- Doctor. Ha llegado el señor X. ¿Lo dejo pasar?
- No debería, porque lleva 20 minutos de retraso, pero haré una excepción aunque el límite de espera son 15 minutos.
La puerta se abrió intempestivamente y el señor X, sin saludar ni cerrar la puerta, se fue a sentar en el diván de cuero negro del consultorio. El doctor Yonquinstein, se levantó de su sillón, cerró la puerta y regresó a su sitio. El señor X comenzó con su eterna cantinela:
- ¡El mundo es un asco, es horrible! ¡La gente tira basura por todas partes, contamina los ríos, los mares y extermina a los animales! ¡Ya estoy harto, harto, harto!
Después de estas palabras desesperadas con las que iniciaba cada una de sus sesiones, el señor X continúo hablando de los daños a la atmósfera, de la capa de ozono, del deshielo de los polos, de la comida transgénica, de los alimentos grasosos y de las bebida
s azucaradas. De tanto en tanto, se acariciaba las muñecas y estiraba los brazos hacia arriba.
- Es verdad lo que usted dice, también es verdad que si la sociedad se organizara y tuviera una mínima educación cívica, se podría frenar en cierta medida el avance de los daños, sin embargo, los responsables principales de los daños a la naturaleza, son los grandes industriales: ellos son los que arrojan volúmenes enormes de basura y son quienes controlan los mercados decidiendo qué se produce y cómo, sin importar los daños que eso cause al ambiente...
- Ya sé por donde va doctor... Usted pronuncia las palabras "grandes industriales" con sumo desprecio. Debo recordarle que mi padre es uno de ellos y que es un gran hombre: da limosnas a los pobres, dona libros a las escuelas, tiene tres beneficencias y es muy culto. Además genera empleos y es un buen cristiano. Nada se le puede reprochar.
- Si mal no recuerdo, su padre es dueño de una de las marcas de cosméticos más exitosa del país ¿verdad?.
-Así es y a mucha honra.
- ¿Sabe usted que contienen sus productos?
- Contienen los mejores materiales, los más finos y exclusivos.
- ¿Como placenta, por ejemplo?
- ¡No, claro no! ¡Nos está usted difamando! ¡Voy a salir de aquí y se va a quedar sin su mejor cliente, se lo advierto! Mi padre le da un cheque muy generoso para que me atienda ¿piensa quedarse sin ese jugoso ingreso?
El doctor Yonquinstein, serio por fuera pero por dentro riéndose a carcajadas, se levantó de su asiento, se encaminó hacia la puerta y la abrió. La sesión aun no terminaba pero con un elegante ademán invito a su paciente a abandonar su consultorio.
El señor X, acostumbrado a doblegar a las personas con sus amenazas, se sorprendió pues no esperaba aquella reacción. Salió soltando blasfemias y era seguro que no volvería por ahí. Mejor así porque, aunque esa no era la mejor manera de finiquitar una terapia que no evolucionaba, el doctor Yonquinstein ya estaba harto, harto, harto de ese paciente, y no porque su padre fuese o no un gran industrial, sino porque si algo odiaba era la impuntualidad y el señor X había roto la marca de retrasos a sus citas: también los médicos son humanos y tienen sus manías.




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