Septiembre del 2008

La Suerte Tonta

Por José Pedro Puente de Anda - 29 de Septiembre, 2008, 9:10, Categoría: Choritos


diptico

LA SUERTE ES PARA LOS TONTOS.

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El Ocio Productivo

Por Leócrates - 25 de Septiembre, 2008, 12:59, Categoría: Sofías y Sofíos

El Ocio Productivo

Comentarios a El Discurso del Método, de René Descartes

Por Leócrates

"Esta declaración que aquí hago bien sé que no ha de servir para hacerme importante en el mundo; mas no tengo ninguna gana de serlo, y siempre me consideraré más obligado con los que me hagan la merced de ayudarme a gozar de mis ocios, sin tropiezo, que con los que me ofrezcan los cargos más honorables de la tierra".

Con una mezcla de música renacentista y barroca de fondo, he terminado de leer ó, más bien, de releer El Discurso del Método de René Descartes ("Cartesius" para los cuates) y ha resultado ser una grata experiencia recorrer las páginas de ese legendario ensayo filosófico que, por muchos estudiosos, es considerado como el punto de arranque de la filosofía y la ciencia modernas.

Hace años, en uno de los Colegios de Ciencias y Humanidades de la UNAM, un excelente profesor de matemáticas, antes de comenzar el curso con números complejos y cálculos abstractos, recomendó a sus alumnos revisar esa obra. La leí; pero no le di la importancia que realmente tiene; además la juzgué con la mentalidad de un adolescente atrabancado del siglo XX en vez de ubicarme en el contexto histórico en que fue escrita (siglo XVII, 1637 para ser exactos).

Descartes escribió este libro con el afán de exponer y proponer un sistema de análisis crítico mediante el cual se pudiesen integrar y conciliar la experiencia de los sentidos y la deducción puramente lógica. Ésta tarea no era nada fácil porque, para lograrlo, tenía que vencer varios obstáculos, especialmente dos de ellos en apariencia insalvables. Por un lado, la dogmática disciplina escolástica, heredada a las universidades por la Alta Edad Media y regida por el Criterio de Autoridad ("Las Escrituras así lo dicen...", "Aristóteles o Santo Tomás así lo afirmaron..."; etcétera). Por otra parte, la insidiosa crítica escéptica, proveniente de antiguas doctrinas griegas y renovada por el lado obscuro del espíritu renacentista, según la cual no existe posibilidad de conocer al mundo tal cual es ni los mecanismos a que obedece la naturaleza. Así las cosas, para decirlo llanamente, no sólo Descartes, también la Historia de la Filosofía se hallaba entre la espada y la pared.

Algunos pocos pensadores, de aquel tiempo, ya se hacían muchos cuestionamientos acerca de la crisis e insuficiencia de los recursos del saber para fundamentar los conocimientos verdaderos y separarlos de la envolvente especulación y de la negación rotunda...

Cosas como las siguientes reflexionarían o se preguntarían sin responderse:

¿Cómo hacer para despejar la duda permanente a la que nos obliga la desconfianza en nuestros propios sentidos? ¿Alguna vez mis sentidos o mi razón podrán, por sí mismos, conocer con certeza el mundo que nos rodea? ¿Cómo razonar libremente en vez de aceptar las verdades mediante la acumulación de criterios de autoridad?...

Si mil sabios me dicen que el cielo es rojo y yo lo veo azul, ¿qué hago?, ¿me callo? Si digo que es azul, me pueden citar una infinidad de opiniones de Santos o Filósofos que afirman y "demuestran" con silogismos o deducciones maravillosas que yo estoy equivocado (aunque siga viendo el cielo azul y que de hecho ese sea su color). Y esto si me va bien; porque si los sabios que tengo enfrente no están de humor en ese momento para "orientarme" o darme explicaciones, mi destino se podría reducir a ser quemado en la hoguera o recibir una severa dosis de latigazos por necio y rebelde.

Otra vez: ¿Qué hago?, ¿qué pienso?, ¿busco la manera de auto-convencerme de que el cielo es rojo aunque lo vea azul e, incluso, si en otra parte del mundo, los sabios de aquellas latitudes me dicen que el cielo es verde, verde tendrá también que ser para mí?

Si dos mil sabios me convencen de que el cielo es rojo, verde o amarillo, no por eso dejaría de ser azul. Pero, ¿cómo lo demuestro si ni siquiera tengo permiso de pensarlo?

Pues bien, precisamente aquí es donde Descartes entrega a la humanidad uno de los máximos regalos que ha recibido: El Discurso del Método, un ensayo filosófico en donde se plantea un sistema basado en la duda, pero no una duda estéril y negativa, sino una duda sistemática, una disciplina basada en la constatación de la verdad por medio una armoniosa combinación de observación, razonamiento, experimentación y comprobación lógica de los hechos; en suma, del análisis. "Puedo dudar de todo, menos de el hecho mismo de estar dudando". Aquello que resista, con evidencia, el análisis metódico, adquiere una condición de legitimidad superior, es mucho más probable que sea verdadero.

Ni las deducciones especulativas de los escolásticos medievales ni la negación retórica de los escépticos griegos y renacentistas eran ya sistemas creativos. Obviamente que también aportaron, en su momento, un cúmulo de conocimientos valiosos, pero dichas disciplinas estaban ya más enfocadas a exponer hechos y verdades que a comprobarlos y hallar nuevos y más sólidos datos. Alguien tenía que dar el primer paso para fusionar los viejos saberes y darle un giro ascendente al pensamiento.

A la mitad de este libro, que por cierto no pasa de 100 páginas, me emocioné porque sabía que estaba cerca de encontrarme con la legendaria frase latina: cogito ergo sum: "pienso, luego existo". El núcleo de la duda sistemática. Tres palabras que, sin embargo, contienen y sintetizan los conocimientos acumulados durante siglos por los seres humanos.

Verdad es que tuvo que aparecer en la escena una personalidad como la de Descartes para destilar todo ese saber y convertirlo en una escencia tan concentrada y memorable, pero, sin restarle mérito alguno a éste genial pensador, y como el mismo dijera: "[solamente] juntando las vidas y los trabajos de diversos hombres, se puede llegar todos juntos mucho más allá de donde cada uno en particular podría llegar".

La búsqueda de conocimiento, tanto humanístico como científico, es un proceso conjunto y permanente de auto-superación; es fruto de un gran esfuerzo e, incluso, del sacrificio de muchas personas que no fueron comprendidas, en determinada época, porque sus descubrimientos eran demasiado novedosos o revolucionarios. Gracias a todos ellos, casi sin temor a equivocarme, puedo hoy afirmar que, no obstante que llueva, relampaguee o brille el sol, 2+2 son cuatro, y, el cielo, durante el día, generalmente, si no es que siempre, es azul.

Hoy es evidente para cualquiera lo que en otros tiempos ni siquiera pasaba por la mente de los genios.

Así como existe un saber popular, "un sentido común" que poseen las personas para orientarse en la vida, independientemente de que sean eruditos o analfabetas, también es igual de cierto que las disciplinas científicas o humanísticas no surgen de la nada ni es un individuo en particular el que las crea. Siempre existen precedentes y toda una comunidad que en su seno ha madurado cierta idea. Descartes lo sabía muy bien. De hecho, todo pensador realmente profundo, sabe que, aunque a él le haya sido asignada la misión de "dar a luz" determinado descubrimiento, si no hubiese sido por su mediación, tarde o temprano, a otro con las capacidades y circunstancias favorables le habría tocado realizar dicha empresa aunque de distinta manera.

Mi padre desde niño me ha dicho que: "todo lo que ha sido hecho por un ser humano, otro ser humano lo puede volver a hacer; y hasta mejor si se esfuerza".

Bien pude titular este trabajo "Descartes, el Padre de la Filosofía y la Ciencia Moderna", o algo así, pero esa clase de encabezados pomposos sólo sirven a quienes veneran la personalidad y cultivan el individualismo muy por encima de la solidaridad. Un ser humano no crea ni descubre nada por sí solo, patentar las ideas es una de las más arrogantes aberraciones del corazón humano. En realidad, a nadie en particular pertenecen las ideas: son un tesoro propio de toda la especie, especialmente las más grandes y generales porque, para concretarse, miles o millones de seres en algo, por poco que sea, ya contribuyeron antes de que llegara el genio "creador". Citando al maestro Alonso Marroquín Ibarra (1): las ideas no tienen derechos de autor.

El Discurso del Método fue publicado en 1637, pero ya desde Noviembre de 1619, cuando Descartes contaba con 24 años, el germen de la teoría ya revoloteaba dentro de su cerebro (2). Eligió redactar esta obra en "lengua vulgar", en este caso, el francés; y no es que el francés o cualquier otro idioma sean vulgares en sí mismos, sino que hasta antes de esa época, la tradición obligaba a utilizar el latín, quizá para que los textos fuesen juzgados (o censurados) primeramente por un público erudito y selecto. Así como Lutero, algunos años antes, tradujera la Biblia al alemán para que fuese accesible a una mayor y heterogénea audiencia, El Discurso del Método estuvo concebido desde sus inicios para iluminar, no para obscurecer.

Yo no sé francés, pero varios críticos, biógrafos y comentaristas afirman que el estilo usado por Descartes es sumamente fluido, ameno y hasta elegante.

En las traducciones siempre se pierde algo del tono particular de las palabras y, no obstante, existen en la actualidad varias dignas de ser leídas (a diferencia de lo que se cuenta de las primeras ediciones en español que eran en extremo deficientes).

Una gran cantidad de gente es reacia a leer libros de filosofía,  matemáticas o poesía. Como que esos son los tres patitos considerados más feos. No los culpo, de hecho tienen mucha razón, ¿para qué pensar o sentir más de la cuenta?, además se puede uno volver loco, llegar tarde al trabajo, a la escuela o a la cantina. Sin embargo, mucho de ese recelo se lo debemos a malos maestros, que no aman su profesión, o a padres que prefieren encomendarle al televisor la educación de sus hijos. Otros bichos nefastos son los intelectuales que utilizan palabras complicadísimas para explicarnos los pensamientos de los autores en lugar de hablar con términos sencillos, para eso son intelectuales: para traducir los conceptos a palabras entendibles, sin deformarlos, en la medida de lo posible.

Ahora bien, aunque hay libros sumamente difíciles, también existen obras expuestas con claridad y sencillez por los propios autores, y ese es el caso de El Discurso del Método. Leerlo es un placer, aunque tampoco es tan simple: hay que estar atentos a no perder de vista que varias de las opiniones ahí vertidas ya no son exactas porque el mundo ha cambiado y los conocimientos aumentado. Otro punto es que, siendo el método cartesiano extensivo y aplicable a todas las esferas del saber, Descartes cuidó mucho en vida no hacer chocar su teoría frontalmente con las posturas políticas o religiosas en curso. Pudiera parecer contradictorio, sumamente aburguesado o hasta cobarde el buen René, pero más allá de sus circunstancias y creencias personales, hay que considerar que no era poco el riesgo que corría en su época y que hasta los más sabios librepensadores tienen sus limitaciones, vicios o manías.

Además del Discurso del Método, en ese entonces ya estaba preparado otro libro títulado: El Mundo, o tratado de la luz; pero, no mucho tiempo atrás, Giordano Bruno había sido quemado en la hoguera por "ideas heréticas" y Galileo tuvo que retractarse de sus teorías acerca del movimiento de la tierra.

"Si la Tierra no se mueve, entonces todo mi sistema está equivocado", escribió Descartes a un amigo, y no fue publicada esta otra obra sino hasta después de su muerte pues contenía muchos puntos concordantes con los de Galileo.

De todas maneras la revolución provocada de las ideas cartesianas, ya había comenzado, y fueron muy criticados y combatidos sus fundamentos, pero no pudieron ser rebatidos hasta mucho después (3).

Gracias a que la publicación fue hecha en Holanda, que era en esa época una de las regiones más liberales de Europa, la integridad física de Descartes no peligró, sin embargo, varias ediciones de sus libros, en especial de este (4), fueron prohibidas y destruidas. De hecho, durante un tiempo, en Francia era considerado un crimen declararse cartesiano. Eso ya no importaba tanto: La flecha dirigida hacia una de las muchas cabezas que posee la ignorancia ya había sido disparada. E iba a dar en el blanco.

"Sin embargo, es posible que me equivoque,  y tal vez sólo sea un poco de cobre y vidrio lo que tomo por oro y diamantes".

Termino por donde debí haber comenzado:

René Descartes. Nacido de mujer el 31 de Marzo de 1596 en Francia. Muerto de pulmonía en la madrugada del 11 de Febrero de 1650 en Suecia. Padre, ¿sí, por qué no?, de la filosofía y la ciencia modernas. Aportaciones a la Humanidad: La Geometría Analítica. El Discurso del Método (que contiene la famosa frase "pienso, luego existo"). El Mundo, o Tratado de la Luz. Las Meditaciones Metafísicas. El Tratado de las Pasiones del Alma. Principios de Filosofía. Los Ejes Cartesianos (que, según cuenta la leyenda aunque no esté escrito en la Biblia, descubrió cuando miraba las evoluciones de una mosca frente a sus ojos mientras hacía lo que más le gustaba: tirar la fiaca). Una nutrida e interesante correspondencia. La confianza en que, en un punto de crisis severa del pensamiento, alguien puede llegar para alumbrar el camino hacia adelante. La esperanza de que es posible usar la cabeza para algo más que perchero de gorras o sombreros bonitos..., eso y otras pequeñísimas e igualmente insignificantes cosas.

(1) Citar a alguien es la manera más elegante de plagio o, en todo caso, la forma menos indecente de apropiarse de las ideas.

(2) Al igual que Descartes, décadas o siglos después, Newton, Darwin y Einstein, también en su juventud, concebirían el núcleo de sus teorías. Mucho de verdad hay entonces en los razonamientos del psicólogo social Pablo Fernández Christlieb, quien afirma que existe una edad mental óptima para cada arte o disciplina; en el caso de los científicos, ocurre en la juventud, en los filósofos en la edad madura. Afortunadamente, todos estos pensadores, tuvieron el acierto de perfeccionar sus teorías antes de hacerlas públicas. "Todo tiene su tiempo" y, en la ciencia, si antes se hacía todo lo posible por retrasar las novedades, ahora nos encontramos con una loca y desaforada carrera por dar a conocer cualquier dato, por superfluo que sea. Cada época tiene sus vicios y virtudes particulares. Como en todo, la moderación es un punto de equilibrio, pero más que nunca, en la actualidad, quien no se apresura a registrar sus ideas e inventos corre el riesgo de no convertirse en el Padre o la Madre fundacional de alguna doctrina de las millones que ahora tenemos; o peor, es despedido de su empresa, por no ser productivo.

(3) Principalmente por Emmanuel Kant en su Crítica a la Razón Pura (Kant sí es un autor muy difícil y complejo, no recomendable de leer si antes no se ha leído a Descartes o, ya de perdida, la saga completa de "Kalimán: El Hombre Increíble"). Goya también realizaría aquel dibujo titulado "Los sueños de la razón producen monstruos"  (quien quiera puede ir a observar esta obra, sin tener que atravesar el océano Atlántico, en la sala de exposiciones permanentes del Munal, Museo Nacional de México).

(4) El Discurso del Método.

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Diecisiete Relojes

Por Leonel Puente Colin - 21 de Septiembre, 2008, 19:49, Categoría: Poesía Experimental

"Mi paso retrocedido

mientras el de ustedes avanza"

Violeta Parra

 

Diecisiete relojes detenidos.

diecisiete relojes detenidos dentro de un cajón.

cada uno marcando la hora exacta,

de algún acontecimiento sin parangón.

 

Los acontecimientos especiales,

en su mayoría, plaga de soledades,

fueron tristes o terribles,

sólo un par fueron felices.

 

Más que extraña costumbre,

era una desquiciada manía

aquel tu ritual de parar los relojes

cuando algo importante ocurría.

 

Extraña y redundante urdidumbre,

congelar los segundos, los minutos y las horas,

guardar relojes entre los cajones

llenos de polvo y telarañas sordas.

 

Querida tía Sofía,

eras la más buena, la más linda de todas,

con todo y tus manías,

y de que eras tan necia y loca.

 

Leonel Puente

20-Septiembre-2008

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El Rey de Bastos

Por Leonel Puente Colin - 19 de Septiembre, 2008, 17:11, Categoría: Paquete Cuento

El niño aquel no comprendió cómo era posible que un juego pudiera llegar a ser tan dañino y creció con la intrigante duda de lo que había ocurrido en aquellas calles. Sólo hasta muchos años después, oyendo una plática aparentemente insignificante, atando cabos resolvió el enigma. Sin embargo, ya era tarde para hacer cualquier cosa. El muerto ya no podría volver a la vida y él, poco afecto a la violencia o a la aventura, decidió callar.

Sobre la banqueta estaban, dispersas y manchadas de sangre, las cartas de una baraja. Faltaba el Rey de Bastos, como después pudo apreciar al poner en orden aquellos coloridos cartones con figuras y números que fungieron como instrumento fatal. A veces, en noches de insomnio, reconstruía la escena: Una mesa rebosante de billetes, varios rostros maliciosos y desconfiados, también un par de botellas de vino vacías. Alguien había puesto veneno en la copa del ganador, para quien la gloria y la fortuna sólo estaban sonriendo fugazmente pues, a unos cuantos pasos fuera del recinto donde ocurriera todo aquello, se desplomaría para luego ser despojado impunemente.

Cuando, al día siguiente de los acontecimientos, fueron levantadas del suelo las desordenadas cartas de la baraja, el infeliz jugador estaba siendo velado a llanto abierto por su familia. Al otro mundo solo se llevó una carta: la faltante.

Aquel niño, hábil para dibujar, fue encomendado por sus padres a un excelente maestro de pintura, quien le enseñó a combinar los colores y las formas magistralmente. En muchos lienzos trazò infinidad de imágenes hermosas y vibrantes, pero, obsesionado con aquel asesinato, decidió encerrarse en su taller hasta plasmarlo perfectamente. Y tanto lo logró que hasta sintió miedo de que los implicados tomaran represalias y le hicieran daño si fuese expuesto el cuadro en alguna galería de arte.

Ahí, escondida en un taller, estuvo algunos años la obra máxima de aquel pintor. Luego, cobardemente, fue destruída por su propio creador. El Rey de Bastos se titulaba aquel cuadro que nadie nunca conocerá.

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La Ventana Rota

Por Leonel Puente Colin - 12 de Septiembre, 2008, 14:15, Categoría: La Zona Azul

El golpe en la ventana sonó tan fuerte que me hizo despertar. Creí que alguien había arrojado una piedra desde la calle, pero el asunto era muy distinto: un pájaro gris, cuya especie no logré identificar, se había estrellado contra el vidrio y estaba herido mortalmente; tenía un tajo profundo en el pecho y sus movimientos convulsivos apresuraban su desangramiento.

Tuve ganas de ayudarle a concluir con sus sufrimientos ,pero, al acercarme, me encontré con sus ojos negros que brillaban con una intensidad terrible. No tuve valor para aproximarme más.

Aquel pájaro gris, empapado de lluvia y sangre, estaba a punto de morir; y yo, adormilado y confuso nada podía hacer para ayudarle en nada.

Quizá ya estaba cansado de volar con las alas mojadas y había decidido descansar un rato dentro de mi casa, pero las aves no tienen conciencia de lo que es el vidrio de una ventana. La velocidad con la que se precipitó debió ser muy alta para haberlo atravesado por completo.

Esperé a unos pasos hasta que dejó de moverse. Entonces me acerqué y tomé su cuerpecillo entre mis manos. Sentí una leve tibieza que en breve se convirtió en frío. Así de frágil, así de volátil es la vida.

Al pie del árbol más cercano enterré los restos de aquel ser que murió por haber atravesado el cristal de mi ventana.

 

Si un día, en los viajes que mi mente realiza por mundos desconocidos, atravesará una ventana de la cual no tuviera yo conciencia ni conocimiento alguno, ¿alguien me acompañaría en los momentos finales y llevaría mis restos con respeto hasta un lugar apacible donde pudiese descansar en paz?

Quizá.

Quizá no

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