Enero del 2009

Escenario Virtual 7

Por Araceli Rodrïguez Hinojosa - 27 de Enero, 2009, 20:44, Categoría: Más allá del color

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Jugando con música

Por Leonel Puente Colin - 27 de Enero, 2009, 20:06, Categoría: El Camino del Retorno

(Anoche) A pesar del cansancio y del dolor, antes de dormir me puse a pulsar las cuerdas de la guitarra que me prestó, con "V" de vuelta, mi estimado amigo, el Perro del Mal. No me puse a recordar notas ni nada por el estilo, no me puse a recordar ninguna canción específica o partitura: solamente me dediqué rasguear las cuerdas con la mano derecha: de arriba para abajo, de abajo para arriba. Con la mano izquierda, también realicé algunos ejercicios mecanotécnicos, que no he olvidado como se ejecutan ni como se llaman. Y así, 30 ó 40 minutos. Después, algo de ritmos básicos y burdos al voltear la guitarra boca abajo. Suaves golpecillos en distintas partes de la madera para "hacerla hablar" y conocer su voz.

"Jugando con Música" se llamaba, si mal no recuerdo, lo que eran las primeras lecciones en la Nacional de Música. Algo así como el kinder, musicalmente hablando. Yo no tomé ese curso porque, al entrar a "Mascarones" (así se llama el edificio que albergaba dicha Escuela) ya tenía yo 7 años y poseía ciertas nociones (mi padre, previamente me había llevado al CLETA [Centro Libre de Experimentación Teatral y Artística], Sullivan #43, colonia San Rafael). Entré, entonces, directamente a Solfeo y Coros. Quería yo ser pianista, pero piano no había en casa y guitarra sí, luego entonces: guitarrista, pues, si se han de tener en cuenta las reflexiones de los personajes históricos, Napoleón Bonaparte decía lo siguiente: "hay que hacer lo mejor que se pueda con los recursos que se tengan".

Mi hermano sí tomó el curso para niños pequeños y, a veces, iba a verlo y recuerdo algunos ejercicios que hoy, y por el momento, me van a resultar más útiles que tener una partitura extraordinaria entre las manos.

Pretender "tabula rasa" no es posible, pero eso sí, debo disciplinarme; especialmente en lo referente a mi ego y mi vanidad, que no sirven de nada y ni siquiera tendrían recursos para sustentarse: debo empezar por lo más elemental y con actitud humilde. Bolitas y palitos antes de escribir palabras o números. Sonidos y ritmos antes de tocar un instrumento o cantar. El Capricho Árabe de Tarrega será para mucho después, quizá para dentro de una década ¿o más?... Por el momento, hay que concentrarse en cosas anteriores a las notas: sonidos y silencios, ritmos y pausas, tonos graves y agudos, etcétera. Y bailar un poquito para marcar el compás incluso con los pies (esto también sirve para des-estresarse). También palmadas rítmicas. SOBRE TODO NO PERDER LA CONCENTRACIÓN. Diría Borges: "Escribo con la seriedad con la que juega un niño". Así yo: debo "jugar con música" con el máyor orden posible en relación a mis capacidades.

Antes de Adán hubo un chango loco que, entre árbol y árbol, componía una canción. Así yo, he decidido salir de mi caverna, es decir: fugarme del Reino del Hubiera, en donde he vivido recluido más de la cuenta.

Lunes 8 de Octubre del 2007

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Escenario Virtual 4

Por Araceli Rodríguez Hinojosa - 19 de Enero, 2009, 16:06, Categoría: Más allá del color

 

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El Caldero de las Brujas

Por Alejandro Augusto Enciso Sandoval - 13 de Enero, 2009, 17:58, Categoría: DÉCIMA LEGIÖN

El espejo está roto y corta con sólo verlo
lloró por caminar hambriento en el desierto
los intestinos y los huesos, secos, la sangre de cristal
una imagen destrozada, un mundo hueco.

No nos queda nada, hay blasfemias volando
y un hombre llora con música y canto
esparcidos por el suelo como fango;
monstruos algorítmicos tramando algo...

¿Qué desgracias nos esperan del otro lado?
figuras perdidas en desesperación y pasión
ya los ángeles nos abandonaron, solos estamos
no hay nadie a nuestro lado.

Y aqui están nuestros compañeros de fortuna
ladrones, asesinos y violadores de doncellas
(¡cómanme gusanos!)
Mi vida es ciega, mi espejo se rompió,
la desesperación me embargó.

Llévenme al infierno si es preciso
El diablo me espera, es mi amigo...
Le debo mucho a mis amantes,
de verme, me matarían de nuevo.

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Rebeldia borrada II

Por Leonel Puente Colin - 13 de Enero, 2009, 14:07, Categoría: Fotos, fotitos, fotazas.

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Batallar

Por Leonel Puente Colin - 10 de Enero, 2009, 19:57, Categoría: Choritos

  

Hay que pelear las batallas aunque la guerra se pierda o ya esté perdida de antemano.

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Reminiscencias Medievales

Por Araceli Rodrïguez Hinojosa - 9 de Enero, 2009, 9:48, Categoría: Más allá del color

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El Espejo Cruel

Por Leonel Puente Colin - 8 de Enero, 2009, 15:29, Categoría: Doctor Yonquinstein

Aquel Domingo, el Doctor Yonquinstein descansaba plácidamente en su sillón preferido mientras fumaba de su pipa un aromático tabaco de maple; de pronto, su esposa le urgió a contestar el teléfono porque uno de sus pacientes lo reclamaba con urgencia en la línea.

- ¡Me voy a matar doctor! ¡Ésta vez va en serio: me voy a matar!

- Cálmese... Relájese... Respire hondo...

- ¡Usted no entiende, la decisión ya está tomada, nada más hablo para despedirme!

- Cálmese. Relájese. Respire hondo. Señor W, no haga nada de lo que después pueda arrepentirse. ¿Qué le parece si nos vemos dentro de una hora en mi consultorio para platicar?

- ¡No tiene caso! ¿Para qué? Nada de lo que usted me diga ma va a hacer cambiar de opinión.

- Es probable, pero dígame: ¿cuál es la prisa? Lo mismo dá que se mate hoy o mañana. Déjeme platicar con usted una vez más...

- ...está bien, doctor. Ha sido bueno conmigo, me ha escuchado con paciencia infinidad de veces. Creo que es razonable lo que me pide.

- Muy bien. Nos vemos dentro de una hora en mi consultorio.

El Doctor Yonquinstein continuó fumando su pipa durante algunos minutos y luego se levantó lentamente de su sillón. No se sentía incómodo de que le llamaran a su casa en casos de urgencia, pero el señor W no conocía la diferencia entre una situación normal y una urgente. Para él, cualquier cosa que le sucediera necesitaba atención inmediata y por eso ya tenía hartos a todos sus familiares y amigos. El paciente doctor era la única persona que aún lo escuchaba; sin embargo, las cosas tenían que cambiar.

Después de avisarle a su esposa que saldría un par de horas, el doctor  subió a su vieja bicicleta para llegar hasta su consultorio. Una vez ahí, pensó en la  mejor manera de manejar la situación. Una sonrisa iluminó su rostro después de algunos minutos de disertación, abrió un armario en donde tenía guardadas varias herramientas y algunos utensilios, escogió algunos, y los metió en uno de los cajones de su escritorio.

El señor W. llegó puntual; traía puesto un traje elegante, pero la corbata no combinaba con su atuendo. Su tez era más pálida de lo habitual y su mirada más alucinada, sin embargo, el doctor Yonquinstein iba a darle una buena lección.

Primero lo escuchó atentamente, luego le pidió que se callara durante unos instantes. Entonces corrió con parsimonia las hojas de la  ventana que daba hacía el balcón y le dijo al señor W.:

- Levántese por favor y vaya hasta donde está mi escritorio. Cuando llegue hasta ahí, abra el cajón que está abajo y a la derecha. 

El señor W. siguió las indicaciones y entonces gritó alarmado:

- ¿Qué es esto doctor?

- Muy simple... Ahí tiene usted un revólver cargado, un cuchillo bien afilado, una soga gruesa, un frasco grande con veneno potente... Le recuerdo también que estamos en el piso 38, a una considerable altura del suelo, si usted gusta se puede arrojar por la ventana y difícilmente sobrevivirá al golpe. Me paso a retirar, lo dejo aquí para que elija, con toda confianza, el mejor método para terminar con su existencia. ¿O no es eso lo que ansía con todo su corazón?

- ¿Está hablando en serio?

- Claro que sí, señor W. Nada más puedo hacer por usted que facilitarle las cosas. He tratado de convencerlo, por todos los medios posibles, de que la vida vale la pena y, no obstante, lo he oído cientos de veces decir que la vida no vale nada y cada semana amenaza usted con suicidarse. Hágalo pues, está en su derecho. Adiós.

El doctor bajó por las escaleras en lugar de usar el elevador a pesar de que la distancia era grande. Sabía perfectamente que el señor W. era un manipulador experto y no se suicidaría. En todo caso, pensó para sus adentros, "Ya somos demasiados individuos en esta ciudad. Uno más, uno menos, ¿qué más da?... Que viva quien quiera vivir. Que muera quien quiera morir".

¿Muy cruel? Los espejos son así: crueles. Sinceros y crueles.






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