Febrero del 2009

Rebeldia borrada III

Por Leonel Puente Colin - 22 de Febrero, 2009, 12:51, Categoría: Fotos, fotitos, fotazas.

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GALAXIAS

Por Leonel Puente Colin - 11 de Febrero, 2009, 13:28, Categoría: La Zona Azul

De muchas formas se pueden entender las distancias, pero, para comprenderlas, es necesario recorrerlas...

Esta tarde, en la avenida Reforma, entre el Museo de Arte Moderno y el Lago de Chapultepec, mientras uno de mis mejores amigos y yo caminábamos, y platicábamos, acerca de la eternidad del cangrejo, nos encontramos con la exposición conmemorativa del año internacional de la astronomía. La exposición constaba de una gran cantidad de carteles de excelente y exquisita factura tanto en lo visual como en lo informativo. Imágenes de galaxias cercanas y lejanas de tamaños inmensos. Uno mira y de inmediato viene la pregunta, ¿de verdad existen en el espacio tales cantidades de luz, de energìa y, ademàs, ordenadas en formas tan bellas o caprichosas? Se da uno cuenta de que no somos màs que una cosa tan efìmera y pequeña en el espacio interestelar que, de momento, no queda màs que reir amargamente al ver la preocupaciòn general por algùn partido de futbol o por la candidatura oficial de cualquer ìnfimo individuo que cree que para nacer tuvo un dios que tomarse la modestia de bordarlo a mano.

Insisto: de muchas formas se pueden entender las distancias, pero, para comprenderlas cabalmente, se haria necesario recorrerlas.

Verdaderamente somos casi nada.

Verdaderamente somos casi nada.

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Lucifer

Por Alejandro Augusto Enciso Sandoval - 11 de Febrero, 2009, 13:16, Categoría: La Armada Invencible

La simple mención de su nombre parece evocar el olor del azufre. Se le imagina como el ángel más bello de la creación y también como el causante del mayor drama cósmico jamás ocurrido. Cuenta la leyenda que, seducido por su propio orgullo, arrastró a una gran parte de los ángeles que adoraban a Dios, provocando una rebelión cuyas consecuencias últimas son la existencia del dolor, la maldad y la muerte en el mundo. Lucifer es considerado desde entonces como el ideólogo del mal, el instigador del lado oscuro del hombre, el tentador primero. Pero su historia está llena de contradicciones, y una de ellas es la ausencia de una verdadera historia.
Porque, un acontecimiento de tal magnitud, de tamaña trascendencia para el ser humano, no podía pasar inadvertido para los autores de la Biblia. En sus páginas deberíamos encontrar un relato pormenorizado del suceso y de cuáles fueron sus causas. Pero no es así. De hecho, el nombre de Lucifer ya no aparece en ninguna Biblia moderna, aunque sí estuvo presente en las antiguas. Fue borrado de la historia, pero no de la leyenda. En realidad, todo el mito moderno de Lucifer parte de un equívoco, de un simple error de traducción.
"Lucifer" es una palabra latina que significa "portador de la luz". Fue empleada por San Jerónimo en la elaboración de la Vulgata —la versión en latín de la Biblia— para traducir el término hebreo Helel (literalmente «resplandeciente») de un texto de lsaías. Fue una elección meditada, que buscaba conciliar los distintos sentidos que —según algunos— el texto hebreo parecía contener. Y es que, ya en aquella época, algunos "Padres de la Iglesia" habían creído encontrar en aquellas palabras ¡la descripción de la caída de Satanás!
Hasta aquel entonces Lucifer —también conocido como Heósforo— era tan sólo un dios menor de la mitología grecorromana, un hijo de la diosa Aurora que nada tenía que ver con las tradiciones judías o cristianas. Su condición de descendiente de los dioses influyó en la elección que realizó San Jerónimo. Pero, ¿qué decía en realidad el texto de Isaías? El profeta recogía la siguiente sátira, compuesta por Yahvé evocando la derrota de su enemigo, el rey de Babilonia: «¿Cómo has caído del cielo, astro rutilante, hijo de la aurora, y has sido arrojado a la tierra, tú que vencías a las naciones? Tú dijiste en tu corazón: "El cielo escalaré, por encima de las estrellas de El elevaré mi trono y me sentaré en la montaña del encuentro, en los confines del Safón; escalaré las alturas de las nubes, me igualaré a Elyón (el Altísimo)". Por el contrario, al sol has sido precipitado, al hondón de la fosa» (Is. 14, 12-11).

La Vulgata empleó la palabra Lucifer en la traducción de la primera frase:
«¿Quomodo cecidisti de coelo, Lucifer qui mane oriebaris?...» Las sucesivas versiones a las lenguas vernáculas conservarían sin traducir esa palabra latina: «¿Cómo caíste del cielo, oh Lucifer, hijo de la Aurora?...» Desde entonces, Lucifer fue considerado un nombre propio. Había nacido la leyenda del ángel rebelde, el mito grecorromano resurgía, la leyenda pagana se cristianizaba y el origen del mal en el mundo había sido, por fin, hallado. Se había creado un nuevo nombre y un nuevo personaje.

El mito sobreviviría luego al paso de las edades y muchas leyendas medievales se nutrirían de estas ancestrales raíces, creando relatos de gran belleza y simbolismo, pero Isaías -su autor primigenio- sabía muy poco de mitología clásica. Sus fuentes pertenecían a un ámbito cultural muy diferente y el fondo de sus palabras reflejaba un drama que nada tenía que ver con batallas cósmicas entre ángeles, pero sí de luchas entre dioses. O al menos entre hijos de los dioses...

La Biblia encierra muchas sorpresas. Su estudio detallado revela circunstancias que chocan frontalmente con los dogmas establecidos con el paso de los siglos. Una de ellas se refiere a las creencias originales del pueblo judío. En un principio, aunque pocos lo sepan, Israel aceptaba la existencia de otros dioses, pero sometidos a la autoridad de Yahvé. Esa concepción coincidía, a grandes rasgos, con la que tenían los cananeos, el pueblo que habitaba gran parte de las tierras que luego serían conquistadas por lsrael La principal diferencia entre ambos consistía en que, para los primeros, ese dios principal era Yahvé, mientras que, para los segundos, era Baal.

Pero Baal no era sino el hijo de otro dios llamado El, a quien sustituyó en el trono. Curiosamente, Yahvé manifiesta en la Escritura numerosas veces, su odio visceral hacia Baal, pero nunca hacia su progenitor. Sorprende que un dios celoso como era Yahvé permitiera después a los judíos utilizar esa misma palabra, «El», para designar a su persona, tal y como podemos observar en numerosos pasajes de la Biblia.

¿Por qué esa excepción con un dios de sus enemigos los cananeos? ¿Acaso se trataba de un dios diferente? Esas contradicciones han llevado a algunos exégetas a insinuar que ese dios El de los cananeos y su homónimo hebreo —también conocido como Yahvé— podrían ser en realidad el mismo dios. Hay un texto clave en el capítulo 14 del Génesis que parece confirmar tal hipótesis. Allí encontramos a dos personajes, uno judío —Abraham— y otro cananeo —Melquisedec—, que se saludan mutuamente invocando ambos al mismo dios: El-Elyón, nombre compuesto con el del dios cananeo y el superlativo «Elyón» (el Altísimo). El que tanto Melquisedec como Abraham utilizasen en su saludo el mismo nombre, no deja opción a ninguna otra explicación: ambos adoraban al mismo dios. Yahvé no era sino el nombre con el que los judíos conocerían al antiguo dios de las cananeos, y a partir de ese momento el título de «el Altísimo», utilizado hasta entonces sólo por los cananeos, pasaría también a ser empleado por los israelitas para referirse a su dios.

Y si ambos dioses eran en realidad el mismo, las «leyendas» de los textos cananeos pueden también aplicarse a Yahvé. Así, por ejemplo, se dice que de los amores de ese dios con distintas mujeres nacieron varios hijos. Uno de ellos, llamado Sahar (aurora) tiene una relación directa con la historia de nuestro personaje, pues en el texto de Isaías Lucifer es llamado Helel ben Sahar por el propio Yahvé, es decir «Lucero hijo de la Aurora». Y aquí nos encontramos con la paradoja de que —en base a ese título, y según la mitología cananea— Lucifer podría ser descendiente directo, aunque no reconocido, de Yahvé.

Antes de rechazar de plano tan heterodoxa idea deberíamos regresar al texto de Isaías. Allí comprobaremos cómo Lucifer pretendió «escalar el cielo y colocar su trono por encima de las estrellas de El». Se dice que en la Biblia, las estrellas simbolizan los miembros de la corte de Yahvé. Pero el texto menciona algo más: Lucifer ambicionaba «sentarse en la Montaña del Encuentro, en los confines del Safón». «Safón», en hebreo, significa «norte», pero para los cananeos, el Safón era precisamente la montaña donde moraba la divinidad. No lejos de ahí se encontraba «la Montaña del Encuentro», lugar donde los dioses tenían sus asambleas. La idea es casi universal: los griegos hablaban del monte Olimpo, en cuyo pico más alto vivía Zeus, y en su morada convocaba las reuniones con otros dioses; los hindúes mencionan el monte Meru, en cuya cumbre se hallaría la ciudad dorada de Brahma, punto de encuentro de dioses. Tales ideas, lejos de ser ajenas al pensamiento hebreo, se encuentran ratificadas en multitud de puntos de la Escritura, supervivientes a posteriores «retoques» más acordes con la ortodoxia monoteísta de los últimos siglos del judaísmo. Pero, ¿qué ocurría en la privacidad de las reuniones de Yahvé con los otros dioses?

Aunque el Libro de los Salmos es bien conocido, casi nunca se repara en el revelador contenido del número 82. Allí se habla de un Yahvé orgulloso, que ostenta de nuevo la jefatura entre los dioses, dispuesto a poner las cosas en su sitio. Dice así el texto:

«Elohim se yergue en la asamblea de El, en medio de los dioses juzga: ¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente y guardaréis consideración a los malvados? Haced justicia al humilde y al huérfano, vindicad al infeliz y al pobre. Rescatad al humilde y al indigente,- de manos de malvados liberadle... Yo me dije: ¡Dioses sois, e hijos de Elyón todos vosotros, sin embargo, moriréis como hombres, y como cualquiera de los príncipes, caeréis».

¡Dioses sois, e hijos, de Elyón! El texto no deja lugar a dudas: los dioses juzgados, aquéllos a quien Yahvé había confiado distintas funciones, son sus propios hijos y el texto pertenece a la Biblia. Ahora bien, ¿qué funciones realizaban estos hijos de Elyón? La respuesta nos la da el Deuteronomio:
«Cuando Elyón repartió las naciones, cuando distribuyó a los hijos de Adán, fijó las fronteras de los pueblos según el número de los Sene'El [los hijos del dios El], mas la porción de Yahvé fue su pueblo» (Deut. 32, 8-9).

Es decir, cuando Yahvé comenzó tener descendencia, dividió su reino entre sus hijos, reservado para sí una parte del territorio: el que primero ocuparían los cananeos y luego Israel. Tal pudo ser el origen de muchas monarquías de aquella zona. Pero con el tiempo esos reyes dejaron de ser leales y cuestionaron la supremacía de Yahvé. Incluso su propio hijo Baal llegaría a arrebatarle el trono. Esa fue la razón por la que Yahvé planeó la invasión del territorio cananeo por el pueblo de Abraham: necesitaba que un nuevo pueblo fiel ocupase su antiguo territorio, le rindiera culto y le erigiera de nuevo en dios del lugar. Con ello recuperaría además del trono en aquella zona, el título que había perdido de «Dios de los dioses» (Jos. 22, 22). En cuanto a esos otros dioses, Yahvé no dudó ni por un momento en acabar con ellos cuando lo creyó necesario. Eso sí, les dedicó bellas palabras que recordaran su antigua magnificencia. Así, por ejemplo, ocurrió con el rey de Tiro:

«Tú eras sello de perfección —evocaba Yahvé— lleno de sabiduría y de acabada belleza; en el Edén, jardín de Elohim, habitabas. Tú eras un querubín consagrado como protector. Yo te había establecido; estabas en la Santa Montaña de Elohim... hasta que se descubrió en ti la iniquidad. Se enegrió tu corazón por tu belleza, echaste a perder tu sabiduría por tu esplendor. Por tierra te he derribado... te he arrojado de la Montaña de Elohim, y te he destruido, ¡oh, querubín protector!» (Ez. 28).

El rey de una nación vecina ¿invitado al jardín de Elohim? ¡Naturalmente! Tal era la prerrogativa de los dioses-reyes. Y entre ellos no podía faltar el faraón de Egipto, «creme. de la creme», quien —según Yahvé— destacaba sobre todos los demás como el más grande y hermoso cedro de su jardín: «Ningún árbol, en el jardín de Elohim, le igualaba en belleza». Pero, víctima plecisamente de su propio orgullo, se hizo merecedor del castigo divino: «Por haber exagerado su talla, levantando su copa hasta las nubes, y haberse engreído su corazón de su altura —continuaba Yahvé—, yo le he entregado en manos del conductor de las naciones, para que le trate conforme a su maldad; ¡le he desechado!» (Ez. 31).

Vistas así las cosas, no es de extrañar que cayera también Lucifer, el rey de Babilonia. Pero aquí hay algo que no encaja: ¿por qué no era admitido en la asamblea de los dioses?, ¿acaso era diferente de los demás? Parece ser que sí. La mayoría de las dinastías reales de la antigüedad proclamaban ser descendientes de los dioses procedentes de los cielos. Así lo afirmaban, por ejemplo, los primeros faraones, los reyes babilónicos o los emperadores chinos. Pero no así los reyes asirios. Y ese parece ser el caso de Lucifer. Cuando Isaías escribió su poema, Babilonia se encontraba precisamente gobernada por reyes asirios. Y éstos, a diferencia de sus predecesores babilónicos, nunca pretendieron que su estirpe fuera de origen divino.

Sin embargo, tras la muerte de Salmanasar le sucede un rey de oscuros orígenes llamado Sargón II. No era hijo de su predecesor. Presumía de un linaje mucho más noble. Se jactaba de contar entre sus antepasados con 350 reyes, entre los que incluía al asirio Elu-bani (? - 69l a.C.), hijo del mítico rey conquistador Adasi. Con este abolengo no es de extrañar que reclamase el mismo trato que recibían los otros reyes-dioses, pero sus exigencias nunca fueron aceptadas. Tal vez por eso juró odio eterno a Yahvé y apoyado por la fuerza de «sus señores los grandes dioses» —reza un texto desenterrado en Nínive— Sargón II arrasó la ciudad de Samaría, venciendo así a Yahvé y a los dioses que le apoyaban. Todo el reino del norte (las diez tribus de Israel) cayó bajo su dominio. Y si el Reino del sur (Judá) sobrevivió otros cien años más fue gracias a una misteriosa pero oportuna intervención del Ángel de Yahvé, que logró exterminar en una sola noche a 185.000 asirios (2 R. 19, 35). La acción, sin embargo, llegó demasiado tarde para los 27.290 habitantes de Samaría que, junto con el resto de los israelitas capturados ya habían sido desterrados y dispersados entre otros pueblos. Estas fueron las famosas tribus perdidas de Israel.

En cuanto a Sargón II, sufrió —¡cómo no!— la muerte que se merecía. Nada mencionan las crónicas asirias, salvo que «no fue enterrado en su casa». Pero el dato indica una muerte poco heroica en batalla, hecho que encajaría perfectamente con la descripción de la Biblia: «Todos los reyes de las naciones reposan con honor, cada uno en su morada -precisaba Yahvé al final de su sátira, pero tú eres arrojado lejos de tu sepulcro, como un vástago despreciable, como un cadáver pisoteado» (ls. 14, 18-19).

Ese fue, con toda probabilidad, el fin de Lucifer, el rey despechado que conquistó todo en su vida menos el título de Hijo del Cielo. Sólo tuvo la gloria de arrebatar a Yahvé uno de sus reinos y poder demostrar así ante todos la vulnerabilidad del «dios de los dioses». Pero, ¿quién era ese tal Yahvé cuyo poder fue puesto en entredicho por un simple mortal?

Se trataba de un «dios de raza», ligado a un territorio y a un pueblo. Uno de los muchos que «controlaban», para bien o para mal, el destino de los países. Ostentaba el cargo de «dios supremo» en las asambleas que los dioses realizaban periódicamente para tratar asuntos de estado. Y su estatus fue cuestionado. Primero fue su propio hijo 8aal quien le usurpó el trono. Y luego sería el rey dé Babilonia quien pretendería desplazarle de su lugar. He ahí el Lucifer histórico, aquél a quien el tiempo y la leyenda transformarían en el «ángel que quiso ser Dios». Pero ni Yahvé ni «sus hijos» eran realmente dioses.

De entrada, la más que confusa historia de Sargón sólo parece cobrar sentido a la luz de la antigua creencia sumeria se gún la cual ciertas «personalidades» sobrevivían a la muerte física y era posible identificarlas después de que habían tomado un nuevo cuerpo recuperando entonces la misma posición social que tenían anteriormente. Según la teoría que podría derivarse de esto, los dioses caídos del cielo que dominaron la tierra en un pasado remoto —y que la tradición judeo-cristiana recuerda como Nefilim, Hijos de Dios o Ángeles Caídos— no sólo tuvieron descendientes sino que probablemente acabaron reencarnándose en esta estirpe celeste, dotada de cualidades especiales, y establecieron las monarquías hereditarias de origen divino como una forma de perpetuar su poder terrestre. [Para más detalles sobre este mito, referirse al Libro de Enoc].

Algunas escuelas esotéricas difieren de esta visión refiriéndose a los espíritus Luciferinos como ángeles que se rebelaron contra el dios creador de nuestro sistema solar o de nuestro zona del Universo, siendo precipitados por ello a un nivel inferior, en el que "trajeron la luz" al hombre, enseñándole al hombre cómo podía dejar de ser un esclavo de los dioses y convirtiéndose en su propio dueño y señor. Dichos seres incorpóreos representados en diversas tradiciones como serpientes, hicieron esto con el propósito de utilizar el cerebro del hombre para adquirir conocimiento, despertando en él individualidad y la conciencia, pero arrojándole al tiempo en brazos del sufrimiento y la enfermedad.

Para las más diversas elucidaciones metafisicas y esotéricas, el nombre de Lucifer personifica una poderosa realidad invisible que trasciende su estricto significado etimológico y encarna el espíritu de rebelión. Otras corrientes van más allá, afirmando que estos seres estaban dotados —por lo menos temporalmente— de cuerpo físico, capaces al mismo tiempo de actuar en otros plano más sutiles actualmente vetados al hombre. A esto último le agregan que desde la famosa expulsión del Paraíso, el acceso a tales planos está limitado tan sólo a unos pocos seres llamados «iniciados», y que el día en que la raza humana tenga plena conciencia de esos planos, el poder de los «dioses» sobre nosotros habrá terminado. Una idea bastante intrigante, aunque no deja de ser un mito.

Hay que tener en cuenta que a lo que me refiero en este texto, no es una realidad como tal, no existieron reyes divinos, ni seres serpientes; considero que la relación entre la metáfora de Lucifer como un rey asirio es lo que dio pauta al mito, justo como 666 no es más que el nombre de Nerón encriptado. En la mente antigua judaica existió un odio por haber sido esclavos de un pueblo extranjero, o varios, que además les prestó sustratos míticos con los cuales elaborar un corpus de ideas para sus propios mitos por el contacto con nuevas religiones. Así, de Dios se puede identificar más de dos versiones en la misma biblia dependiendo de la etapa histórica en qué fue escrito el pasaje, por ello se puede encontrar un dios amigable que un día visita a Abraham en persona y en otro un dios rabioso que no permite que lo vea Moisés en lo alto de la montaña. Pero eso es parte de otro ensayo.

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Cuerdas Nuevas

Por Leonel Puente Colin - 9 de Febrero, 2009, 19:13, Categoría: El Camino del Retorno

Ayer me faltó anotar lo siguiente:


CUERDAS NUEVAS. COLONIA ESCANDÓN. ESQUINA QUE HACEN LAS CALLES PROGRESO Y MUNGUÍA. TRES "B": BUENAS, BONITAS Y BARATAS.

 
Miguel Ángel se llama el dependiente. Sabe de música. También asistió a la Escuela Nacional de Música (y se tuvo que salir, no sé la razón). Conoce el antiguo edificio de Mascarones, pero nunca fue a clases allí porque es más joven que yo. A él ya le tocó en las instalaciones de Coyoacán, calle Xicoténcatl, cerca del metro General Anaya. Yo fui ahí dos años. Dos en Mascarones. Dos en Coyoacán. Luego vino el quebrantamiento de la disciplina por mí mismo. ¿O sería mejor decir: por "otro yo" más cuerdo y valiente que yo mismo; que se enfrentó a su padre, a pesar del miedo que le tenía, y, sin embargo, con fría resolución, no importando el riesgo de que lo molieran a golpes (cosa que afortunadamente no sucedió en aquella ocasión)?.

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La lógica impecable de aquel niño de 11 años fue ésta: 

PRIMARIA (Educación Formal) + MÚSICA (Educación Artística) + BÉISBOL (Educación Deportiva) =  DEMASIADA PRESIÓN.SOLUCIÓN: Algo debe ser anulado 

La Primaria, obviamente que no. Queda la Música y el Béisbol. ¿Un volado? NO... NO ES CUESTIÓN DE SUERTE, ES DE VOLUNTAD. ¿Qué entonces? 

LA MÚSICA. ¿Por qué? Ahí está la clave de todo, incluidas las posteriores y álgidas sesiones con el psicoanalista: Según aquél niño, más tarde sería capaz de escribir una sinfonía completa si no olvidaba las notas y toda la información.  

El Béisbol no puede ser aprendido teóricamente. Ese hay que jugarlo. La Música también debe ser tocada, pero en el béisbol no hay tanta presión.  


Presión es lo que ya no es posible soportar más. Necesito liberar la mayor cantidad posible. Se queda el Béisbol. La Música, ¡la divina Euterpe¡, con todo el dolor de mi corazón debe invernar...

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Miguel Ángel se llama el dependiente de la tienda de música, ¿ya lo dije?. Platicamos un rato mientras le cambiaba las cuerdas a la guitarra. También la afinó con la ayuda de un órgano. Me vino un recuerdo: la maestra Adriana. Solfeo. Clases de solfeo: de espaldas a un piano, uno tenía que ir diciéndole las notas, después de identificarlas de oído, mientras ella las tocaba. Maestra Adriana, ¿cómo se apellidaba?... No sé, pero vivía en las Lomas y, dentro de su casa, tenía un bonito y amplio salón, exclusivo para música. A veces nos llevaba y yo me quedaba sorprendido porque la casa de su perro era más grande que mi recámara. Buena gente la maestra Adriana, me caía bien, hasta le tenía cierto cariño. De piel blanca. ¿Cabello güero o negro? 

Miguel Ángel afinó la guitarra antes de que le dijera que no lo hiciera, pero agradecí su buena intención. Debo aprender todo de nuevo: poner las cuerdas, afinar, leer y escribir en papel pautado, escuchar con atención (lo más difícil)... y no existe garantía alguna de que algún día pueda siquiera tocar o cantar pasablemente. Una prueba más de que la Realidad supera en mucho y muchas veces a la Fantasía: uno desea cambiar el Universo entero y no es capaz de tender la cama de donde se acaba de levantar; uno es capaz de imaginar miles de proyecto y no lava ni el plato donde acaba de comer. A cambio de su buen gesto (en otras casa de música te cobran por cambiar las cuerdas o de plano no lo hacen), al camarada M. A. Le di, para que se entretenga, "El Péndulo de Foucault" de Umberto Eco. Le di mi ejemplar, al que le faltan 13 hojas (de la 510 a la 513). El ejemplar, del mismo título, que me prestó el Perro del Mal, está en casa. Ya leí las trece hojas que no tiene el mío (por cierto muy interesantes). Nos despedimos cordialmente. Casi seguro, nos volveremos a ver.

Un esclavo de sus propios vicios.
Martes 8 de Octubre del 2007.



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El Librero Loco

Por Leonel Puente Colin - 7 de Febrero, 2009, 11:23, Categoría: Paquete Cuento

 

El Librero loco

 

En aquel mercado ambulante (ambulante de a de veras, no de los que se plantan siempre en un mismo lugar), nadie sabía con precisión cuando había aparecido aquel individuo que vendía libros. Al principio, no se le tomaba muy en cuenta, pero, con el tiempo, fueron agarrándole cariño, especialmente al anciano del puesto de naranjas que ofrecía a la gente sus mercancías con la eterna cantinela:

- ¡Llévelas! ¡Llévelas fresquesitas! ¡Lléveselas a su casita para endulzar su paladar!

Cuando la venta estaba baja platicaban. El librero de sus libros, el vendedor de naranjas de su pueblo y de su infancia. Los demás vendedores ciertas veces se introducían en la charla o eran invitados a opinar, pero eran secundarias su presencia o ausencia en ese sentido.

Un día, después de vender a un excelente precio un texto antiguo y difícil de conseguir, el librero dijo sencillamente que tenía que ausentarse por un rato.

- Te encargo mi mercancía camarada, ahorita vengo, no me tardo.

Pero nunca volvió. El vendedor de naranjas guardó los libros en su casa y trató de encontrar a su amigo, pero nadie le dio seña ni razón.

Allá, en casa del vendedor de naranjas, bien cuidados y seguros están los libros del librero loco. No corre peligro tampoco ninguno de los que viven ahí: nadie los leerá a pesar de que todos tienen un dulce corazón.

 

Leonel Puente.

2 de Febrero.

Día de la Candelaria (que muy bien podría renombrarse como Día de los Tamales).

Año 2009 d.c. Poniente del Distrito Federal. Mexiquito lindo y adorado.

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