A Martha Freud.

Por Sigmund Freud - 30 de Junio, 2009, 11:54, Categoría: General

1894.

108. A Martha Freud.

Viena, IX, Berggasse; 19.

Jueves, 7-6-1894.

Amada mía:

Ayer, por la tarde, hizo un calor casi insoportable. Por la mañana, me he despertado a la seis y he visto que ya entraba luz en la habitación; he pensado para mí que este raro acontecimiento de despertarse temprano debería aprovecharse para algo útil; he llamado a la puerta de Marie, pidiéndole me que preparara el baño, y después me he acostado de nuevo. Media hora más tarde volví a despertarme; hallé la habitación tan oscura, que ni siquiera pude ver la hora, deseché la idea de que quizá me hubiera quedado ciego, me acerque a la ventana y vi un retazo de ennegrecido firmamento. Minutos después se oía el resonar del trueno. A poco, la calle estaba completamente blanca; los caballos se desbocaban, y grandes granizos, de fantástico tamaño, comenzaron a arremeter contra las ventanas. Fui corriendo a la parte posterior de la casa y encontré la ventana del despacho ya rota en tres lugares, con mi mesa de escribir cubierta de agua y, como es lógico, las contraventanas abiertas de par en par. La terraza tenía un aspecto que casi pudiéramos denominar grandioso. Las puertas se habían abierto también, impulsadas por el vendaval, y había entrado el granizo, llegando hasta el aparador. La tormenta duró media hora. Los estragos que ha producido en la ciudad son espantosos. En una de las fachadas de casi todas las calles (la de enfrente, en Berggasse) la mayoría de los cristales está rota, especialmente en los pisos superiores. Hay casas enteras en las que no ha quedado un solo cristal sano, como si los niños se hubieran dedicado a apedrearlos. En las esquinas y en los lugares donde las ventanas no habían sido protegidas con molduras, el espectáculo resulta formidable. Una mujer que vino a la consulta esta mañana tenía razón al afirmar que las ventanas parecían arcos circenses después de haber saltado los perros a través de ellos. En otras calles se ven menos destrozos. Los que más han salido perdiendo son los árboles. En nuestro jardín hay más hojas sobre el suelo que sobre las ramas, y el pobre árbol ha quedado desnudo y zurrado. Parece que le han flagelado con látigos y que los gusanos han devorado luego lo que quedaba. Todo lo que se pareciera a un jardín debe estar ahora en un estado lamentable. Me han dicho que el arreglo de las ventanas  --en nuestro caso, sólo una—corre de cuenta del casero. Estoy deseando saber si también hubo tormenta donde tu estás, pues hubiera sido horroroso. Espero que no y que se haya limitado a descargar sobre esta ciudad.

No tengo más noticias que darte. Ayer te escribí, por la tarde, y hoy espero hacerlo otra vez. Hablando de negocios, hoy hubiera sido más provechoso ser cristalero que médico.

Afectuosos saludos. Tuyo,

Sigmund.

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