Julio del 2009

La Noche Antes de mi Cumpleaños

Por Alejandro Augusto Enciso Sandoval - 30 de Julio, 2009, 20:56, Categoría: Poesía Experimental

Lumbrera de mis ojos,
no me dejes sin tu brillo
me has dejado sin tus manos,
ya no encuentro mi camino.

Ya no cuento con oido fino,
tus gemidos eran mis faros
mi recuerdo, lo has olvidado,
mis ojos te son ahora extraños.

Pronto será mi aniversario
me dejaste como un desconocido
te añoro como un loco enfebrecido
aullo y lloro cual hundido corsario.

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El Centauro.

Por Jes{us Leonel Puente Colin - 27 de Julio, 2009, 13:18, Categoría: Paquete Cuento

El Centauro.

"El riesgo es precioso"

Platón.

El altivo centauro rojo corría veloz tras un angustiado venado blanco de anchas astas; le arrojaba infinidad de flechas, pero ninguna alcanzaba a clavarse en aquel hermoso cuerpo, ágil y flexible, que de sus ataques escapaba.

La luminosidad del día se había ido casi por completo; el bosque entero susurraba una queja y parecía que el aire estuviera lleno de voces de fantasmas.

De pronto, el venado se detenía.... Parecía ya no estar asustado, y sus ojos mansos se encendieron de odio para luego ir a clavarse, como dos aguijones, en la mirada sorprendida del centauro, que también había detenido su marcha. El venado se irguió entonces cuál grande era, haciendo resoplar su pecho. El centauro sacó una afilada flecha de su negra aljibe, la colocó en la cuerda, y tensó el arco asesino apuntando directamente al centro de la encornada cabeza.

En el momento en que la flecha iba a ser disparada sucedió algo que trastornó al centauro: Una dulce voz resonó por todas partes...  No era una voz del cielo, tampoco era una voz de la tierra; no era un susurró del viento, ni un clamor proveniente de lo oscuro bosque. Era una dulce voz que, desde lo hondo de su corazón, le hablaba al centauro sin que éste comprendiera de dónde provenía diciéndole:

-No… no dispares.

El centauro estaba muy confundido porque jamás antes le había sucedido algo parecido. Debido a la sorpresa, dejó caer la flecha al suelo sin darse cuenta, pero, al recuperase sacó otra del interior de su negra aljibe, la puso en la cuerda y tensó nuevamente el arco asesino.

La dulce voz resonó otra vez:

-No, no dispares.

El centauro sintió rabia, volteó hacia el cielo, miró hacia el suelo, recorrió con su mirada los alrededores del bosque y no halló señal alguna que pudiera hacerle saber de donde procedían aquellas palabras.

El venado empezó entonces a caminar, hacia donde se encontraba el turbado centauro, sin que sus pasos demostraran la menor huella de miedo. Por el cuerpo del centauro rodaba un sudor frío y, al iniciar su andar para encontrarse con el venado, sus patas temblaban aunque sus musculosos brazos seguían firmes sosteniendo el arco. Después de algunos pasos, de pronto, el centauro no pudo avanzar más y comenzó a hundirse.

Oyó por última vez aquella dulce voz:

-No dispares

Y fue entonces cuando comprendió que de su interior provenía.

Un grito desesperado se elevó de cada una de sus células: Se sabía perdido sin remedio, se sabía muerto...

Antes de hundirse por completo en aquellas traicioneras arenas que serían su tumba, arrojó hacia el cielo la última flecha con las fuerzas que le quedaban; luego, descolgó de sus hombros la negra aljibe, ya vacía, y la abrazó con ternura junto con su arco plateado. Clavó su mirada en la del venado blanco de anchas astas que, a poca distancia, observaba impasible como se hundía.

¡Cuantas cosas se unieron y se desataron a la vez, entre el cielo y la tierra, en la breve eternidad que surgió en el transcurso de aquella indescifrable fusión de miradas!

Leonel Puente

Escrita Dom-1-Nov-92. Por inspiración directa de un Mounstro Voluble.

Versión definitiva manufacturada especialmente para mi albacea espiritual: Gretel Nahieli Canseco Hernández.

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En estos momentos

Por Víctor A. Mejía Juárez - 26 de Julio, 2009, 17:35, Categoría: Miscelánea.

No sabes cómo me asalta la nostalgia.

No te imaginas cómo soy asechado por los fantasmas del maldito recuerdo.

Estos momentos son cobijados jodidamente por un velo de alquitrán y unos tragos de alcohol…

Tus labios pronunciaron las sabias palabras que quedaron como tiro de gracia en mi sien y, aún así, decidí seguir con lo que algún día, hace años, ya presagiaba nuestra relación.

Nunca quise ver la realidad, o más bien, la ignore porque había un haz de esperanza que luchaba por disolver la zozobra de: ¿seguiremos juntos?

No, no seguiríamos más juntos por que a mi juicio ya no había más que hacer.

No sabes cómo tu persona influyó en mí.

No sabes cómo por ti soy así.

No me arrepiento de haberte conocido,

No sabes cómo realmente fui tuyo.

No sabes cómo realmente fuiste mía.

No sabes cómo también derrame lágrimas, aunque sé que no se comparan con las tuyas.

No sabes cómo en el fondo me duele.

No sabes cuanto será mejor para los dos.

En estos momentos sigo bajo el  jodido cobijo de un velo de alquitrán y unos tragos de alcohol. Pero en fin….

No sabes cómo será mejor para los tres….                          

VICTOR A. MEJIA JUAREZ  19-07-09

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Cuando ya no estés conmigo

Por Marco Antonio Bonaparte Madrigal - 24 de Julio, 2009, 20:20, Categoría: Poesía Experimental

¿Qué hago sin ti en la vida?

¿Qué hago sólo, conmigo, aquí?

¿Qué hago en mí mismo, desnudo y sin alas?

¿Qué hago tendido ante mí?…

 

 

A donde iré yo sin ti,

 

Si contigo el mundo acaba.

 

A dónde podría ya ir

 

Sin saber que ya soy nada.

 

 

Acaso a la noche eterna

 

Para estar en tu mirada

 

O hasta el centro de la tierra

 

Para quemarme en sus brasas.

 

 

O tal vez a las montañas

 

Que guardan esa fragancia

 

Que mis sentidos no olvidan

 

Porque en tu piel siempre estaba.

 

 

Quizá al mar embravecido

 

Con sus olas y suspiros

 

Que recuerdan tus dos labios

 

Entre los míos dormidos.

 

 

A dónde podría ya ir

 

Sabiendo que no estas conmigo

 

Sabiendo que no es un sueño

 

Sintiendo que te he perdido.

 

 

Iré hasta la misma muerte

 

Cuando me sienta vencido

 

Para encerrarme en sus brazos

 

Para dormirme tranquilo.

 

 

Y tal vez seré camino

 

Que su destino ha perdido

 

Con mil huellas extraviadas

 

Del hombre que ha sufrido.

 

 

Seré hoja entre mil vientos

 

Seré poema perdido

 

Seré lágrima olvidada…

 

Cuando ya no estés conmigo.

 

 

Tonra

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Un collar se rompió

Por Leonel Puente Colin - 24 de Julio, 2009, 19:19, Categoría: Acertijos, Adivinanzas y Trivias

Un collar se rompió mientras jugaban

dos enamorados,

y una hilera de perlas se escapó.

La sexta parte al suelo cayó,

la quinta parte en la cama quedó,

y un tercio el joven recogió.

La décima parte el enamorado encontró

Y con seis perlas el cordón se quedó.

Vosotros, los que buscáis la sabiduría,

decidme cuántas perlas tenía

el collar de los enamorados.

* Acertijo extraído del libro "El Señor del Cero" de María Isabel Molina..

P.D. A la primera persona que resuelva este acertijo será acreedor del libro "Alicia en el País de las Maravillas" de Lewis Carroll.

Suerte.

* Acertijo extraído del libro "El Señor del Cero" de María Isabel Molina..

P.D. A la primera persona que resuelva este acertijo será acreedor del libro "Alicia en el País de las Maravillas" de Lewis Carroll.

Suerte.

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Carne Fina

Por Fernando Chávez. - 23 de Julio, 2009, 13:52, Categoría: Choritos

La carne de gladiador es cara.

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El Himno del Destierro

Por Stefan Zweig - 21 de Julio, 2009, 21:07, Categoría: General

El Himno del Destierro...

   

   ¿Se ha compuesto el himno del destierro, esa potencia creadora del Destino, que levanta al hombre en su caída y concentra en la dura opresión de la soledad, nuevamente y en un orden nuevo, las fuerzas conmovidas del alma? Siempre culparon los artistas al destierro como aparente obstáculo del ascenso, como inútil intervalo, como interrupción cruel. Pero el ritmo de la Naturaleza quiere estas censuras forzadas. Pues sólo quien conoce sus honduras conoce íntegra la vida. El impulso de reacción es lo que comunica al hombre toda la fuerza de su pujanza.

 

   El genio creador, sobre todo, necesita temporalmente este aislamiento forzado para medir desde la desesperación, desde la lejanía del destierro, el horizonte y la altura de su verdadera misión. Los más altos mensajes de la Humanidad han venido del destierro; los creadores de las grandes religiones: Moisés, Mahoma, Buda, todos tuvieron que entrar en el silencio del desierto, en “el no estar entre los hombres”, antes de poder pronunciar la palabra decisiva. La ceguera de Milton, la sordera de Beethoven, la cárcel de Dostoievski, la prisión de Cervantes, el encierro de Lutero en la Wartburg, el destierro de Dante y la expatriación voluntaria de Nietzsche a las zonas heladas de la Engandina, fueron exigencias del propio genio, ordenadas secretamente contra la voluntad despierta del hombre mismo.

                                                                      Stefan Zweig

                                                            Fouché: el genio tenebroso.

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Espuma Vacía

Por Leonardo Valdés Solís - 20 de Julio, 2009, 20:31, Categoría: Poesía Experimental


Tú y yo somos fantasía.
Somos como espuma de mar.
Ni tierra ni mar.
Sólo espuma vacía.

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¿Qué Queda?

Por Leonel Puente Colin - 19 de Julio, 2009, 14:06, Categoría: Poesía Experimental

¿Qué queda?...


Un murmullo de voces ininteligibles.

Un enjambre de cigarros fumados hasta el filtro para no perdonar la más mínima porción de tabaco.

Un montón de cartas borroneadas, que no deben salir de casa más que hechas trizas o cenizas.

Un farol alumbrando y una vela en la espera de un cerillo que le ordene consumirse.

Un reloj destrozado, y mi mano ensangrentada gozando y sufriendo su locura de querer matar el Tiempo al detener a uno sólo de sus instrumentos.

Un teléfono mudo, desde hace tanto, que más bien ya ha de haber muerto.

Un disco que suena... una y otra vez, la misma y única triste canción.

Una ventana rota, por donde se cuela el aire y el polvo de la calle.

Un unicornio con el cuerno roto y un ángel sin alas.

En una pared, el dibujo de una noche completamente negra, sin estrellas y sin luna; y tan sólo una blanquísima paloma volando temerosa hacia el cielo.

Y el sueño que no viene.

Y esta tinta que no se acaba.

Y estos ojos que llorar no saben.

 

            

¿Qué más queda?...

Sólo el callado latir del fatigado corazón

en espera del arrullo de una lágrima,

sólo el envenenado beso del silencio,

cuando se acabe la tinta,

cuando se apague toda luz,

cuando termine otra vez la misma dichosa canción:

esa de los almas fugaces

y de urgencias cotidianas

que tanto te gustaba.

 

Escrita el Domingo 6/Feb/94.

Casi a la medianoche.

Dedicatoria en interminable trámite.   

 

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Eva Colibrí

Por Alma Jessica Beltrán Cruz - 18 de Julio, 2009, 14:11, Categoría: Paquete Cuento

 

E v a  C o l i b r í.  C u a t r o  E s t a c i o n e s

K a t z e

 

Eva, sin premura, despierta bajo la claridad rojiza del sol que pega en los ladrillos que por horizonte tiene. Ella podría pensar que es el bermellón de la cantera en Zacatecas, pero sin viento. Eligió ese pantalón azul, de terciopelo gabacho que en el Chopo le dejaron a cien varitos y unos tenis muy jodidos, como si con ellos hubiera recorrido alguna sierra fría y sorpresiva, pero no. Se supo vieja, porque esta ropa tiene tantos años con ella que ya se está deshaciendo, debe de ser de esa gente que se acaba las cosas hasta los jirones. Sintió que estaba armada. Armada para la guerra-ciudad.

 

Caminó de Ermita Iztapalapa a Atlalilco. Vio a una mujer sentada en la escalera del metro que ya ni el ánimo para pedir dinero tenía. Repentinamente, consideró que esa mujer, que acariciaba a su hija con cansancio y con dulzura estaba en paz; su hija, con un oído en el regazo de su madre, también se había olvidado de que fuera de las manos balsámicas de su madre, algo existía. Eva recordó a su propia madre. El día ya estaba gris, como la pereza gélida de los días en San Cristóbal de las Casas. Toda esa parte amurallada de la avenida Ermita hacía su par cromático. Se sintió sola y sintió frío. Tal vez por la orfandad de sólo contar con los propios pies-alas. Aparecieron de pronto, sobre el andén detenidos, organizando el odio, muchos punks, cuya estela policolor y sus cuerpos ataviados de leyendas cautivaba sus ojos.

 

De Atlalilco a Garibaldi y después a Plaza Aragón. Las dos líneas traspasadas subterráneamente con la suavidad de un verde agua que hace sentir a Eva, una sirena seca y enlatada. Sale de esa gruta seudomarina al encuentro con la hilera de casas cercanas y distantes, con los cerros, más lejos y con las personas pequeñitas y apuradas -todo lo cual no puede recordarle el caserío desparpajado de Guanajuato porque aquí ni hay callejones-, todavía en el vagón del metro.

 

Llega a Olímpica, al salir, ve a un par de chavitos en medio de un beso tremendo, con los ojos cerrados, cuerpo a cuerpo, como fuera de ese lugar; a lo mejor estaban imaginando que sí, que estaban una dentro del otro para no salir jamás. A lo mejor ese es el amor. Cerca de Eva, pasaron otras mujeres, una chulada de maíz negro, se figuró que eran skatitas, redonditas y juguetonas. Reían, las orejas y el pelo con estrellas, vestidas con pantalones ajustados y mochilitas en las espaldas, se burlaban de todo. Como sí estuvieran llenas de vida.

 

En una esquina sobre avenida Central, está la madre de Eva. Ha conseguido unas rejas pequeñas, una sombrilla roja y blanca. Sobre unos contenedores plásticos para refrescos, cubiertos con colchas, trapos y lonas está la mercancía que vende. A veces es ropa, hace poco, vendía agendas. De alguna forma ha colocado una conexión eléctrica para iluminar su reducido espacio, porque está ahí desde las diez de la mañana, hasta las nueve de la noche, todos los días. El metro pasa enfrente, alrededor hay una plaza comercial –mega– un Mc Donald’s, un salón de fiestas, blanco, limpísimo, cuyo contraste se vuelca sobre esta polvosa norte-ciudad. El cielo de la norte-ciudad es más bajo y claro, más visitado de nubes, con más viento. La madre de Eva mira el cielo, la mira, mira el cielo. Les cuesta trabajo creer que todo esto sea verdad. Que el cielo se sostenga. El sol ha salido. Si alrededor hubiese un lago, en vez del río vehicular, tendrían la visita de aves acuáticas, como en el breve mercado de Pátzcuaro, faltarían, claro, los vivos colores de las máscaras.

 

Al partir de regreso, el microbús como metralla parte el aire atrapado entre los muros de la Avenida Central, que es tan ancha. Las manos de Eva y de su madre son anclas. Eva sabe que vuela, que estos son los ensayos de vuelo de un transporte que se despega del asfalto. Los sentidos de Eva se saben vivos, flota desde su urbana cúspide. Las luces de los automóviles voraces la iluminan. Se vuelve un animal muy puro, sujeto a su instinto. Por eso se sabe Eva Colibrí, viajera de su imaginación y por eso descubre que hay modos de olvidar que este mundo es sólo como parece.

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Sueño en Rojo.

Por Leócrates - 17 de Julio, 2009, 11:13, Categoría: Sueños y Realidades

- ¡No, no! ¡No te marches! –dijo Bastián en voz alta--. Vuelve, Atreyu. ¡Tienes que atravesar la Puerta sin Llave!

La historia interminable.

Michael Ende.

Como aquella Katharina Blum

La inocente asesina del Volkswagen rojo

En sueños te me apareciste tú.

Corría en derredor un altivo Centauro

Volaba por encima un descastado Pegaso

Rugía feroz un invisible animalosauro.

En medio de un bosque tupido

A orillas de un caudaloso río

También apareció el travieso Cupido.

Cantaba yo, como en tiempos antaños,

Una canción compuesta con sinceros desvaríos

Y ni guitarra ni voz, por los años eran vencidos.

Sueño loco, como tantos otros,

Pero este se ha colado a la realidad

Pues todos los colores tienen tonos rojos.

Rojas son las paredes

Roja la eternidad

Rojas las efemérides.

¿Cuándo voy a despertar?

¿Cuándo el azul volverá a ser azulino

Y verdes los verdes pinos?

Musa intangible y voluble

Tu voz uyulalante me decía

De manera indisoluble:

"La Reina Blanca está lejos

Pero sabe cumplir sus promesas

Si no le arrancas los catalejos.

La Reina Negra vive a cuarenta pasos

Pero recuerda: sólo por excepción perdona

Si danzando rompes uno de sus vasos.

No soy más buena ni bella

Que ninguna de las Reinas

Tú copa está casi llena".

Imágenes de sueño sobre la mesa

Voces de bosque y de montaña

Al despuntar la mañana.

Leócrates

17-Julio-2009.

Sin Luna y con lluvia inminente.



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Cántico en Penumbras.

Por Augusto Enciso - 16 de Julio, 2009, 11:36, Categoría: Poesía Experimental

Debió haber sido un sol

el que pasó brillando aquí,

nunca tanto ciego hasta hoy,

que padeciera por verte a tí.

No es extraño que tanto fulgor

salga de tu carne bella y carmesí,

pero sólo verte me deja lleno de dolor

porque lujuria y pasión sólo sentí.

Ese es mi castigo sagrado

por verte siempre así,

pude tenerte y te fuiste de mi lado

no me queda nada, te perdí,

                                          te perdí...

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La Plegaria de las Esferas.

Por Agustín Garfias. - 14 de Julio, 2009, 18:18, Categoría: La Armada Invencible

Ardemos por encontrar terreno sólido y un fundamento último para construir los cimientos de un edificio que llegue hasta el firmamento, pero el suelo se resquebraja bajo nuestros pies y la tierra se hunde en los abismos.

Los dos infinitos.

Blaise Pascal.

Un Par. Merma y Entusiasmo. Dos Pares.

Hace algunos meses, con un cubilete que me regaló mi hermano, lancé los dados y salió 9.9.J.Q.K. Anoté en la pared esos signos y me olvidé del asunto. Hace poco menos de un mes, tirando las monedas del I-Ching en la casa de una amiga gitana, hice dos preguntas. Para la primera, la respuesta fue MERMA; para la segunda, ENTUSIASMO. Hoy, después de un día denso, al llegar a casa agité de nuevo el cubilete y los dados marcaron lo siguiente: 9.9.Q.Q.K.

Debajo de la primera serie anoté la segunda (muy parecida, por cierto).

No sé qué signifique exactamente todo esto, creía que eran simples juegos que se juegan por jugar, y ya... Sin embargo, en medio de las dos series resultantes de los dados, me pareció adecuado escribir las palabras latinas Alea iacta est... La suerte está echada...

Vagamente recuerdo lo que significaban tanto la MERMA como el ENTUSIASMO en el libro del I-Ching, mi amiga gitana me lo explicó, pero andaba yo en otro planeta, mi cerebro estaba sumergido en un océano de pensamientos extraños provocados por la fiebre que esa noche me invadió debido al cambio drástico de clima: después de un calor insoportable, llovió a raudales y me mojé hasta el tuétano camino a su casa. Un día de estos conseguiré aquel texto y lo leeré a conciencia.

Sería mejor preguntarle a tal amiga, pero, como buena peregrina, se ha mudado de nuevo y pueden pasar años para que dé señales de vida y vuelva a verla. Además, probablemente está enojada conmigo porque llevaba puesto el anillo de bodas: ya no estoy casado, pero sigo usándolo por pura inercia. ¿Qué iba yo a saber que le gustaba a la gitana desde antes de casarme por primera vez? Nunca, hasta esa noche, me lo había dicho con palabras tan claras. Mi parco y cuadrado entendimiento necesitaba una definición operacional y explícita de sus apetitos carnales.

 

Aquella última noche que la ví, como no paraba de hablar acerca de cuanto extrañaba a mi tercera mujer, de pronto me hizo que callara y me dijo:

- Si tú quieres, puedo traértela, pero el precio será muy alto.

[Respondí:] - Los negocios han estado muy mal, no traigo mucho dine...

[Me interrumpió:] - ¡No seas tonto! Me refiero a otro tipo de precio... ¿Estás dispuesto a pagarlo?

- ¡Sí, claro! ¡Lo que sea!

- ¡Mira nomás! Un verdadero enamorado. ¡Qué diera yo porque alguien me quisiera así! ¿Acaso soy tan fea o tan vieja para no provocar deseos tan intensos en un hombre? ¿Algo tiene de superior la piel blanca de tus adoradas ingratas? [La ironía en su voz era más que evidente].

- ¡No, claro que no...! -dije después de mirarla con detenimiento. [Y lo decía sinceramente. Muy sinceramente].

- Dame ese anillo que traes en la mano. El anillo y un mechón de tus cabellos, ese es el precio. ¡Dámelos y te la traeré al instante!

El anillo sigue inútilmente en mi dedo. La gitana, esa bella morena de corazón indomable, se ha ido. Conozco su nuevo domicilio, podría conseguir su teléfono y llamarla, también podría escribirle una carta o visitarla, pero de nada serviría: en el plano físico me pudo pertenecer desde hace mucho y sin complicación alguna; ahora, por imbécil, somos dos esferas que giran en distintos espacios siderales. Podríamos incluso ser vecinos, o hasta vivir en la misma casa, y eso no cambiaría nada la situación presente.

Cualquier tercia mata dos pares. MERMA y ENTUSIASMO son asuntos evidentemente contradictorios. ¿Qué clase de suerte tan endeble me ha tocado? ¿Qué clase de respuestas tan equidistantes me han sido reveladas?

Hace una década, con una baraja española, mi suerte fue muy otra: tres caballos y dos sotas, es decir: un full. Sabía de la existencia del I-Ching, precisamente ella me había hablado de él desde hacía tiempo, pero nunca me habían dado ganas de preguntarle cosa alguna ni hubiese creído ciertas sus respuestas.

Un par es mejor que nada. Dos pares mejor que uno solo. Pero la tercia más baja vale más que ambos pares. Muy limitada es mi actual suerte.

MERMA y ENTUSIASMO... ¡Qué locura! ¡Verdaderamente qué locura! La primera pregunta fue una vulgaridad, una simpleza pasajera; la segunda era para saber si algún día llegaría a amarme una de las mujeres que más he admirado en mi vida. Ambas preguntas y ambas respuestas ya no tienen el mismo sentido, el eje de mi existencia ha dado un giro radical.

Es casi medianoche y está haciendo mucho frío, debo irme a dormir aunque no tenga sueño, no puedo seguir desvelándome sin sentido como lo he estado haciendo desde hace años. ¡Qué me importa ya si los planetas se salen de sus órbitas o los átomos no son como imaginábamos que eran!

El silencio y la soledad de esta casa son abrumadores, por eso es que, todas las mañanas, antes de salir rumbo al trabajo, tocaré mi vieja guitarra hasta que me sangren los dedos y cantaré, aunque mi canto parezca un graznido de cuervo herido. Quizá, algún día, después de tanto intentarlo, encontraré la manera de componer una canción y el graznido tendrá cierto parecido con la voz humana. Entonces dirigiré las vibraciones hacia las faldas del bosque poniente en las noches de luna, especialmente cuando esté llena.

Si mal no recuerdo, hace algunos años, escribí una especie de poema titulado La Plegaria de las Esferas y metí la hoja en un tubo de ensaye esterilizado, de esos que se usan en los laboratorios para hacer experimentos racionales y replicables. Se lo regalé a la gitana algunos días antes de que cumpliéramos 22. Me temblaba la mano cuando se lo entregué, más por pena que por miedo.

¿Meras coincidencias sin concatenación?: cumplimos años casi el mismo día, escuchamos música muy parecida y, desde distintos enfoques, yo con mis fórmulas analíticas y ella con sus poderes de adivinación, siempre hemos creído que vale la pena luchar por un mundo mejor para todos.

¿Qué decían aquellos irracionales versos? ¿Existirán todavía? No recuerdo casi nada. Siempre que escribía algún poema me sentía avergonzado y lo rompía, lo consideraba tontería, debilidad, tiempo perdido ajeno a la ciencia y a la verdad. Aquellos versos los guardé, no sé por qué. Estaba a punto de arrojarlos al fuego, pero no tenía nada más que darle cuando me la encontré "casualmente" por aquellos tiempos. Me invitó a su fiesta de cumpleaños, pero no asistí porque, según yo, me reclamaban "asuntos importantes".

Siendo sincero, la verdadera razón de no haber ido fue que no sabía bailar. Ahora sé que saber bailar es tanto o más importante que memorizar infinidad de teoremas matemáticos. Sigo sin saber bailar bien, tengo dos pies izquierdos, pero lo intento por las noches antes de acostarme. A veces hasta me relajo y el insomnio se desvanece.

¡Qué locura! ¡Verdaderamente qué locura! Habiendo papel y lápices, teléfonos y computadoras; pudiendo subirse uno a una bicicleta, a un autobús o a un taxi. ¡Tener que recurrir a tan oscuros sortilegios para comunicar los sentimientos más sencillos y básicos! ¡Tener ahora que juntar un ejército completo y acorazado, cuando lo único que necesitaba era ver y no sólo mirar, sentir sin condenar, fluir sin razonar!

En alguna parte, guardo una pequeña réplica de La Victoria Alada; la desempolvaré y la pondré sobre mi escritorio. Tiraré al cesto de la basura todo cuanto esté encima y ni siquiera lo revisaré. ¡Cálculos y más cálculos insensatos! Necias notaciones desquiciadas de mundos fugaces; ambiguas quimeras que jamás han logrado unificar las energías de mi espíritu.

¿Qué demonios andaba buscando en pos de las albinas minifaldas de las caprichosas mariposas descarriadas si tenía enfrente a una reina con sangre iluminada?

Sólo hay una vida y uno elige a cada instante. Hay que elegir bien, pues puede ser muy tarde cuando uno se da cuenta de quiénes son los seres que verdaderamente nos importan y a quienes les importamos. Pensar es bueno, pero sentir lo es mucho más. Ya lo dijo Violeta: "Lo que puede el sentimiento, no lo ha podido el saber".

¡Ay, querida gitana! ¡Qué tarde me doy cuenta de lo que realmente es esencial en la vida! Duros pero merecidos son mis castigos: confusión y hastío.

Morena de mi alma, ni siquiera tengo palabras propias para expresarte lo que siento y se las tengo que robar a don Juan Cervera:

"Sin capa y sin escudo, era tan tuyo".

Agustín Garfias.

13 de Julio de 2009.

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Los cuentos que aburren a las princesas.

Por Alma Jessica Beltrán Cruz - 14 de Julio, 2009, 17:33, Categoría: Paquete Cuento

Los cuentos que aburren a las princesas

En un silencio poco permitido por las cercanas y transitadas avenidas, Alejandra, conspiradora de azotea, se pregunta por qué su nombre no fue capicúa, como Ana, esa niña de extraño pelo rojo y dientes de conejo contento. Mejor aún, sería el nombre de Eva Ave, pues se imagina que así podría lucir, con todo derecho, coloridas plumas. Alejandra se cubre con una chamarra morada, pues hace frío en ese desnudo espacio. Observa el cielo negro, baja su mirada por los edificios y los árboles hasta llegar al lugar en el que está sentada como en un mirador; olisquea la ropa tendida que está por secarse: playeras y pantalones de ella, de color morado o violeta que es su favorito, calzones, esos sí: blancos y rosas. También hay algún vestido y blusas de su madre, en colores azules y claros; camisas de su papá y su sweater rojo que tanto le gusta, aunque es ya un poco viejo. La ropa ondea con claridad, como una hilera de banderas de patrias diversas e inexistentes. El tendedero abarca toda la azotea, hasta la barda de la casa de enfrente. Alejandra se acerca a la barda. Vive en un tercer piso de un edificio, así que puede ver un poco hacía abajo pero también su mirada es detenida por altas paredes de otros grises edificios. Ella los pintaría de violeta. Desde la barda se distinguen breves y parpadeantes destellos; son las luces de los postes en su calle, primero, después las veloces de los coches, luego, muy pequeñitas y tenues las de casas o edificios, también hay de pronto iluminados anuncios rectangulares y muy, muy lejos pueden verse las más diminutas, bordeando cerros que parece poder atrapar extendiendo una de sus manos.

Es sábado al anochecer. Alejandra permaneció en la azotea después de acompañar a María, su madre, a tender la ropa, hacía como tres horas de eso. Su madre bajó después a preparar la cena, quizá, aunque también puede que esté haciendo cosas de su trabajo. A Alejandra le parece que los pensamientos en la cabeza de su madre siempre son muy elaborados, cuando María habla con otros abogados como ella, su rostro es serio, su mirada fija a través de sus pequeños anteojos, como si todo lo que entre ellos hablaran fuese de vida o muerte; a veces, los minúsculos aretes de cristal que siempre usa resplandecen con los movimientos de su cabeza cuando lee papeles de su trabajo o cuando platica con ella, entonces su rostro es muy dulce. María parece muy fuerte. También es muy bonita, con cabello oscuro y largo, del cual Alejandra se alegra que nunca haya sido pintado de rubio, rojo o algo así, como muchas de sus tías. María es morena y su cuerpo firme y protector, sus manos hábiles y cariñosas de uñas cortas que no rasguñan. Alejandra se parece mucho a María, aunque ella ha considerado que, a diferencia de su madre, sus pensamientos son breves y sencillos, casi, casi inofensivos. Como los de Samuel, otro niño dientón que también tiene de conejo los ojos y los pelos en punta como de erizo. Aunque nada de eso impide que sea su mejor amigo, el más mejor.

Junto con Samuel, hace varios días que Juan, el padre de Alejandra, los acompañó a escuchar a unos cuentacuentos. Los cuentistas eran buenos, de voces chistosas, pero algunos de los cuentos le parecieron francamente muy ridículos. Por ejemplo, no entiende muy bien la sospechosa actitud de la madrastra de Blanca Nieves, no entiende que Blanca Nieves haya sido tan blanca como la nieve y que por eso el príncipe se haya enamorado de ella sin apenas conocerla ¿o sólo la quiso porque era muy bonita? y el príncipe, ¿por qué no quiso a la madrastra?, ¿por qué estaba vieja? y ¿por qué ella quería ser la más bella? y Blanca Nieves ¿por qué no acompañó a los enanos a trabajar a la mina?, ha de ser bonito encontrar, enterradas en la tierra, piedras preciosas. También piensa que los enanos no tenían que haber sido tan desordenados y vivir en un lugar tan sucio y, además, Blanca Nieves no parecía ser muy lista porque eso de comerse la manzana… En definitiva, ese cuento no tenía para Alejandra ninguna coherencia. Durante el espectáculo de los cuentistas estuvo duro y dale, quejándose al oído de Samuel, quien la miraba con sus bellos ojos de conejo, como pidiéndole que ya se callara para poder escuchar toda la historia. Pero Alejandra tiene fama de ser testaruda, así que continuó sus incisivas intervenciones en las siguientes narraciones: la Bella Durmiente del Bosque y La Cenicienta, con lo que Samuel, siempre muy considerado, terminó por cambiarse de lugar, discretamente. Mientras tanto, el padre de Alejandra estaba muy divertido con todas sus ocurrencias. Él era un hombre de cabellos desordenados y crecidos, con algo de barba en su alegre rostro y ojos risueños, como de pájaro, además, le gustaba mucho cantar, aunque su verdadera pasión era la an-tro-po-lo-gía. Alejandra entendía que era algo así como un biólogo que en vez de estudiar a otros animales, estudiaba a las personas.

Así pues y como Juan tenía siempre explicaciones para todo, al final de los cuentos, de regreso a casa, fue contando a Alejandra y a Samuel que los relatos tenían un significado para las personas que los habían inventado, que eran algo así como mitos que hacían que un grupo de personas siguiera siendo igual o creyendo las mismas cosas porque eso les ayudaba a vivir con confianza y con historias que compartir. Eso estaba bien, pero Alejandra no estaba muy segura de querer que el mundo siguiera siendo un mundo de princesas dormilonas y rubias.

Desde que habían ido a escuchar cuentos absurdos, ya habían pasado tres semanas. En todo este tiempo, había habido varias señales para Alejandra. La primera ocurrió en la escuela. Un miércoles, después de una clase de matemáticas, en la que por fin comprendió el mecanismo de la división. Fue tal su emoción que al final de la clase no salió al patio, permaneció haciendo más operaciones en su libro, estaba contenta, como ante un descubrimiento importantísimo y secreto. De pronto una pelota de goma entró por una de las ventanas, que estaban a la derecha de Alejandra. Esa pelota azul, que seguramente había sido lanzada desde el patio, cayó en los estantes en que su maestra dejó unos libros de cuentos. Este suceso la distrajo completamente del profundo secreto de las divisiones; se acercó a los estantes para tomar la pelota y devolverla. Había caído sobre un libro abierto y ahí permanecía quieta. Alejandra la tomó y entonces, notó que el libro abierto tenía una imagen de Blanca Nieves y los Siete Enanos, aunque seguramente el libro tenía más cuentos pues estaba un poco gordo. Alejandra hizo un gesto de malhumor, es decir, juntó sus pobladas cejas como las alas extendidas de una gaviota y lanzó un gruñido de fastidio. "¡Otra vez esta Blanca Nieves!", se dijo, apretando la pelota de goma y casi a punto de cerrar bruscamente el libro, cuando, con sorpresa, claramente leyó en uno de los párrafos… "he estado impacientemente esperando que venga alguien a sacarme de esta aburrida historia, alguien a quien le parezca tan, tan aburrida como a mí y no crea eso de que me puedo quedar como muerta comiendo manzanas". Repentinamente, entraron los dueños de la pelota, quienes apresuradamente se la arrebataron. En otras circunstancias, Alejandra hubiera tomado eso como una osada afrenta –ya saben que tenía fama de testaruda– pero en ese momento, hasta las divisiones habían dejado de ser relevantes. Quiso volver a leer el libro, pues esas palabras no podía recordarlas como parte del cuento. ¿En qué momento Blanca Nieves decía eso y a quién?, ¿sola en el bosque cuando escapaba del cazador que quería su corazón?, o ¿cuando conoce a los siete enanos?, ¿acaso se lo habría dicho al príncipe cuando él descubrió el pedazo de manzana atorado? Estas preguntas se apiñaron en su cabeza. Sin embargo, ninguna de ellas pudo ser respondida pues en ese momento, cual ráfaga, comenzaban a entrar todos los niños y niñas de su clase y detrás la maestra; quién, al ver el libro abierto, lo cerró en un solo y rápido movimiento, al tiempo que lo colocó junto con los demás libros regados sobre el estante, en un armario con llave que por lo menos tenía otros cien volúmenes; hecho lo cual dio giros a la cerradura. Alejandra vio pasar todo eso de forma ajena a su voluntad. Quedó perpleja. Jamás podría encontrar el libro, ni las palabras que ahora ya no sabía si en verdad estaban escritas en él. Ni siquiera sabía de cual libro se trataba. Tampoco recordaba el prodigioso mecanismo de la división. Como una autómata, fue a sentarse a su lugar. La siguiente clase pasó en blanco para ella. Así que por esta razón, Alejandra tardó algunos años para reconocer la diferencia entre antónimos y sinónimos, pues de eso trato la lección.

Después del misterioso incidente, pasaron cuatro o cinco días para que la segunda señal se presentara ante Alejandra. Ocurrió mientras hacía una tarea. Su madre leía, estaba recostada en un sofá y se fue quedando dormida. Juan, su padre estaba en la cocina, preparando alguno de sus esporádicos y sorprendentes guisos, acompañados siempre con aguas de distintas frutas: zanahoria con manzana, piña con pepino, fresas con sandía y así. Alejandra intentaba encontrar los antónimos de la palabra amanecer, pensó en varios como clarear, alumbrar, iluminar… le parecía un poco difícil, así que puso la cara entre sus manos y recargó los codos en la mesa. Empezó a distraerse escuchando el tarareo de un son veracruzano en la voz de su padre; después, el ronquido suave de su madre entre los cojines con el libro sobre el rostro; escuchó también gritos de los vecinos que estaban en el pasillo, el murmullo de autos a través de la ventana y finalmente el radio. El locutor estaba leyendo dedicatorias que la audiencia enviaba a través del programa: "Laura, te amo, por favor cásate conmigo, de parte de Mario", "Azucena, ya regrésame mis discos, nada más eran prestados, de parte de Rosario", "Feliz cumpleaños mamá, de parte de Octavio" y así, el locutor leía mensajes sin mucha emoción y Alejandra estaba por concentrar su oído en otra cosa cuando escuchó: "Eva Ave, por favor, inventa para mí, una vida con menos trabajo, de parte de La Cenicienta". El locutor río y envió a una canción. Alejandra sintió un pequeño brinco de su corazón. Eva Ave era su nombre secreto, sólo Samuel lo conocía y ahora esa tal "Cenicienta" parecía conocerlo y hacerle una petición directa. ¿Sería posible que su desacuerdo con los cuentos de hadas hubiese llegado a los oídos de las princesas?, ¿estarían como ella, aburridas de repetir esas necias historias?, ¿también querrían que el mundo fuese distinto? Alejandra no estaba segura, además ¿ella qué podría hacer? Su padre comenzó a servir la mesa, se veía muy gracioso pues tenía gajitos de naranja entre la barba e iba dando unos pasos de huapanguero con un plato humeante en cada mano. Alejandra decidió poner más atención a su hambre, así que saliendo de sus ensoñaciones se puso de pie, para bailar con Juan ese nuevo baile con platos vaporosos en las manos.

La última señal llegó, como todas las grandes señales, durante el sueño, cuatro o cinco días después del mensaje por radio. En su sueño aparecía su abuela, una mujer de cabellos muy largos que vivía en Zacatecas, una ciudad muy bonita. Alejandra soñaba el patio de cantera de casa de su abuela, amplio, lleno de plantas y flores, en medio del cual estaba ella con unas agujas de tejer y una madeja de estambre inmensa. En el sueño no sabía ni por donde empezar, ni siquiera sabía tejer, sólo veía los montes blandos que el estambre, de muchos colores, formaba en el patio. Una mano tocó su espalda. Era Aurora, la Bella Durmiente, quién en primer lugar, le aclaró que el antónimo de amanecer no era iluminar ni nada por el estilo sino todo lo contrario: anochecer; que ella lo sabía muy bien, pues su nombre, Aurora, era también sinónimo de Amanecer. Alejandra, por supuesto, no retuvo nada de eso al despertar, pues lo más importante que Aurora le reveló en ese sueño, fue que estaba harta de dormir cien años y despertar sólo para casarse y que necesitaba, con urgencia, que esa historia fuese rescrita pues estaba ávida por tener otras experiencias, además de pincharse los dedos en una rueca. Todavía dentro del pasaje de los sueños, Alejandra fue despertada, pues Samuel le llamaba por teléfono. Él deseaba que fueran juntos a la tienda de historietas por los números especiales de Batman y Superman, sus superhéroes favoritos. La tienda estaba en la esquina de su casa y ellos eran vecinos. Algo enfurruñada, Alejandra aceptó, además así le contaría a Samuel este nuevo secreto.

Después de comprar las historietas, María y la madre de Samuel, los llevaron al parque de la colonia, pequeño pero con muchos juegos. Samuel y Alejandra se mecieron en los columpios después de que Samuel leyó y releyó las superaventuras y las superhazañas de los dos superhéroes. Alejandra quería mucho a Samuel, aunque fuera tan crédulo. Una vez que él prestó menos interés en su valiosa adquisición, Alejandra le platicó todo cuanto le había estado pasando. Samuel no dudó de que todo eso fuera posible. Ambos estuvieron de acuerdo en que todo era muy extraño pero que no podía ignorar las peticiones de las princesas, ya que habían confiado en ella. Samuel le dijo que él nunca se negaría si sus superhéroes lo llamaran para una supermisión.

De regreso en casa, Alejandra ayudó a su madre a juntar la ropa sucia y a separarla por colores, sobre todo la ropa violeta. Una vez lavada, acompañó a María a tenderla en la azotea del edificio. De eso hace como tres horas. Es sábado al anochecer. Ahora, mirando el paisaje de la ciudad, busca la inspiración para rescribir tres historias, mantiene entre sus rodillas un cuaderno pequeño, muy gastado y con muchas hojas arrancadas, con un lápiz de color morado. Poco a poco decide que Blanca Nieves, en lugar de huir hacia el bosque por las amenazas y celos de su madrastra, aprendería de ella sus conocimientos mágicos y alquímicos para luego viajar por otros reinos transmitiendo su saber, ganaría mucho prestigio como maga, especialmente en la transformación de manzanas en caballos, muy útiles en las batallas. Mantendría correspondencia con su madrastra y estarían por siempre muy unidas. Sí aparecería un príncipe, pero Blanca Nieves no lo aceptará como esposo, pues él desea que no viaje por otros reinos y que deje todas esas artes de bruja. Entonces el príncipe conoce a los enanos en el bosque y junto con ellos se dedica a hacer exploraciones en las minas. Alejandra termina este cuento, cuando Blanca Nieves conoce a un campesino que toca la flauta bajo árboles de manzana y que tiene ojos de conejo contento. Alejandra ya estaba encarrerada en la reconstrucción de historias. A Cenicienta le otorgó un par de hermanastros y no de hermanastras, ambos eran protectores y respetuosos con ella. Cenicienta se quedó con los ropajes sucios, pero no por tanto trabajar sino porque ella y sus hermanos pasaban mucho tiempo divirtiéndose en los extensos campos que poseían y en los que criaban animales. Los tres eran famosos en la comarca por las fiestas que organizaban, en las que había deliciosa comida, agua de frutas, música hasta el amanecer y danzas muy alegres. Cenicienta nunca se preocupó mucho por su apariencia, así que el príncipe nunca se paró por ahí, pues no le agradaban las mujeres tan desaliñadas, el príncipe se casó con el hada madrina que era muy bella y emperifollada. Así, Cenicienta conoce a un poeta durante una de las animadas veladas. Es cierto que pierde un zapato, pero es por correr tras los papeles llenos de poesías que un viento travieso hizo volar. Alejandra continúa guiada por la inspiración de su mágico lápiz. La última de las princesas en hacerle la solicitud también tendría una nueva vida. Aurora, en efecto, se pincharía el dedo con una rueca, pero eso no la haría dormir, sino que sería un desafío por el cual aprendería el arte del hilado. De sus hermosas manos saldrían telas maravillosas y nunca vistas. En ellas se observarían animales, ríos y montañas, así como personas haciendo muchas cosas, su color favorito sería el violeta, claro. El hada Maléfica, queriendo cambiar su vestuario acudiría con ella y juntas impondrían una exquisita moda medieval, los padres de Aurora serían los principales patrocinadores. Habría un príncipe fascinado por el arte de las manos de Aurora y, bueno, Alejandra permite que este príncipe sí sea desposado por esta princesa. Pero sólo porque era un príncipe que contaba historias a la perfección y porque tenía fama de poder comunicarse amistosamente con los dragones.

Alejandra puso el último punto justo cuando su madre subió por ella, intrigada porque estuviera aún en la azotea. De un ágil salto Alejandra corrió hacia las escaleras, entró precipitadamente en su casa y llamó a Samuel para decirle que las historias estaban terminadas y las princesas liberadas. Alejandra estaba contenta, pensaba que ahora leería sus cuentos a sus padres, sus tías y en la escuela también. Samuel la interrumpió para decirle que probablemente las princesas y Superman se habían comunicado, pues ahora, para su desconcierto, el hombre de acero se le había presentado en un sueño, hablándole de lo injusto que le parecía que princesas de cuentos tan viejos pudieran reactualizarse, mientras que él todo un héroe del siglo XX y del XXI, tenía que seguir enfrentándose con todo tipo de malhechores y arriesgando su vida. Que estaba cansado de tener que ser tan poderoso y que a veces sentía miedo. Que sí no habría manera de que se hiciera algo por él y por todos los de la liga de la justicia, que guardaría una infinita gratitud para con Samuel si le otorgaba la posibilidad de una vida distinta.

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