Centro de Desarrollo Humano a través de las Artes.

Por Leonel Puente - 2 de Julio, 2009, 13:29, Categoría: La Armada Invencible

En la Primavera del 2008, un día muy caluroso (no recuerdo bien si era fines de Abril o principios de Mayo), Constantino Pol y Leócrates estuvieron revisando el estilo de un texto hasta el cansancio. No quedaba y no quedaba, pero al fin quedó: así tenía que ser porque, esos papeles con letras, por muy complicados que estuviesen de entenderse y corregirse, no se les iban a escapar a ese par de obsesivos nomás porque sí.

Mientras eso ocurría, por un lado, Marroquín y yo hacíamos la "talacha", el "trabajo sucio". Imprimir, doblar, cortar, armar y engrapar la última de las publicaciones del Proyecto. También, simultáneamente, teclear en la computadora las entrevistas de Juan Cervera, los versos tormentosos de la Srta. Wusterhaus, escanear los extravagantes dibujos de Ruber León y los nuevos de Karin. Ruy Amp amenizaba todo con su guitarra, pues estaba "sacando" las tablaturas del "Romance Anónimo", pero como tiene mucha facilidad para aprender, se lo aprendió en un rato; luego agarró una hoja y un plumón, y en un par de minutos hizo algunos trazos finos y precisos, nos entregó el dibujo y dio por terminadas sus aportaciones de ese día para irse a jugar "tochito" con sus cuates.

Una vez terminada la corrección de estilo de "Las Profecías del Polvo", Constantino y Leócrates se pusieron a criticar la impresión de "Imágenes en la Luna". Que si estaba chueco, que si la imagen de la portada estaba feo, que si mejor no hubiese sido bueno usar papel reciclado para no contaminar el ambiente, que cuanto podríamos ganar si lográramos venderlo, que estábamos muy lentos... No les rebatíamos mucho porque ese día estábamos más atareados de lo normal, sin embargo, para las pulgas de Marroquín, ya se estaban pasando de listos y los mando de paseo. Una vez que se fueron nuestro par de "intelectuales", le dije a Marroquín:

- ¿Podría hacerme un favor muy grande?

- Si se puede, claro, porque no.

Fui por la guitarra que Ruy Amp había dejado botada en la sala y se la puse en las manos.

- Sé que está usted muy cansado y que este par de cabrones lo hicieron enojar, pero por favor, por favor, tóqueme la Zamba de mi Esperanza... la necesito.

Se me quedó mirando fijamente y luego me preguntó:

- ¿A que se refiere exactamente con eso de que la "necesita"?

- Pues a eso, que la necesito... y mucho, pero si no la quiere tocar, otro día será.

La guitarra estaba bien afinada, pero le dio todavía una pasadita a los armónicos. Luego se arrancó. No sé si fue por el cansancio, no sé si fue porque la interpretó algo mejor que otras veces o, simple y sencillamente, porque de verdad necesitaba escuchar esa canción; el caso es se me salieron un par de lágrimas mientras miraba el horizonte por la ventana. Años tenían mis ojos sin derramar nada. Siendo niño, en la escuela militarizada sólo me enseñaron que llorar es de cobardes y que 2 más 2 son 4. Nunca me enseñaron otra cosa más interesante. Todo lo demás, lo poco que sé de la vida, lo he tenido que aprender por mi cuenta o con la ayuda de alguno que otro maestro o maestra de los que no están cercenados por la ortodoxia.

Aquella noche no dormimos hasta que acabamos las impresiones. Serían las 4 o 5 de la madrugada cuando paramos de trabajar. Un último café y un último cigarro. Entonces Marroquín me dijo:

- Oiga, mi amigo, no es que me quiera meter en lo que no me importa, pero ¿qué diablos piensa usted hacer con su vida? Participa usted en muchas cosas con entusiasmo, pero no veo que tenga una línea precisa, un proyecto personal de vida.

- Pues no sé...

- ¿Cómo qué no sabe? No me venga con chingaderas. Casi cuarenta años, dos divorcios, una carrera sin terminar... y no es que le falte capacidad, pero es usted muy desidioso. ¿A poco no se le ocurre algo que hacer con su vida? Piénselo bien porque el Proyecto Cultural puede llegar a ser remunerativo, pero se puede también uno morir sin un peso en la bolsa. El próximo año ya no lo van a contratar en la mayoría de las empresas; después del cuarentón ya somos inservibles, inexplotables en el mal sentido de la palabra.

No le contesté nada, estaba más que agotado y los ojos me ardían por tanta letra transcribida del papel a la computadora. Fui por las cobijas que me fueron asignadas para los días en que me tuviera que quedar en la chobo-cueva, pero no me acosté en la sala, sino en el suelo para aliviar el dolor de espalda (en la mayoría de camas y salas no quepo, y esa incomodidad no me deja dormir bien, traigo un insomnio de años).

- ¿Se está rajando, mi estimado?

- Por hoy, que ya es mañana, sí.

- ¿Pues cómo ve que no? Venga para acá. Lo voy a poner a hacer un ejercicio que le va a ser muy útil.

Por poco le aviento un zapato en la cara de lo alterado que me sentía y por lo absurdo que me parecía a esas horas andar haciendo todavía un "ejercicio" del tipo que fuese; pero terminé obedeciendo. Me paré de malas y fui hasta la mesa de trabajo de nuevo. Otro cigarrito, otro cafecito para despertar estando despierto más de la cuenta.

Marroquín me dio una hoja y me dijo:

- Escriba lo qué le gustaría hacer con su vida de aquí en adelante. Olvidese de lo pasado. Pregúntese, ¿qué pienso hacer con mi vida, de aquí en adelante? Y luego escribalo en esa hoja, ese es todo el ejercicio, no está tan difícil.

- ¿Es en serio? ¿Nomás para eso me levantó?

- Sí, es en serio, muy en serio. ¡Hágalo! No lo piense tanto. ¡Hágalo! Es bueno pensar, pero muchas veces es más importante hacer. ¡Hacer! ¡Hacer! ¡Hacer!

No sabía que poner en la hoja, y no por el famoso "bloqueó" ante la hoja en blanco que a todo escritor le llega a paralizar. Si me hubiese puesto a escribir un cuento, la cosa hubiese sido más fácil, pero se trataba de algo muy distinto.

Después de unos minutos puse lo siguiente:

- Soy un buen escritor de cuentos, especializado en Terapia Narrativa y publico regularmente en periódicos y revistas.

- Sé tocar la guitarra y compongo canciones que me dan satisfacción y gusto.

- Dirijo un Centro de Desarrollo Humano a través de las Artes que me hace sentir realizado y útil a la sociedad.

Pensé en borrar lo segundo, lo de tocar la guitarra y componer canciones me pareció totalmente fuera de posibilidad. Pero así lo dejé y le entregué la hoja.

- ¿Eso es todo? ¿No se le ocurre nada más? ¿No pensó en alguna fémina? ¿O qué, ya se va a volver "puñal"?

- ¿Qué pasó con ese respeto?... No, puñal no... Sí pensé en una mujer, en una compañera... sería maravilloso, pero está cabrón encontrar una que no sea volátil o celosa. A mí me tocan así, o demasiado independientes o que no me dejan respirar, nunca he encontrado una en el punto medio y no sé si la voy a encontrar. Mejor solo que andar persiguiendo quimeras o que me persigan a mí.

- ¿Le "tocan" así, o usted se las busca así?

- ¿Ya me puedo ir a dormir?

- Pues sí, si así lo quiere, pero pienso que no estaría nada, pero nada mal que incluyera a una fémina en su plan. ¿Quién quita y sí encuentra a una que al menos se parezca a lo que busca?

Agarré de nuevo la hoja y escribí lo siguiente:

- Comparto con mi compañera una vida plena. Somos vitales, activos y emprendedores.

Y ya encarrerado también agregué:

- Crezco permanentemente como individuo, llevo una vida sana, soy apto y siempre realizo lo que me propongo.

Le entregué la hoja a Marroquín y me dispuse a dormir. ¡Ahora sí ya era más que justo y necesario!

- Una última cosa, mi estimado León.

- ¡Ay no! ¡Con todo respeto, ya no me chingue más por hoy!

- Léalo en voz alta.

- ¡Qué! ¡Qué lo lea! ¡Para qué!

- ¡Léalo!

Lo leí, y, al terminar, Marroquín me miró fijamente y me dijo:

- Lo crea o no, así será.

No sonrió con su clásica ironía. No dijo más... hasta hace unos días en que me entregó esa hoja de la cual ya no me acordaba siquiera.

- Ha llegado el momento: al cachorro de León le tiene que crecer la melena.

Temblé al mirar sus ojos. No me había dado cuenta que su pelo ya es absolutamente blanco y su andar cansado. Todavía no me siento completamente preparado, ni siquiera soy la sombra de lo que él fuera a mi edad; pero ya se fue Catani; Don Juan, aunque está muy sano, ya se acerca a los ochenta; nuestro as, anda en el tochito; nuestras estrellitas, chateando; y, Marroquín, mi querido Maestro, ha peleado en más de mil batallas sin rendirse, pero el Tiempo no perdona a nadie. A nadie.

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