Los cuentos que aburren a las princesas.

Por Alma Jessica Beltrán Cruz - 14 de Julio, 2009, 17:33, Categoría: Paquete Cuento

Los cuentos que aburren a las princesas

En un silencio poco permitido por las cercanas y transitadas avenidas, Alejandra, conspiradora de azotea, se pregunta por qué su nombre no fue capicúa, como Ana, esa niña de extraño pelo rojo y dientes de conejo contento. Mejor aún, sería el nombre de Eva Ave, pues se imagina que así podría lucir, con todo derecho, coloridas plumas. Alejandra se cubre con una chamarra morada, pues hace frío en ese desnudo espacio. Observa el cielo negro, baja su mirada por los edificios y los árboles hasta llegar al lugar en el que está sentada como en un mirador; olisquea la ropa tendida que está por secarse: playeras y pantalones de ella, de color morado o violeta que es su favorito, calzones, esos sí: blancos y rosas. También hay algún vestido y blusas de su madre, en colores azules y claros; camisas de su papá y su sweater rojo que tanto le gusta, aunque es ya un poco viejo. La ropa ondea con claridad, como una hilera de banderas de patrias diversas e inexistentes. El tendedero abarca toda la azotea, hasta la barda de la casa de enfrente. Alejandra se acerca a la barda. Vive en un tercer piso de un edificio, así que puede ver un poco hacía abajo pero también su mirada es detenida por altas paredes de otros grises edificios. Ella los pintaría de violeta. Desde la barda se distinguen breves y parpadeantes destellos; son las luces de los postes en su calle, primero, después las veloces de los coches, luego, muy pequeñitas y tenues las de casas o edificios, también hay de pronto iluminados anuncios rectangulares y muy, muy lejos pueden verse las más diminutas, bordeando cerros que parece poder atrapar extendiendo una de sus manos.

Es sábado al anochecer. Alejandra permaneció en la azotea después de acompañar a María, su madre, a tender la ropa, hacía como tres horas de eso. Su madre bajó después a preparar la cena, quizá, aunque también puede que esté haciendo cosas de su trabajo. A Alejandra le parece que los pensamientos en la cabeza de su madre siempre son muy elaborados, cuando María habla con otros abogados como ella, su rostro es serio, su mirada fija a través de sus pequeños anteojos, como si todo lo que entre ellos hablaran fuese de vida o muerte; a veces, los minúsculos aretes de cristal que siempre usa resplandecen con los movimientos de su cabeza cuando lee papeles de su trabajo o cuando platica con ella, entonces su rostro es muy dulce. María parece muy fuerte. También es muy bonita, con cabello oscuro y largo, del cual Alejandra se alegra que nunca haya sido pintado de rubio, rojo o algo así, como muchas de sus tías. María es morena y su cuerpo firme y protector, sus manos hábiles y cariñosas de uñas cortas que no rasguñan. Alejandra se parece mucho a María, aunque ella ha considerado que, a diferencia de su madre, sus pensamientos son breves y sencillos, casi, casi inofensivos. Como los de Samuel, otro niño dientón que también tiene de conejo los ojos y los pelos en punta como de erizo. Aunque nada de eso impide que sea su mejor amigo, el más mejor.

Junto con Samuel, hace varios días que Juan, el padre de Alejandra, los acompañó a escuchar a unos cuentacuentos. Los cuentistas eran buenos, de voces chistosas, pero algunos de los cuentos le parecieron francamente muy ridículos. Por ejemplo, no entiende muy bien la sospechosa actitud de la madrastra de Blanca Nieves, no entiende que Blanca Nieves haya sido tan blanca como la nieve y que por eso el príncipe se haya enamorado de ella sin apenas conocerla ¿o sólo la quiso porque era muy bonita? y el príncipe, ¿por qué no quiso a la madrastra?, ¿por qué estaba vieja? y ¿por qué ella quería ser la más bella? y Blanca Nieves ¿por qué no acompañó a los enanos a trabajar a la mina?, ha de ser bonito encontrar, enterradas en la tierra, piedras preciosas. También piensa que los enanos no tenían que haber sido tan desordenados y vivir en un lugar tan sucio y, además, Blanca Nieves no parecía ser muy lista porque eso de comerse la manzana… En definitiva, ese cuento no tenía para Alejandra ninguna coherencia. Durante el espectáculo de los cuentistas estuvo duro y dale, quejándose al oído de Samuel, quien la miraba con sus bellos ojos de conejo, como pidiéndole que ya se callara para poder escuchar toda la historia. Pero Alejandra tiene fama de ser testaruda, así que continuó sus incisivas intervenciones en las siguientes narraciones: la Bella Durmiente del Bosque y La Cenicienta, con lo que Samuel, siempre muy considerado, terminó por cambiarse de lugar, discretamente. Mientras tanto, el padre de Alejandra estaba muy divertido con todas sus ocurrencias. Él era un hombre de cabellos desordenados y crecidos, con algo de barba en su alegre rostro y ojos risueños, como de pájaro, además, le gustaba mucho cantar, aunque su verdadera pasión era la an-tro-po-lo-gía. Alejandra entendía que era algo así como un biólogo que en vez de estudiar a otros animales, estudiaba a las personas.

Así pues y como Juan tenía siempre explicaciones para todo, al final de los cuentos, de regreso a casa, fue contando a Alejandra y a Samuel que los relatos tenían un significado para las personas que los habían inventado, que eran algo así como mitos que hacían que un grupo de personas siguiera siendo igual o creyendo las mismas cosas porque eso les ayudaba a vivir con confianza y con historias que compartir. Eso estaba bien, pero Alejandra no estaba muy segura de querer que el mundo siguiera siendo un mundo de princesas dormilonas y rubias.

Desde que habían ido a escuchar cuentos absurdos, ya habían pasado tres semanas. En todo este tiempo, había habido varias señales para Alejandra. La primera ocurrió en la escuela. Un miércoles, después de una clase de matemáticas, en la que por fin comprendió el mecanismo de la división. Fue tal su emoción que al final de la clase no salió al patio, permaneció haciendo más operaciones en su libro, estaba contenta, como ante un descubrimiento importantísimo y secreto. De pronto una pelota de goma entró por una de las ventanas, que estaban a la derecha de Alejandra. Esa pelota azul, que seguramente había sido lanzada desde el patio, cayó en los estantes en que su maestra dejó unos libros de cuentos. Este suceso la distrajo completamente del profundo secreto de las divisiones; se acercó a los estantes para tomar la pelota y devolverla. Había caído sobre un libro abierto y ahí permanecía quieta. Alejandra la tomó y entonces, notó que el libro abierto tenía una imagen de Blanca Nieves y los Siete Enanos, aunque seguramente el libro tenía más cuentos pues estaba un poco gordo. Alejandra hizo un gesto de malhumor, es decir, juntó sus pobladas cejas como las alas extendidas de una gaviota y lanzó un gruñido de fastidio. "¡Otra vez esta Blanca Nieves!", se dijo, apretando la pelota de goma y casi a punto de cerrar bruscamente el libro, cuando, con sorpresa, claramente leyó en uno de los párrafos… "he estado impacientemente esperando que venga alguien a sacarme de esta aburrida historia, alguien a quien le parezca tan, tan aburrida como a mí y no crea eso de que me puedo quedar como muerta comiendo manzanas". Repentinamente, entraron los dueños de la pelota, quienes apresuradamente se la arrebataron. En otras circunstancias, Alejandra hubiera tomado eso como una osada afrenta –ya saben que tenía fama de testaruda– pero en ese momento, hasta las divisiones habían dejado de ser relevantes. Quiso volver a leer el libro, pues esas palabras no podía recordarlas como parte del cuento. ¿En qué momento Blanca Nieves decía eso y a quién?, ¿sola en el bosque cuando escapaba del cazador que quería su corazón?, o ¿cuando conoce a los siete enanos?, ¿acaso se lo habría dicho al príncipe cuando él descubrió el pedazo de manzana atorado? Estas preguntas se apiñaron en su cabeza. Sin embargo, ninguna de ellas pudo ser respondida pues en ese momento, cual ráfaga, comenzaban a entrar todos los niños y niñas de su clase y detrás la maestra; quién, al ver el libro abierto, lo cerró en un solo y rápido movimiento, al tiempo que lo colocó junto con los demás libros regados sobre el estante, en un armario con llave que por lo menos tenía otros cien volúmenes; hecho lo cual dio giros a la cerradura. Alejandra vio pasar todo eso de forma ajena a su voluntad. Quedó perpleja. Jamás podría encontrar el libro, ni las palabras que ahora ya no sabía si en verdad estaban escritas en él. Ni siquiera sabía de cual libro se trataba. Tampoco recordaba el prodigioso mecanismo de la división. Como una autómata, fue a sentarse a su lugar. La siguiente clase pasó en blanco para ella. Así que por esta razón, Alejandra tardó algunos años para reconocer la diferencia entre antónimos y sinónimos, pues de eso trato la lección.

Después del misterioso incidente, pasaron cuatro o cinco días para que la segunda señal se presentara ante Alejandra. Ocurrió mientras hacía una tarea. Su madre leía, estaba recostada en un sofá y se fue quedando dormida. Juan, su padre estaba en la cocina, preparando alguno de sus esporádicos y sorprendentes guisos, acompañados siempre con aguas de distintas frutas: zanahoria con manzana, piña con pepino, fresas con sandía y así. Alejandra intentaba encontrar los antónimos de la palabra amanecer, pensó en varios como clarear, alumbrar, iluminar… le parecía un poco difícil, así que puso la cara entre sus manos y recargó los codos en la mesa. Empezó a distraerse escuchando el tarareo de un son veracruzano en la voz de su padre; después, el ronquido suave de su madre entre los cojines con el libro sobre el rostro; escuchó también gritos de los vecinos que estaban en el pasillo, el murmullo de autos a través de la ventana y finalmente el radio. El locutor estaba leyendo dedicatorias que la audiencia enviaba a través del programa: "Laura, te amo, por favor cásate conmigo, de parte de Mario", "Azucena, ya regrésame mis discos, nada más eran prestados, de parte de Rosario", "Feliz cumpleaños mamá, de parte de Octavio" y así, el locutor leía mensajes sin mucha emoción y Alejandra estaba por concentrar su oído en otra cosa cuando escuchó: "Eva Ave, por favor, inventa para mí, una vida con menos trabajo, de parte de La Cenicienta". El locutor río y envió a una canción. Alejandra sintió un pequeño brinco de su corazón. Eva Ave era su nombre secreto, sólo Samuel lo conocía y ahora esa tal "Cenicienta" parecía conocerlo y hacerle una petición directa. ¿Sería posible que su desacuerdo con los cuentos de hadas hubiese llegado a los oídos de las princesas?, ¿estarían como ella, aburridas de repetir esas necias historias?, ¿también querrían que el mundo fuese distinto? Alejandra no estaba segura, además ¿ella qué podría hacer? Su padre comenzó a servir la mesa, se veía muy gracioso pues tenía gajitos de naranja entre la barba e iba dando unos pasos de huapanguero con un plato humeante en cada mano. Alejandra decidió poner más atención a su hambre, así que saliendo de sus ensoñaciones se puso de pie, para bailar con Juan ese nuevo baile con platos vaporosos en las manos.

La última señal llegó, como todas las grandes señales, durante el sueño, cuatro o cinco días después del mensaje por radio. En su sueño aparecía su abuela, una mujer de cabellos muy largos que vivía en Zacatecas, una ciudad muy bonita. Alejandra soñaba el patio de cantera de casa de su abuela, amplio, lleno de plantas y flores, en medio del cual estaba ella con unas agujas de tejer y una madeja de estambre inmensa. En el sueño no sabía ni por donde empezar, ni siquiera sabía tejer, sólo veía los montes blandos que el estambre, de muchos colores, formaba en el patio. Una mano tocó su espalda. Era Aurora, la Bella Durmiente, quién en primer lugar, le aclaró que el antónimo de amanecer no era iluminar ni nada por el estilo sino todo lo contrario: anochecer; que ella lo sabía muy bien, pues su nombre, Aurora, era también sinónimo de Amanecer. Alejandra, por supuesto, no retuvo nada de eso al despertar, pues lo más importante que Aurora le reveló en ese sueño, fue que estaba harta de dormir cien años y despertar sólo para casarse y que necesitaba, con urgencia, que esa historia fuese rescrita pues estaba ávida por tener otras experiencias, además de pincharse los dedos en una rueca. Todavía dentro del pasaje de los sueños, Alejandra fue despertada, pues Samuel le llamaba por teléfono. Él deseaba que fueran juntos a la tienda de historietas por los números especiales de Batman y Superman, sus superhéroes favoritos. La tienda estaba en la esquina de su casa y ellos eran vecinos. Algo enfurruñada, Alejandra aceptó, además así le contaría a Samuel este nuevo secreto.

Después de comprar las historietas, María y la madre de Samuel, los llevaron al parque de la colonia, pequeño pero con muchos juegos. Samuel y Alejandra se mecieron en los columpios después de que Samuel leyó y releyó las superaventuras y las superhazañas de los dos superhéroes. Alejandra quería mucho a Samuel, aunque fuera tan crédulo. Una vez que él prestó menos interés en su valiosa adquisición, Alejandra le platicó todo cuanto le había estado pasando. Samuel no dudó de que todo eso fuera posible. Ambos estuvieron de acuerdo en que todo era muy extraño pero que no podía ignorar las peticiones de las princesas, ya que habían confiado en ella. Samuel le dijo que él nunca se negaría si sus superhéroes lo llamaran para una supermisión.

De regreso en casa, Alejandra ayudó a su madre a juntar la ropa sucia y a separarla por colores, sobre todo la ropa violeta. Una vez lavada, acompañó a María a tenderla en la azotea del edificio. De eso hace como tres horas. Es sábado al anochecer. Ahora, mirando el paisaje de la ciudad, busca la inspiración para rescribir tres historias, mantiene entre sus rodillas un cuaderno pequeño, muy gastado y con muchas hojas arrancadas, con un lápiz de color morado. Poco a poco decide que Blanca Nieves, en lugar de huir hacia el bosque por las amenazas y celos de su madrastra, aprendería de ella sus conocimientos mágicos y alquímicos para luego viajar por otros reinos transmitiendo su saber, ganaría mucho prestigio como maga, especialmente en la transformación de manzanas en caballos, muy útiles en las batallas. Mantendría correspondencia con su madrastra y estarían por siempre muy unidas. Sí aparecería un príncipe, pero Blanca Nieves no lo aceptará como esposo, pues él desea que no viaje por otros reinos y que deje todas esas artes de bruja. Entonces el príncipe conoce a los enanos en el bosque y junto con ellos se dedica a hacer exploraciones en las minas. Alejandra termina este cuento, cuando Blanca Nieves conoce a un campesino que toca la flauta bajo árboles de manzana y que tiene ojos de conejo contento. Alejandra ya estaba encarrerada en la reconstrucción de historias. A Cenicienta le otorgó un par de hermanastros y no de hermanastras, ambos eran protectores y respetuosos con ella. Cenicienta se quedó con los ropajes sucios, pero no por tanto trabajar sino porque ella y sus hermanos pasaban mucho tiempo divirtiéndose en los extensos campos que poseían y en los que criaban animales. Los tres eran famosos en la comarca por las fiestas que organizaban, en las que había deliciosa comida, agua de frutas, música hasta el amanecer y danzas muy alegres. Cenicienta nunca se preocupó mucho por su apariencia, así que el príncipe nunca se paró por ahí, pues no le agradaban las mujeres tan desaliñadas, el príncipe se casó con el hada madrina que era muy bella y emperifollada. Así, Cenicienta conoce a un poeta durante una de las animadas veladas. Es cierto que pierde un zapato, pero es por correr tras los papeles llenos de poesías que un viento travieso hizo volar. Alejandra continúa guiada por la inspiración de su mágico lápiz. La última de las princesas en hacerle la solicitud también tendría una nueva vida. Aurora, en efecto, se pincharía el dedo con una rueca, pero eso no la haría dormir, sino que sería un desafío por el cual aprendería el arte del hilado. De sus hermosas manos saldrían telas maravillosas y nunca vistas. En ellas se observarían animales, ríos y montañas, así como personas haciendo muchas cosas, su color favorito sería el violeta, claro. El hada Maléfica, queriendo cambiar su vestuario acudiría con ella y juntas impondrían una exquisita moda medieval, los padres de Aurora serían los principales patrocinadores. Habría un príncipe fascinado por el arte de las manos de Aurora y, bueno, Alejandra permite que este príncipe sí sea desposado por esta princesa. Pero sólo porque era un príncipe que contaba historias a la perfección y porque tenía fama de poder comunicarse amistosamente con los dragones.

Alejandra puso el último punto justo cuando su madre subió por ella, intrigada porque estuviera aún en la azotea. De un ágil salto Alejandra corrió hacia las escaleras, entró precipitadamente en su casa y llamó a Samuel para decirle que las historias estaban terminadas y las princesas liberadas. Alejandra estaba contenta, pensaba que ahora leería sus cuentos a sus padres, sus tías y en la escuela también. Samuel la interrumpió para decirle que probablemente las princesas y Superman se habían comunicado, pues ahora, para su desconcierto, el hombre de acero se le había presentado en un sueño, hablándole de lo injusto que le parecía que princesas de cuentos tan viejos pudieran reactualizarse, mientras que él todo un héroe del siglo XX y del XXI, tenía que seguir enfrentándose con todo tipo de malhechores y arriesgando su vida. Que estaba cansado de tener que ser tan poderoso y que a veces sentía miedo. Que sí no habría manera de que se hiciera algo por él y por todos los de la liga de la justicia, que guardaría una infinita gratitud para con Samuel si le otorgaba la posibilidad de una vida distinta.

Permalink ~ Comentar | Referencias (0)
Etiquetas:

El Blog

Calendario

<<   Julio 2009  >>
LMMiJVSD
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30 31   
 
Proyecto Cultura Chobojos - Chobojos
 
 Proyecto Cultura Chobojos - Vida sin fin
 
Proyecto Cultura Chobojos – Fotografía 366
 
Proyecto Cultura Chobojos – El círculo azul
 
Proyecto Cultura Chobojos – La Jauría
 
Proyecto Cultura Chobojos – Toma Todo
 
Proyecto Cultura Chobojos - Chistes x Kilos
 
 

Archivos

Sindicación

Alojado en
ZoomBlog