El Centauro.

Por Jes{us Leonel Puente Colin - 27 de Julio, 2009, 13:18, Categoría: Paquete Cuento

El Centauro.

"El riesgo es precioso"

Platón.

El altivo centauro rojo corría veloz tras un angustiado venado blanco de anchas astas; le arrojaba infinidad de flechas, pero ninguna alcanzaba a clavarse en aquel hermoso cuerpo, ágil y flexible, que de sus ataques escapaba.

La luminosidad del día se había ido casi por completo; el bosque entero susurraba una queja y parecía que el aire estuviera lleno de voces de fantasmas.

De pronto, el venado se detenía.... Parecía ya no estar asustado, y sus ojos mansos se encendieron de odio para luego ir a clavarse, como dos aguijones, en la mirada sorprendida del centauro, que también había detenido su marcha. El venado se irguió entonces cuál grande era, haciendo resoplar su pecho. El centauro sacó una afilada flecha de su negra aljibe, la colocó en la cuerda, y tensó el arco asesino apuntando directamente al centro de la encornada cabeza.

En el momento en que la flecha iba a ser disparada sucedió algo que trastornó al centauro: Una dulce voz resonó por todas partes...  No era una voz del cielo, tampoco era una voz de la tierra; no era un susurró del viento, ni un clamor proveniente de lo oscuro bosque. Era una dulce voz que, desde lo hondo de su corazón, le hablaba al centauro sin que éste comprendiera de dónde provenía diciéndole:

-No… no dispares.

El centauro estaba muy confundido porque jamás antes le había sucedido algo parecido. Debido a la sorpresa, dejó caer la flecha al suelo sin darse cuenta, pero, al recuperase sacó otra del interior de su negra aljibe, la puso en la cuerda y tensó nuevamente el arco asesino.

La dulce voz resonó otra vez:

-No, no dispares.

El centauro sintió rabia, volteó hacia el cielo, miró hacia el suelo, recorrió con su mirada los alrededores del bosque y no halló señal alguna que pudiera hacerle saber de donde procedían aquellas palabras.

El venado empezó entonces a caminar, hacia donde se encontraba el turbado centauro, sin que sus pasos demostraran la menor huella de miedo. Por el cuerpo del centauro rodaba un sudor frío y, al iniciar su andar para encontrarse con el venado, sus patas temblaban aunque sus musculosos brazos seguían firmes sosteniendo el arco. Después de algunos pasos, de pronto, el centauro no pudo avanzar más y comenzó a hundirse.

Oyó por última vez aquella dulce voz:

-No dispares

Y fue entonces cuando comprendió que de su interior provenía.

Un grito desesperado se elevó de cada una de sus células: Se sabía perdido sin remedio, se sabía muerto...

Antes de hundirse por completo en aquellas traicioneras arenas que serían su tumba, arrojó hacia el cielo la última flecha con las fuerzas que le quedaban; luego, descolgó de sus hombros la negra aljibe, ya vacía, y la abrazó con ternura junto con su arco plateado. Clavó su mirada en la del venado blanco de anchas astas que, a poca distancia, observaba impasible como se hundía.

¡Cuantas cosas se unieron y se desataron a la vez, entre el cielo y la tierra, en la breve eternidad que surgió en el transcurso de aquella indescifrable fusión de miradas!

Leonel Puente

Escrita Dom-1-Nov-92. Por inspiración directa de un Mounstro Voluble.

Versión definitiva manufacturada especialmente para mi albacea espiritual: Gretel Nahieli Canseco Hernández.

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