Agosto del 2009

Silencioso Suplicio

Por Guillermo Gómez Icazbalceta - 30 de Agosto, 2009, 2:40, Categoría: La Zona Azul

 

La noche de aquél día fue la última de nuestras noches santas, antes de la vuelta al coche que va de regreso a la gran ciudad, como dices tú con entonación poética. Así, desde esa colina grabamos con dolor esa noche en nuestra mente. Luego resolvimos quedarnos unos minutos, más esperando que nada especial sucediera. Porque decías que lo especial éramos los dos allí, solos y juntos –ardiendo en las venas de la tristeza con una enorme sonrisa de fuera-… miraste mis pantalones, mi camisa rota, y al final volviste a mirarme… o quizás te hundiste en mi ojos. Entonces ya estábamos llegando a la ciudad, callados e inmutables, pero derrotados una vez más por no saber como detener la rueda del mundo para amarnos un poquito más, amarnos totalmente ocultando a nuestros ojos el aleteo multicolor del periódico, olvidando premeditadamente la laptop, extraviando nuestras billeteras para entregarnos anónimos, desnudos, dejando los relojes y su tiempo en la calle, apagando los celulares, apagando el mundo en una palabra…

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Memorias de un ser corrompido (cap.26)

Por Malinali Ochoa Enciso - 27 de Agosto, 2009, 13:03, Categoría: Prosa Poética

 

Amo tus ojos, querida.

Su espléndido fuego brillante

Cuando de repente los abres

Para lanzar una rápida mirada

Como un rayo centellante en el cielo

Pero hay un encanto que es

Mejor aún:

 Cuando los ojos de mi amor están cerrados

Cuando todo se enciende por un beso de pasión

A través de sus pestañas cerradas

Veo la flama del deseo…

 

No podía creer lo que mis ojos leían. Era tan encantador. En la letra, se veía como si lo hubiera escrito cuando estaba muy cansado. Lo voltee a ver. Tenía la mirada de un niño que espera aprobación. Me levanté del asiento. Le tomé la cabeza con ambas manos y le di un beso en la frente. En la nariz. En la boca. Sus manos comenzaron a serpentear el área del torso. El beso comenzó a hacerse cada vez más grande y húmedo. Las pequeñas y suaves manos de Frank se escabulleron por debajo de mi camiseta…

Tocaron la puerta.

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Hadas Urbanas

Por Adriana Echánove - 23 de Agosto, 2009, 21:28, Categoría: Poesía Experimental


Las personas ya no creen en la magia;
Se ha acabado la ilusión y la esperanza,
ni qué decir de la inocencia y la justicia.
Las hadas ahora son sólo remembranzas.

Sin embargo, todavía hay quienes sueñan
y construyen bellos castillos en el aire;
El entorno los afecta, mas se empeñan,
aún sabiéndolo: para ellos ya es tarde.

Con el corazón remendado sin cesar,
avanzan por el mundo todavía sonriendo.
Sintiéndose aún con capacidad de amar,
a sus esperanzas se la pasan reviviendo.

Es a estos seres que entre el dolor
siguen creyendo en las personas
y con fervor van luchando por amor,
la luz buscando en las oscuras zonas...

Es a ellos que con trabajo se levantan,
a quienes me gusta llamar hadas urbanas.
Pues sueñan, esperan y a veces alcanzan;
Creyendo, a pesar de las naturalezas vanas.

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¿Para qué?

Por Gretel Canseco - 22 de Agosto, 2009, 17:32, Categoría: La Zona Azul

Y resulta que si me amabas. Me lo dijiste, hace un rato mientras conversábamos de mil y un temas triviales.

Hace años hubiera agradecido saberlo. Hoy me pregunto, ¿para qué?

¿Para qué llegan noticias a destiempo? ¿Para cerrar círculos?¿Para que la añoranza te aprese en sus brazos? 

Hay cosas en este mundo que nunca entenderé… Entre ellas estás tú y ese "¿para qué?"

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Bienvenidos a este mundo en decadencia

Por Cecilia Ruber León - 21 de Agosto, 2009, 15:57, Categoría: Prosa Poética

Bienvenidos a este mundo en decadencia,
donde los corazones se pudren
al contacto con la sal
de la costa del temor,
donde los deseos reprimidos son las mariposas
que vuelan entre nosotros,
donde es más fácil mantenerse de pie,
porque no importa declararse junto o aparte.
 Todo tiene un fin hasta para los que aspiramos y respiramos la inmortalidad.

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Realidad, Identidad y Valores

Por Ferdinand de Saussure - 20 de Agosto, 2009, 16:32, Categoría: General

“Tomemos un caballo: ¿es por sí mismo un elemento del juego? Seguramente no, porque con su materialidad pura, fuera de su casilla y de las demás condiciones de juego, no representa nada para el jugador, y no resulta elemento real y concreto más que una vez que esté revestido de su valor y haciendo cuerpo con él. Supongamos que en el transcurso de una partida esta pieza viene a ser destruida o extraviada: ¿se la puede reemplazar por otra equivalente? Ciertamente: no sólo otro caballo, hasta cualquier figura sin semejanza alguna con él será declarada idéntica, con tal de que se le atribuya el mismo valor. Se ve, pues, que en los sistemas semiológicos, como la lengua, donde los elementos se mantienen recíprocamente en equilibrio según reglas determinadas, la noción de identidad se confunde con la de valor y recíprocamente.

   He aquí por qué en definitiva la noción de valor recubre las de unidad, de entidad concreta y de realidad. Pero si no existe diferencia alguna fundamental entre estos diversos aspectos, resulta que el problema se puede plantear sucesivamente en varias formas. Ya se intente determinar la unidad, la realidad, la entidad concreta o el valor, siempre plantearemos y volveremos a plantear la misma cuestión central que domina la lingüística estática”

                                     Ferdinand de Saussure.

                                     Curso de lingüística general.

                                     Capítulo III. Identidad, realidad, valores.

VARIUS MULTIPLEX MULTIFORMIS

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El País de las Maravillas.

Por Jessica Gómez - 15 de Agosto, 2009, 18:27, Categoría: Poesía Experimental

Brincan las hojas de mi deseo
para hacer de un momento
eterno...




Mientras caminaba por el metro y su retorno infinito,
crucé puertas de madera
y árboles para subir al cielo.

Pisé, como Alicia, algunas de mis ilusiones
y esta vez,
no era un sueño.

Estuve allí sentada
sin poder moverme
frente al todo que me reclamaba
unas palabras de equilibrio.

Así de paralizada,
no supe ni una
más que suicidio,

porque no tengo pócima en
mi botella de vino
porque no puede hacerme más grande
cuando lo necesito.

Mientras tomaba té,
imaginé a un relojero
que me encontró en el camino;

dió en mis segundos
fértiles flores
y colores magníficos.

Hizo un poco de luz
para bailar
cuando ya se acabó el tiempo.

Y entre colores,
al llegar a la nueva noche
de mi próxima vida
encontré que el camino
había sido moldeado
así como ya no lo quiero.

¿En dónde meto la cabeza?
Pregunté para entonces.

¿De qué color me pinto
en este derroche de segundos?

¿Qué carta tiro
cuando entiendo del todo?

¿A dónde voy cuando me elevo?

¿Cómo camino para ser algo nuevo?

El espíritu ha dicho
que quiere salirse de mi cuerpo,
para morir un rato
y amanecer de nuevo.

Pero el mundo de las maravillas,
aún no lo encuentro;
tendré que construirlo
momento tras momento.

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LA TORRE

Por Jesús Leonel Puente Colin - 14 de Agosto, 2009, 13:16, Categoría: Paquete Cuento

Un cerillo brilló en la oscuridad y un cigarro cobró vida en los labios del vagabundo, quien buscó entre sus bolsas un pedazo de carne que ya empezaba a descomponerse y, con asco, la arrojó a un montón de basura que había en la orilla de la banqueta. Todavía quedaba un poco de tequila en la botella y, de un sorbo, se la terminó esperando luego que sucediera el milagro y la botella volviera a llenarse, pero ésta permaneció vacía. Desilusionado, la estrelló en el piso y siguió caminando por las calles. Sentía frío y hambre pero era mayor el cansancio y lo que más le importaba era hallar un sitio donde pasar la noche.

Dando vuelta en una esquina, encontró un puesto de revistas abandonado y se metió en él. El frío se calmó un poco ahí dentro y, acurrucándose como un bebé, se quedó dormido.

Cuando despertó, no tenía ganas de moverse ni de salir; durante horas permaneció acostado oyendo el ruido del mundo exterior y cerrando los oídos al gruñido de su estómago que le pedía un poco de alimento.

Por fin, cuando cesaron los ruidos exteriores y su estómago cansado de pedirle clemencia prefirió callarse, con una mano tanteó sus bolsillos hasta que encontró un pedazo de cigarro que guardaba; con gran esfuerzo se logró sentar y lo encendió. Quiso llorar, pero, no pudiendo hacerlo, empezó a reíse amargamente de su suerte. El cigarro se acabó, quemándole los dedos sin que apenas se diera cuenta y, sintiéndose inmensamente solo, encendió otro cerillo para tener al menos esa fugaz llama por compañía.

Algo le llamó la atención: un bulto blanco hecho con papeles. Acercó  el cerillo y retiró las hojas llenas de letras ilegibles. Eran unos zapatos... ¡unos zapatos nuevos! ¿Quién los habría dejado allí olvidados?... Se quitó los suyos y se los probó. Resultaron un poco grandes pero estaban cómodos. Se sintió muy contento y se levantó para salir a caminar con ellos.

Al salir del puesto de revistas abandonado se despidió de sus viejos zapatos, que tantas calles le habían acompañado y, sin importarle a donde ir, se dejó llevar por los nuevos.

Por el momento el hambre y el frío podían seguir esperando la oportunidad de ser escuchados.

Mientras caminaba, el vagabundo recordó entonces muchas cosas que había hecho y, al voltear cuando caminaba junto a un edificio, observó que, en su cabeza, ya media cabellera tenía la blanca huella del tiempo. Quiso detenerse, para mirarse con calma, pero no pudo, algo le impedía detenerse. "-¿Como es que no me había dado cuenta? - se preguntó  -¿Tanto me he abandonado?- ¡Cómo es posible!".

Siguió andando, pero, cuando llegó a un cruce de avenidas, no pudo detenerse para dejar pasar un trailer que venía a la velocidad de  un demonio furioso.

¡Por muy poco no quedó decorando el asfalto con su piel! Sentía que los pies le ardían y miró hacia abajo. Lo que vio, lo asustó como nunca en la vida: aquellos zapatos despedían llamas amarillas, que iban dejando un rastro de fuego por donde pasaban. Quiso quitárselos, pero no pudo; y cada vez que intentaba agacharse para zafárselos, los zapatos lo arrastraban más pronto a su capricho.

Después de la sorpresa inicial, llegó a tal grado de desesperación, que no pudo más que cerrar los ojos y rezar la única oración que se sabía, la que le había enseñado su abuela muchos años atrás. Atravesó calles y calles hasta que se acabó la ciudad y, cuando creía que ya nunca volvería a detenerse, los zapatos frenaron su carrera.                          

Al abrir los ojos se encontró frente a un bosque visitado por el otoño. Era tan hermoso que, en vez de pensar en quitarse aquellos malditos zapatos, se quedó perdido en la contemplación de aquella maravilla. "-¿En qué sueño he visto esto?- pensó, pero apenas lo hizo, los zapatos emprendieron su frenética marcha".

El vagabundo tuvo un ataque de tristeza al saber que, de aquel bello bosque, nada quedaría y él mismo sería el artifice de su destrucción, pero no cerró los ojos para al menos irse despidiendo de todo antes de que desapareciera.                 

Al final de la línea de árboles, a lo lejos, una torre blanca se erigía solitaria y, al llegar hasta ella, los zapatos se volvieron a detener. El vagabundo escuchaba a su espalda el crujir del incendio que su pasó había provocado. Sólo entonces pudo desembarazarse de aquellos zapatos endemoniados y los arrojó lejos.

El silencio que envolvía todo aquel paisaje era aplastante y, por eso, motivado por alguna extraña esperanza, prefirió empujar la puerta de la torre y entró en ella acompañado por un suave rechinar de bisagras.

En el interior, el piso fresco de mármol dio alivio a sus pies cansados y, en una fuente tallada en piedra negra con forma de mujer, bebió un agua clara y reconfortante.

La torre era una enorme fortaleza circular que iba decreciendo a lo alto. No había huella de alguien hubiese estado recientemente allí, aunque todo relucía como si fuese nuevo o no tuviera relación con el tiempo.

Había una escalinata blanca que ascendía y a intervalos regulares había pinturas muy bien detalladas. El vagabundo, movido por la curiosidad, subió por los escalones lentamente y contempló con detenimiento varios cuadros hasta que, al estar más o menos a la mitad de la torre (que cada vez era más estrecha) se dio cuenta que eran escenas de su vida, de esa vida suya, que desde hacía mucho tiempo sólo la vivía como sombra de hombre, como máquina sin espíritu.

El primer cuadro, al pie de la escalera, era de un bebé llorando en los brazos de su madre y, mientras ascendía, los años de su vida iban avanzando también en aquellas imágenes. El cuadro que ahora observaba, era el de un muchacho melancólico, sentado a la orilla de un río que en sus ojos tenía la fiebre del deseo: esa ansiedad que demanda una respuesta del ser amado, esa oscilación entre ser recibido o rechazado, esa condena a vivir en función de la respuesta... o silencio del otro.

Siguió subiendo y encontró otro cuadro que le llamó la atención más que los otros: un hombre, con el cabello empezando a encanecer, miraba como se alejaba un cortejo fúnebre. Un manto verde cubría el ataúd, tal como ordena la costumbre cuando se trata de una mujer virgen.

La torre era cada vez más estrecha y cada cuadro más complejo que los anteriores, pero el vagabundo quería llegar hasta arriba. Le parecía que estaba dentro de un sueño y que, si llegaba hasta el final, se despertaría, por eso fue que apresuró

Aceleró el paso y dejó de poner atención a los últimos cuadros para llegar hasta donde no hubiera más escalones que subir y, en efecto, allí, en lo más alto de la torre, comprendió que estaba soñando y que la realidad era que su cuerpo yacía congelado dentro de un olvidado puesto de revistas en el otoño del año 92.

Sintió de nuevo una intensa hambre, pero ya no física, sino de saber más de sí mismo y se dispuso a bajar la escalinata poniendo cuidado en grabarse cada detalle de las imágenes de su vida. Sintió sed, pero no se preocupó porque sabía que no tenía sentido apresurarse: debajo estaba aquella fuente negra tallada en piedra con forma de mujer... esperándolo. Y aquella torre sería durante mucho tiempo, y quizás por siempre, su única morada.

Marzo del 93. 

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