16 de Octubre, 2009

El Serafín

Por Jesús Leonel Puente Colin - 16 de Octubre, 2009, 16:59, Categoría: Paquete Cuento


En el cielo un Serafín lloraba. Entre sus manos sostenía una hoja a la que se le iban borrando, una a una, las palabras que tenía escritas. Cuando la hoja quedó en blanco, un viento gélido  se apoderó de ella y se la llevó.

En la tierra, un escritor rompía una hoja y la tiraba al cesto de basura. Luego, arrojaba su pluma sobre una mesa, encendía un cigarro, apagaba la luz y, en penumbras, se dirigía a su cama para recostarse sobre ella.

Mientras fumaba y estiraba su cuerpo, reflexionaba: "¿Acaso no es tiempo ya de dejar de seguir engañándome con la idea de que algún día seré un gran escritor?...-Nada de lo que escribo vale la pena."

Al terminar su cigarro, levantó las cobijas y se metió en ellas. La ventana estaba abierta y se colaba por ella un frío intenso, pero al escritor le dio flojera ir a cerrarla. ¡Que me muera de frío si de frío he de morir! ¡Pero yo no me levantó a cerrar esa maldita ventana!.-(pensó).

Pasados unos minutos, el frío se agudizó y el escritor tuvo que levantarse a la fuerza porque no podía conciliar el sueño.

Afuera, lloviznaba apenas, y la luna creciente brillaba en lo alto del cielo. El escritor se quedó un rato mirando la llovizna y la luna, se preguntó cuantas personas, en ese mismo instante, las estarían viendo también a través de una ventana abierta.

El viento frío arreció aún más y, entonces, cerró la ventana (aunque abrió por completo las cortinas) y se fue a recostar de nuevo.

Con la mirada fija en la ventana y con la muerte en blanco poco a poco se fue quedando dormido.

El Serafín bajó a la tierra y miró a través de la ventana del escritor. Después, cruzó las paredes de la casa hasta encontrar el sitio dónde estaba el cesto de basura y recogió los pedazos de papel. Con gran paciencia los fue reconstruyendo hasta completar la hoja.

Volvió a leer aquel poema que lo había hecho llorar y volvió a leerlo una y otra vez.

De pronto, sintió que alguien estaba detrás y se quedó quieto. Lentamente se dio vuelta y encontró al escritor apuntándole con un revolver.

            ¿Que haces aquí?. -preguntó malhumorado el escritor. -¿Quién eres? ¿Te escapaste (acaso) de una fiesta de disfraces o qué?.

El Serafín no respondió y salió volando atravesando el techo. Pero a medio camino entre el cielo y la tierra se dio cuenta de que había olvidado el poema y, sin detenerse a pensar, regreso montado en uno de los rayos de la tormenta en que se había convertido la suave llovizna nocturna que gemían las nubes.

Aterrizó, directamente, frente al escritorio dónde había estado leyendo el poema, pero no lo encontró, buscó en el cesto de basura creyendo que el escritor había vuelto a romperlo pero tampoco estaba ahí. Cruzó algunas paredes hasta llegar al dormitorio y halló dormido al escritor: Con una mano sostenía el revolver y, entre su cabeza y la almohada, estaba la hoja con el poema.

Las alas del Serafín se mecieron de alegría pero les ordenó que se detuvieran de inmediato para evitar despertar al escritor. Se acercó el Serafín y, con extrema cautela, agarró la hoja y la fue deslizando poco a poco hasta que quedó totalmente liberada. El escritor se despertó y levantó el arma, pero fue demasiado tarde porque el Serafín ya volaba a toda velocidad hacia el cielo.

En la tierra se oyó un disparo potente que dio en el techo. La bala desprendió algunos pedazos de cemento que cayeron sobre la cara del escritor y éste, muy enojado, dejó salir una maldición de su boca. -¡Carajo, déjenme dormir en paz!- Se limpió la cara, sacudió su almohada y se quedó dormido con el brazo derecho extendido y el revólver, aún humeante, apuntando hacia el techo.

En el cielo, el Serafín convocó a una legión de ángeles así les habló:

Quiero compartir una gran alegría. Escuchad con atención pues, apenas halla terminado de hablar, mis palabras serán olvidadas.

Los ángeles se miraron entre sí, sin comprender lo que acababan de escuchar. -¿Acaso puede entrar algo fugaz y transitorio en el Eterno Reino de los Cielos? (Parecían preguntarse con la mirada), hasta que el Serafín comenzó a leer y toda la atención en él se concentró.

Antes de concluir la lectura, no había ángel alguno qué no estuviera bañado en llanto. Pero, en efecto, al terminar de hablar el Serafín, todo lo que había dicho ya estaba alejándose sobre las alas del viento gélido del olvido. Ni el Serafín ni los ángeles recordaban una sola palabra pero estaban conmovidos.

Durante un buen rato, permanecieron en silencio, hasta que un pequeño arcángel niño, perdido entre la multitud, levantó el vuelo y fue a posarse cerca del Serafín. Haciendo una reverencia, en señal de respecto, así le habló:

            Señor, ¿Quién ha escrito tan extrañas pero tan hermosas palabras?

El Serafín miró al niño Arcángel con infinita ternura y luego le contestó:

            Hay misterios que no conviene saber, hijo mío.

El niño Arcángel quiso dar la vuelta y marcharse pero no pudo, algo en su interior la obligó a preguntar de nuevo:

            Señor ¿Quién ha sido? Las palabras no puedo recordarlas pero no puedo olvidar su existencia.

El Serafín cerró los ojos lentamente y luego, suavemente, los abrió, puso una de sus manos sobre el cabello de niño Arcángel y contestó:

            Tu cuerpo que envejece solitario y sin alma allá en la tierra.

Se oyó una exclamación general entre los presentes y el niño Arcángel quiso preguntar ¿Porque?, pero no tuvo valor. Miró al Serafín con miedo, pero en sus ojos vio resplandecer una luz que lo consoló y le hizo comprender muchas cosas más allá de su entendimiento. El Serafín metió una de sus manos dentro de su pecho y extrajo una llama que deposito entre las tiernas manos del niño Arcángel, y éste, voló hasta la altura de aquél rostro venerable y besó su frente. Después giró y se alejo. Todos los demás ángeles hicieron lo mismo.

En la tierra, el escritor despertó hasta el mediodía, aún tenía el brazo levantado con el revólver apuntando al techo. Una capa de hielo envolvía su brazo y no recordaba nada de la noche anterior, excepto que en la madrugada había sentido mucho sed y que se levantó para ir a la cocina por un vaso de agua.

Una loquera más de mi delirante imaginación.

Escrita jueves 30/Sep./1993     8:00 P.M.     

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