¿Por qué no tenemos ciencia propia en Latinoamérica? 7 de 9

Por Jesús Leonel Puente Colin - 8 de Marzo, 2010, 22:13, Categoría: La Armada Invencible

VII. Egos superlativos: científicos locos, científicos cuerdos; investigadores trasvesti, investigadores heroicos.

Los científicos son humanos, con todo lo positivo y negativo que esa condición implica. No son dioses ni santos, aunque alguien así llegara a creerlo o ellos mismos a promover un culto irracional a la Razón. No todos los científicos están bien de la cabeza. No todos los doctores son eruditos. No todos los maestros son venerables. Lo mismo para los de nivel licenciatura y a todos los estudiantes en curso. Muchos se merecerían la hoguera, pero no por herejes sino por negligentes, inconscientes o corruptos. También por vanidosos. Pocos pueden salir ilesos después de tocar el fuego del conocimiento.

Ahora bien, en las latitudes norte, los científicos también tienen problemas: no tanto de dinero, no tanto de oportunidades, no tanto de necesidades básicas. Sus problemas son de "segundo piso".

  • La edad. Los jóvenes son los que llenan los laboratorios, a los viejos se les dan cargos importantísimos y eméritos, pero de índole administrativa o académica: los erradican de la práctica en cuanto pueden hacerlo. A veces hasta el Nobel sirve para acallar o maniatar a quienes no nacieron en cuna reluciente. Con el millón de dólares se hacen de la vista gorda y se dedican a recorrer el mundo, sin generar más conocimiento mientras explotan su invento "estrella".

  • La discriminación racial, de género o de preferencia sexual, para otorgar o no los subsidios o capitales de inversión.

  • La obsesión por el reconocimiento personal. Y no por cualquiera, sino de sus pares dentro del cuerpo colegiado de la comunidad científica.

  • El prestigio mundial.

  • Los premios, tanto por el dinero como por fama.

  • La tentadora posibilidad de enriquecimiento súbito al aliarse a empresas poco escrupulosas pero con altas ventas.

  • Uno que otro, con remordimientos de conciencia. Igual da si de tipo moral, religioso o metafísico.

Carl Djerassi, multigalardonado por n cantidad de institutos y con once honoris causa, famoso en particular por haber sintetizado el primer anticonceptivo oral, conoce como pocos toda ésta problemática; en especial, la encarnizada lucha por el reconocimiento personal que, en ciertos casos, llega a ser enfermizo entre los integrantes de la comunidad científica. "Es en el acto de la creación donde los egos humanos encuentran su razón de ser, a eso difícilmente se renuncia"— (14) medita a través de uno de los personajes de una de sus tres novelas (este prócer del control natal, aparte tiene dotes literarios nada despreciables).

Si los legendarios alquimistas—Fulcanelli el último de monta en esa lista de hermetistas—pregonaban el silencio y el secreto, pareciera ser que ahora hubiese una epidemia de protagonismo radicalizado. Eso puede resultar muy peligroso y contraproducente dado que, descubrir primero, perfeccionar más rápido, publicar, patentar, y, comercializar lo antes posible, se vuelve una contienda sin tregua. Aún quienes no persiguen la fortuna, compiten para obtener la fama. Obvio que muchos anhelan ambas.

Publicar o perecer. Patentar o ser borrado de los almanaques mundiales. Difundir globalmente el nombre propio para no ser marginado del reconocimiento de alguna institución de alto calibre o del mismísimo Nobel. Aplicar la línea tecnológica aunque su confiabilidad sea limítrofe entre lo saludable y lo dañino, entre lo rigurosamente significativo y los pasajeros fuegos artificiales. Los más de los casos: dinero, dinero, dinero, dinero, dinero... ¿Y la raza humana? ¿Y el planeta?

A través de los siglos, siempre hubo quien, honesta o prejuiciosamente, interpuso objeciones a la aplicación indiscriminada de la ciencia, pero los potenciales hecatombes planetarias que surgieron en el siglo XX rebasaron todo cálculo. Einstein escribió una carta donde renunciaba a ser parte de la raza humana después de ver el poder destructivo desatado por la energía nuclear. Linus Pauling, en 1967 escribió un mensaje a la comunidad científica acerca de la responsabilidad inherente y la conciencia social que todos debían asumir: "NOSOTROS LOS CIENTÍFICOS, nos damos cuenta cada vez más que nuestra responsabilidad en los asuntos del mundo es abrumadora. La época es agitada y no podemos permanecer en nuestro laboratorios, dedicados a nuestras investigaciones, sin atender a la agitación ruidosa en la calle" (15). Entre otras cosas hablaba sobre el enorme monto destinado al armamento, que en aquel 1967, estimaba que ascendía a la mitad de los ingresos de la población subdesarrollada del mundo (no tengo a la mano el dato de la proporción actual, pero, opinando a priori, es muy probable que haya aumentado). También advertía sobre varias substancias nocivas, siendo el C 14 uno de los más insidiosos, pues liberado en el ambiente tarda siglos en degradarse (por eso sirve mucho a los paleontólogos, geólogos, historiadores forenses, y etcétera, para calcular edades y antigüedades). Muy recomendable leer dicho documento de 4 cuartillas, pues la jerga ecologista contemporánea no es muy distinta y, hasta donde sé, Pauling no se proclamó Padre del Ambientalismo o algo así. Algunos científicos del primer mundo no son tan inmorales. Un ínfimo grupo; garbanzos de a libra.

¿Y acá, en la América de abajo, tan abrumadoramente católica, cómo andamos?

Tenemos a Ernesto Sábato, en Argentina, nonagenario, casi ciego, y fuera de su país más recordado por sus novelas que por su trayectoria en Física; valeroso, tomó partido por su pueblo en los 70´ s (cosa que no tiene porque reprochársele a Jorge Luis Borges por no haber bajado de su castillo de cristal literario, aunque ya no me extasían sus cuentos como cuando era adolescente).

También está el médico (y si no me equivoco también biólogo) Marcelino Cereijido, que, aunque argentino, radica en México y continúa dignamente trabajando. Precisamente por su libro, ¿Por qué no tenemos ciencia?, me regresaron las ganas de querer saber las causas de tal rezago aunque mi área es de humanidades.

El biólogo, Fedro Carlos Guillén, máxima autoridad nacional en lo que respecta al cambio de conchas de los cangrejos ermitaños, quien a su pesar tuvo que dejar la investigación. Desde 1992 tira una buena línea en su columna semanal en la sección cultural de El Financiero (que rarísima vez compro). Me conformo con releer uno de sus libros, serio y riguroso cuando es necesario, pero muy divertido a pesar del título tan solemne (16): "Las políticas científicas actuales han convertido a nuestros investigadores en un gremio desarrapado. Por un lado se advierte un creciente perfil empresarial que orienta a los que hacen ciencia por los caminos del mercado. Cada vez hay más empresas reclutadoras de investigadores de excelencia, y es creciente el desagüe intelectual de los que piensan, en busca de mejores salarios, que la academia simplemente no les puede dar mientras que en países como México las políticas científicas tengan la misma prioridad que la enseñanza del latín". Entre líneas, y entre venenosas y brillantes ironías, su pluma destila coraje y amargura.

Personalmente conozco a varios investigadores que no son tan famosos y los veo abrumados de trabajo, sin tiempo para muchas cosas y ganando menos que un taquero. Otros dando clases básicas, que es como poner un Ferrari dentro de un parque de diversiones para que admiren su explendida carrocería mientras su motor le pide carreteras largas y despejadas. Otros ya "se cotizan", como se dice tanto en el caló de las cantinas de mala muerte como en mercadotecnia; para  encontrar a dichos bichos, es necesario contratar a un investigador privado o corromper a su secretaria para que te "agende" entre sus entrevistas con el Presidente de la República y El Papa. Y uno nada más pretende compartir un café y un par cigarros mientras platica sobre la infinita nada...

En un trabajo próximo, tengo el propósito de armar una serie de entrevistas con científicos o investigadores en ejercicio. Me parece que sería muy interesante. Podrían cortarme algunos de ellos la lengua o hasta la cabeza por meterme en un habitat que no me es propio, pero, ¡que caray!, cuando se les da la gana a los de Ciencias, opinan sin más sobre temas de Humanidades creyendo que es "cosa pa´niños" (como si los niños fuesen idiotas). Algunos creen que en psicología todo se limita a Freud o a Pavlov. Otros, que recitando "Ser o no ser, he ahí el dilema", ya definieron a Shakespeare. Y los peores, que son aquellos que consideran que los filósofos, en vez de filosofar, mejor deberían estar analizando con C 14 el papiro inexistente donde Sócrates nunca escribió "sólo sé que no sé nada".    

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