Aún no es medianoche

Por Adriana Echánove - 27 de Marzo, 2010, 15:32, Categoría: Paquete Cuento

Ésta es una historia que se ha contado mil veces: una princesa que pierde su zapatilla, el príncipe que busca con desesperación a la dueña, una zapatilla que encaja sólo en el pie correcto, y todo reunido en el final feliz de un cuento de hadas. Con el tiempo han surgido variantes, ésta es sólo una de ellas.

Una princesa con las uñas pintadas de rojo está sentada bajo un farol; su vestido es rosa, desgarrado y sucio; usa una sola zapatilla en el pie izquierdo, hunde su cara entre las piernas recogidas que sus brazos rodean. Quizá llore, pues tiembla, mas no se percibe el sonido del llanto, tal vez sólo sea frío.

Las personas pasan sin notarla, también transcurre el tiempo y, aún con la cara escondida, baja una mano; con ella parece limpiarse el maquillaje corrido. Más movimiento y ella al fin descubre su rostro. Con un estilo lento, cotidiano, lleva el cigarro a sus labios partidos. Lo enciende. Mira arriba, al silencio, mientras aspira los primeros hálitos de aire tóxico, y la punta del tubo que se lo otorga brilla en un naranja de fuego. Su peinado cedió hace horas y no usa tiara.

Aún mirando las estrellas, su boca pierde una vez más el humo y ahora exhala, Cuántas zapatillas me quedan, dime cuántas malditas ampollas tienen que soportar mis pies antes que ellos decidan que, al final, la estúpida zapatilla no era más que un simple zapato. Baja la cabeza, remueve el calzado incompleto y se levanta poco a poco. Camina dejando pequeños puntos rojos en la acera, y en su cara se ilumina un esbozo de sonrisa dolorida. Tararea una canción melancólica. Arranca una flor del macetero de la esquina y arroja la colilla hacia la calle. Los coches zumban; aún no es medianoche. Deja el zapato donde la flor vivía hace unos instantes, camina hasta el siguiente farol y espera. Un hombre que se ha acercado le dedica unas palabras, ella sonríe, le ofrece la flor y ambos caminan hasta un coche blanco.

Él sale de un edificio, sube al carro y, mientras arranca, deja caer la rosa por la ventana. Arriba, en el cuarto piso, una figura apoya su mano contra el cristal y usa ropa que parece haber sido rosa, Cuántos finales felices se necesitan para encontrar mi zapatilla, pregunta la princesa sin tiara que ahora abre una botella de whiskey y bebe sin respirar; unas gotas escurren por su barbilla hasta perderse en los harapos que le cubren el cuerpo, al fin separa aquel cuello de sus labios partidos, No hay tal zapatilla, yo debería arrancarme la idea de que alguna vez la hubo. La garganta de vidrio regresa a sus labios. En la mesa de noche hay un jarrón con rosas rojas que ansían terminar de morir. La princesa llora. Esta vez se escucha su dolor.

El vestido rosa tiene una flor en la mano y esperan bajo un farol, recargados en la pared. Un hombre se acerca y, sonriendo, la mujer le entrega la rosa. Ambos caminan hasta un coche blanco.

Él sale del edificio con anuncios de luces neón mientras una figura apoya su mano contra el cristal. Cuántos zapatos sin zapatillas ha usado esta princesa, Cuántos zapatos más antes de la medianoche, pregunta una flor entre el maquillaje escurrido.

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