Diciembre del 2014

A.A. Alcohólicos Anónimos

 Flores Azules

¿Cuáles fueron los nombres de los cofundadores de Alcohólicos Anónimos?

A. Chin Chin el Teporocho y Pito Pérez.

B. Malcolm Lowry y Ernest Heminway.

C. Él doctor Robert y Bill W.

D. El doctor Bob y Bill W.

Quién responda primero y correctamente ganará.

1. Nostalgia de Troya de Luisa Josefina Hernández (Premio de Novela Magda Donato 1971).

2. ¿Cómo ves? Año 17. #193 Diciembre 2014. Revista de divulgación de la ciencia de la UNAM. Universidad Nacional Autónoma de México. 

3. Ixmati Mati (Conocer y Saber) Año 2. #10 Noviembre-Diciembre 2014. Revista de Psicología, Desarrollo Humano y Ciencias Sociales. COINCIDE, S.C.

Mucha y muy buena suerte a todos para el 2015.

Hasta luego, estimados camaradas.

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Imagen tomada de http://www.aa.org.mx/

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Ciencia e impaciencia

Por Martin Bonfil Olivera , - 25 de Diciembre, 2014, 14:17, Categoría: Ojo de mosca

Al ser humano le desagrada instintivamente la incertidumbre. Ante la disyuntiva de decidir si un fruto es alimenticio o venenoso, si un animal es una posible presa o un depredador, si un congénere puede ser aliado o enemigo, lo que necesitamos son respuestas concretas: sí o no. Un "¿quién sabe?" o un "depende" no nos sirven.

La ciencia, ese refinamiento del sentido común que busca obtener respuestas lo más certeras y confiables posible a las preguntas que nos hacemos sobre el mundo natural, usa el pensamiento crítico para potenciar nuestra habilidad natural de resolver problemas.

Por desgracia, con frecuencia las respuestas que nos da contradicen ese sentido común del que parte: la naturaleza, según nos lo revela la visión científica moderna, puede ser mucho más abstracta, compleja y difícil de entender de lo que quisiéramos.

Pero lo peor es que muchas veces la respuesta que nos da la ciencia es una no-respuesta: es frecuente que lo más que se pueda contestar a una pregunta científica sea "depende", o "no lo sabemos" (casi siempre precedido por un optimista "todavía", porque confiamos que tarde o temprano podremos resolver todas las preguntas científicas que hoy permanecen sin respuesta).

Y es que hay problemas tan complejos, sistemas tan elaborados, con tantos componentes y que pueden ser afectados por tantas variables simultáneamente —variables que además pueden interactuar entre ellas para complicar más las cosas—, que cualquier pregunta que se plantee respecto a su comportamiento tendría que especificar todas las circunstancias particulares. Por eso predecir el clima de manera detallada es algo que sólo se puede hacer en una extensión muy reducida tanto de espacio como de tiempo. Y lo mismo sucede con el comportamiento humano, el de las sociedades, el de la economía o hasta el de una simple computadora personal (casi nunca se puede predecir cuando se atascará, o explicar con detalle por qué hubo que reiniciarla).

Desgraciadamente en nuestras sociedades, que no incluyen todavía a la cultura científica como parte de su cultura general, pocos ciudadanos entienden cómo trabaja la ciencia. Y por ello, tendemos a pedirle que nos dé siempre respuestas tajantes, definitivas. Y peor: cuando no logra darlas, cuando responde con un "necesitamos seguir trabajando para poder resolver el problema", o con un desesperante "depende", llegamos a descalificarla como "inútil" y a cuestionar su utilidad, si ni siquiera puede contestar con claridad lo que se le pregunta.

Es cierto: la incertidumbre puede ser muy frustrante y hasta dolorosa. Pero recordemos que la ciencia no promete contestar todas las preguntas, sino hacer el mejor esfuerzo por encontrar las respuestas más honestas.

#189. Agosto de 2014.

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Agradecemos al autor su autorización para divulgar este interesantísimo articulo.

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Ciencias exactas... y otras no tanto.

Por Martin Bonfil Olivera - 25 de Diciembre, 2014, 14:10, Categoría: Ojo de mosca

Clasificar a las ciencias, las distintas maneras de investigar el mundo que nos rodea, siempre ha sido complicado. Tradicionalmente se las ha clasificado en "exactas" y "humanas" (o "naturales" y "sociales", o "duras" y "blandas"). Física, química, biología, matemáticas, astronomía, ciencias de la Tierra y varias más caen en la primera categoría; historia, antropología, sociología, economía y similares, en la segunda.

Desde ahí asoma el prejuicio: hay ciencias de primera y de segunda: si unas son "exactas", las otras deben ser "inexactas". Pareciera que algunas son mejores, más confiables, más eficaces… más valiosas.

Quizá la distinción parte del tipo de objeto de estudio que tienen. Las ciencias "físicas" estudian el mundo material (planetas, estrellas, átomos, moléculas, células, organismos); las "humanas", un subconjunto particular de éste: los seres humanos.

Esto presenta dos problemas. La ciencia busca la mayor objetividad posible. ¿Qué hay menos objetivo, más subjetivo, que personas estudiándose a sí mismas?

Por otro lado, las personas —individuos con una vida psicológica que forman parte de un sistema social— somos considerablemente más complejos que los sistemas que estudian las ciencias "naturales".

Durante mucho tiempo se tomó a la física como la ciencia por excelencia. Es asombroso el grado de abstracción que logra al usar las matemáticas para describir y predecir, con enorme exactitud, el Universo. La física, y la tecnología derivada de ella, funciona, y funciona muy bien.

Pero ello se debe también a que estudia sistemas relativamente simples, y a que al modelarlos con ecuaciones los simplifica aún más. En cuanto se pasa a sistemas más complejos, como los químicos y sobre todo los biológicos, la posibilidad de construir modelos matemáticos precisos disminuye inmediatamente. Y aún así, los hay, que describen reacciones químicas y fenómenos biológicos como la evolución, las funciones celulares o las interacciones ecológicas.

Al llegar a las ciencias médicas, la complejidad del cuerpo humano y su diversidad individual hacen imposible hablar de ciencia exacta: se puede predecir con cierto grado de confianza, estadísticamente, pero nunca de manera precisa y tajante. De ahí en adelante, los fenómenos como el comportamiento individual, de un grupo social, de un país o de la economía mundial son virtualmente impredecibles, más allá de notar ciertas tendencias y factores que permiten influir en ellas, aunque no de manera determinante.

En efecto, hay ciencias más y menos exactas. Quizá el problema sea creer que sólo las primeras son dignas de ese nombre. En el fondo, lo más valioso que las ciencias nos ofrecen no es la precisión matemática, sino la comprensión más profunda de las cosas. Y en eso no se distinguen tanto de las humanidades y las artes.

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#188. Julio de 2014.

Agradecemos al autor su autorización para divulgar su artículo en este espacio.

 

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Las razones del divulgador

Por Martin Bonfil Olivera - 25 de Diciembre, 2014, 14:04, Categoría: Ojo de mosca

¿Por qué compartir la ciencia? ¿Por qué dedicar dinero y esfuerzo a ponerla al alcance del público no científico, como hacemos en la revista ¿Cómo ves?, en museos como Universum, en programas de radio y televisión, y de tantas otras maneras?

Los divulgadores y periodistas científicos, y en general todos quienes nos dedicamos a la comunicación pública de la ciencia, tenemos múltiples motivos para dedicarnos a lo que nos dedicamos.

Es ya repetitivo decir que la ciencia es importante: de hecho, es una de las principales fuerzas que moldean el destino de las sociedades hoy en día. El conocimiento científico y sus aplicaciones tecnológicas determinan no sólo el nivel de bienestar de las personas, la economía y el poderío de los países, sino que son literalmente cuestión de supervivencia a escala planetaria.

En otras palabras, divulgamos la ciencia porque es importante y útil para la sociedad en su conjunto, e individualmente para cada uno de los ciudadanos que la conforman.

Pero hay más razones que justifican el esfuerzo de traducir y contextualizar la ciencia para hacerla accesible a todos. Por ejemplo, que la inmensa mayoría de la investigación científica en el mundo (y casi toda la de nuestro país) se hace con dinero público, que en última instancia proviene de los impuestos de los ciudadanos. Por ello mismo, esos ciudadanos tienen un derecho indiscutible a conocer en qué se gasta ese dinero, y a beneficiarse del conocimiento que con él se produce.

Y eso no es todo. Hay también razones de tipo humanístico y estético que sustentan la labor de divulgación científica. Porque la ciencia es, sin duda, una de las más soberbias creaciones humanas; uno de los productos más complejos, elaborados y perfectos de la razón y la creatividad humanas. Si consideramos que el arte y las tradiciones, por su valor estético propio, constituyen un patrimonio humano que debe ser puesto a disposición de todos los ciudadanos, sería contradictorio no reconocer también el derecho de toda persona a acceder a la cultura científica.

Pero las tres razones anteriores para compartir la ciencia (su utilidad, su financiamiento y su belleza) son de tipo social. Existen también razones personales detrás de la vocación y el entusiasmo de los divulgadores científicos en todo el mundo: a la mayoría de nosotros, al igual que a los investigadores científicos, la ciencia nos fascina, nos asombra y nos permite disfrutar de una experiencia estética, muy parecida a la que produce el arte, pero que pasa primero por la razón.

Y estamos convencidos de que toda persona debería tener la oportunidad de disfrutar este placer intelectual: el placer de la ciencia.

*

#187. Junio. 2014.

Agradecemos el permiso del autor para divulgar su columna.

 

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