Doctor Yonquinstein
Bitácora de terapias psicológicas bizarras.

Impotencia selectiva

Por Leonel Puente - 31 de Octubre, 2010, 22:41, Categoría: Doctor Yonquinstein

¿Dónde está la mujer a quien uno pueda realmente amar, la mujer soñada?

La función del orgasmo.

Wilhelm Reich.

El doctor Yonquinstein estaba frente al espejo del baño ajustándose un poco la corbata, en la radio sonaba una de sus obras preferidas: El Aprendiz de Brujo de Paul Dukas. Una vez terminados los ajustes de su atuendo, miró sus dos relojes: el de la mano izquierda indicaba que faltaban quince minutos para las dos de la tarde, el de la derecha marcaba, como siempre e invariablemente, las seis en punto. Aquella extravagancia de usar dos relojes—uno que medía incluso las fracciones de segundo y otro cuyas manecillas no avanzaban—tenía su razón de ser: algún filósofo dijo que "Dios juega con los hombres poniéndolos en algún punto entre el instante y la eternidad".

Momentos después, mientras se esfumaban las últimas notas de aquella pieza maestra, al doctor se le ocurrió cambiar de estación y de frecuencia para escuchar algún otro tipo de música antes de continuar con sus labores del día. De Opus 94.5 f.m., se pasó a Radio Ciudadana, 660 a.m. Terminaba una canción de Silvio Rodríguez titulada "Te invito a caminar conmigo", ¿cuántos años llevaba sin oírla?... Aunque en alguna época de su juventud fue simpatizante del cubano e, incluso, tenía la mayoría de  sus discos, de pronto un día, sin saber cómo ni por qué, dejó de tocarlos y se quedaron guardados en el armario. Las canciones más comerciales de éste cantautor se podían escuchar de vez en cuando por ahí, pero ésta y muchas otras no pasaron a formar parte del estrecho capricho popular y rara vez las programan para salir al aire. Después de ésta melodía, tocaron un viejo son huasteco—El Apasionado—que tenía mucho más tiempo de no escuchar; una de sus estrofas le llamó la atención y lo hizo sonreir: "También hay mujeres bellas y algunas son formales, algunas son formales, difícil es dar con ellas".

- Estamos por concluir la hora de las complacencias y mandamos un saludo a todos nuestros radioescuchas de la delegación Xochimilco, especialmente a la Reina de las Nubes, que no quiso darnos su nombre, pero que fue quien pidió la canción de Silvio. Complacida esa petición, escuchamos El Apasionado, para El Cazador de Dragones, allá en la delegación Álvaro Obregón, que tampoco quiso decir su nombre al aire. Ya para terminar y cerrar con broche de oro, Aldea Global de Álvaro Avitia dedicada a todos los integrantes del Proyecto Cultural Chobojos, en especial para los de El Círculo Azul y todos sus secuaces. Se despide Miguel Ángel Chávez deseándoles un excelente...

El doctor Yonquinstein apagó la radio y se dirigió a al sillón para adoptar aquella su famosa apariencia enigmática, tan efectiva, especialmente cuando llegaba un paciente nuevo.

- Buenas tardes. Pase usted, siéntese y siéntase cómodo, señor Cuauhtémoc.

- Buenas tardes, doc.

- Dígame usted, ¿en que le puedo ayudar?

- Pues verá... soy imponente... (Esa fue la extraña respuesta).

- ¿A qué se refiere usted con imponente? ¿Impone su voluntad a los demás?

- ¿Dije imponente?... (El doctor movió la cabeza afirmativamente).

- Me equivoqué, perdón, quise decir "impotente"... Algo muy distinto...

- ¿Y desde cuando comenzó a notar eso?

- Hace un par de años... Pero no pasa siempre, sólo a veces... Hay mujeres con las que lo puedo hacer muy bien, con otras me cuesta trabajo o de plano no...

El nuevo cliente agachó la cabeza, hundió la cara entre sus manos y tuvo ganas de salir corriendo de ahí, lleno de vergüenza; también estuvo a punto de romper a llorar, pero su sólida formación militar se lo prohibía tajantemente.

- Tranquilícese, probablemente su situación no es tan grave ni irremediable como usted cree; de hecho, su sola presencia indica que puede haber una buena solución y que usted ya está en camino de encontrarla. Por lo que me dice, no es usted totalmente impotente...

- ¡Pero es que yo antes podía con cualquiera, donde fuera y a la hora que fuera! ¡Hasta me daba el lujo de escoger, de elegir! No que ahora...

- Quizá es que, precisamente, ahora escoge, ahora elige más...

- No diga tonterías o me largo...

- Váyase si gusta, aquí nadie lo retendrá en contra de su voluntad.

El señor Cuauhtémoc sintió un odio repentino hacia el doctor y estuvo a punto de irse efectivamente, pero miró su rostro sereno y se mantuvo sentado en el sillón. Permaneció unos momentos callado mientras miraba alrededor del consultorio, luego dijo:

- ¡No sabe usted lo mal que me siento! ¡Apenas tengo 39 años! Si tuviera 50 o más, quizá lo toleraría con cierta calma; pero a esta edad la filosofía no me basta, no me sirve... Supongo que también me afecta el tequila, la presión de las responsabilidades desde que me ascendieron a coronel y que últimamente fumo como chimenea, pero hay algo más, no sé qué es pero presiento que hay algo más grave que eso...

- La filosofía es útil a toda edad, pero también es un arma con varios filos que puede servir para construirse, reconstruirse o destruirse. Veamos... ¿Tiene usted erecciones regularmente cuándo amanece, cuándo despierta?

- ¿Usted también me pregunta eso?

- ¿Quién más se lo ha preguntado?

- Un médico general, un urólogo, una homeópata, un acupunturista, una amiga psicóloga, una trabajadora social, incluso un brujo de Catemaco... vaya, ¡hasta mi abuelita!

- ¿Y cuál ha sido su respuesta?

- Afirmativa, es decir: sí, sí se me "para" por las mañanas. Pero ni modo que a esas horas voy a salir a la calle para gritar a los cuatro vientos: "¡Eureka! ¡Eureka! ¡Vengan todos, miren mi formidable erección! ¿Verdad que no?"

El doctor Yonquinstein, de naturaleza afable y risueña, casi estalla en carcajadas; pero gracias a su experiencia y disciplina terapéutica se contuvo: habrían sido fatales para aquella primera entrevista tanto una sonora expresión de hilaridad como una total inexpresividad. Sólo sonrió amablemente y preguntó.

- ¿Cómo es su madre?

- Era una santa, una excelente mujer... ¿Qué tiene ella que ver?

Ese era indicaba que estaba muerta. El cerebro del doctor lo registró de inmediato. Había que andarse con pinzas.

- ¿Cómo era físicamente? ¿Me la podría describir?

- Alta, guera, delgada, ojos claros y grandes. No era miss universo, pero era guapa.

- ¿Alguna de sus parejas se parece a ella físicamente?

- No sé hasta donde quiere llegar con esa pregunta... Pero ahora que lo menciona, sí, la mayoría eran gueras o de piel blanca. Prefiero a las gueras, me gustan más las gueras y qué, ¿es eso algún problema grave o me va a tachar de racista o algo por el estilo?

- Sólo es una pregunta...

- ¡A otro perro con ese hueso! ¡Usted quiere jalar hilo para sacar hebra!

- De alguna burda manera, tiene usted razón, ¿pero a qué viene usted a terapia sino a hablar y descubrir las causas y razones de su conducta y sus sentimientos?

 - Pues sí, pero... bueno, además, los tiempos han cambiado mucho, en la última década las mujeres se han vuelto sumamente independientes... y no es que quiera a una monja recatada, sentadita y calladita, pero están muy aceleradas... ¡hay algunas que hasta se ofenden si pagas la cuenta!

- ¿Y por qué cree que tiene que pagar usted la cuenta necesariamente?

- Así debe ser, ¿o qué no?

- No necesariamente.

- ¡Que forma de hablar! ¡Si o no doctor!

- No está escrito en ninguna parte que por fuerza tenga que pagar la cuenta cuando tiene una cita, pero ya hablaremos de ello en la siguiente sesión. Espero que, mientras tanto, pueda usted tranquilizarse. Señor Cuauhtémoc, haremos todo lo posible para encontrar la manera de mejorar su situación.

- ¿Y mientras que hago? ¿No me podría recetar unos viagras o algo así?

- Lea un buen libro, vea una buena película, salga a caminar, utilice su tiempo libre en algo que le guste. Tranquilícese, la vida es hermosa, esfuércese por disfrutarla.

- ¡¿Y los viagras?!

- Los psicólogos no podemos recetar medicamentos, eso lo hacen los médicos. Si su problema fuese estrictamente físico, sería más conveniente que regresara con el urólogo o con un psiquiatra. Nuestros métodos son distintos y su caso implica muchos factores que no se reducen a procesos biológicos o daños orgánicos. Además, en los tiempos que corren, para conseguir los viagras o cosas por el estilo, muchas farmacias se pasan las leyes por el Arco del Triunfo y las expenden como si fueran aspirinas o caramelos. Si lo que busca es una solución pasajera o inmediata, no soy yo ni ninguno de mis colegas con cierta ética a quien usted anda buscando.

- No sé qué decirle... pensé que me daría una solución...

- Nadie le puede dar una solución a quién no quiere encontrarla. De nada sirve remar fuerte si la dirección no es la correcta*.Si usa algo que no necesita o va con alguien que no puede orientarlo positivamente, incluido yo, puede agravar las cosas. En todo caso y en todo momento, usted tiene la decisión de cómo regir su vida dentro de los márgenes del respeto a sí mismo y a los demás. No abusar del alcohol y del tabaco podría ser muy importante en su recuperación, por ejemplo.

El nuevo paciente se le quedó mirando unos minutos y no se despidió. Al salir pagó a la secretaria la cuenta y rechazó fijar una nueva cita; hasta cierto punto pensó que había sido timado y no tenía, ese día, intenciones de volver.

Pero una nueva complicación lo haría regresar, aunque meses más tarde...

* Frase de Kenichi Ohmae

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El Espejo Cruel

Por Leonel Puente Colin - 8 de Enero, 2009, 15:29, Categoría: Doctor Yonquinstein

Aquel Domingo, el Doctor Yonquinstein descansaba plácidamente en su sillón preferido mientras fumaba de su pipa un aromático tabaco de maple; de pronto, su esposa le urgió a contestar el teléfono porque uno de sus pacientes lo reclamaba con urgencia en la línea.

- ¡Me voy a matar doctor! ¡Ésta vez va en serio: me voy a matar!

- Cálmese... Relájese... Respire hondo...

- ¡Usted no entiende, la decisión ya está tomada, nada más hablo para despedirme!

- Cálmese. Relájese. Respire hondo. Señor W, no haga nada de lo que después pueda arrepentirse. ¿Qué le parece si nos vemos dentro de una hora en mi consultorio para platicar?

- ¡No tiene caso! ¿Para qué? Nada de lo que usted me diga ma va a hacer cambiar de opinión.

- Es probable, pero dígame: ¿cuál es la prisa? Lo mismo dá que se mate hoy o mañana. Déjeme platicar con usted una vez más...

- ...está bien, doctor. Ha sido bueno conmigo, me ha escuchado con paciencia infinidad de veces. Creo que es razonable lo que me pide.

- Muy bien. Nos vemos dentro de una hora en mi consultorio.

El Doctor Yonquinstein continuó fumando su pipa durante algunos minutos y luego se levantó lentamente de su sillón. No se sentía incómodo de que le llamaran a su casa en casos de urgencia, pero el señor W no conocía la diferencia entre una situación normal y una urgente. Para él, cualquier cosa que le sucediera necesitaba atención inmediata y por eso ya tenía hartos a todos sus familiares y amigos. El paciente doctor era la única persona que aún lo escuchaba; sin embargo, las cosas tenían que cambiar.

Después de avisarle a su esposa que saldría un par de horas, el doctor  subió a su vieja bicicleta para llegar hasta su consultorio. Una vez ahí, pensó en la  mejor manera de manejar la situación. Una sonrisa iluminó su rostro después de algunos minutos de disertación, abrió un armario en donde tenía guardadas varias herramientas y algunos utensilios, escogió algunos, y los metió en uno de los cajones de su escritorio.

El señor W. llegó puntual; traía puesto un traje elegante, pero la corbata no combinaba con su atuendo. Su tez era más pálida de lo habitual y su mirada más alucinada, sin embargo, el doctor Yonquinstein iba a darle una buena lección.

Primero lo escuchó atentamente, luego le pidió que se callara durante unos instantes. Entonces corrió con parsimonia las hojas de la  ventana que daba hacía el balcón y le dijo al señor W.:

- Levántese por favor y vaya hasta donde está mi escritorio. Cuando llegue hasta ahí, abra el cajón que está abajo y a la derecha. 

El señor W. siguió las indicaciones y entonces gritó alarmado:

- ¿Qué es esto doctor?

- Muy simple... Ahí tiene usted un revólver cargado, un cuchillo bien afilado, una soga gruesa, un frasco grande con veneno potente... Le recuerdo también que estamos en el piso 38, a una considerable altura del suelo, si usted gusta se puede arrojar por la ventana y difícilmente sobrevivirá al golpe. Me paso a retirar, lo dejo aquí para que elija, con toda confianza, el mejor método para terminar con su existencia. ¿O no es eso lo que ansía con todo su corazón?

- ¿Está hablando en serio?

- Claro que sí, señor W. Nada más puedo hacer por usted que facilitarle las cosas. He tratado de convencerlo, por todos los medios posibles, de que la vida vale la pena y, no obstante, lo he oído cientos de veces decir que la vida no vale nada y cada semana amenaza usted con suicidarse. Hágalo pues, está en su derecho. Adiós.

El doctor bajó por las escaleras en lugar de usar el elevador a pesar de que la distancia era grande. Sabía perfectamente que el señor W. era un manipulador experto y no se suicidaría. En todo caso, pensó para sus adentros, "Ya somos demasiados individuos en esta ciudad. Uno más, uno menos, ¿qué más da?... Que viva quien quiera vivir. Que muera quien quiera morir".

¿Muy cruel? Los espejos son así: crueles. Sinceros y crueles.






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Doctor Yonquinstein

Por Leonel Puente Colin - 29 de Octubre, 2008, 11:15, Categoría: Doctor Yonquinstein

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El Falso Ecologista

Por Leonel Puente Colin - 20 de Agosto, 2008, 20:20, Categoría: Doctor Yonquinstein

El Doctor Yonquinstein había terminado con su ejercicio de vacío mental y estaba preparado para recibir al primer paciente del día, pero este no llegaba. Mientras esperaba, se dio a la tarea de revisar el expediente correspondiente y lo que encontró fue una copia de la copia de lo mismo. Aquel individuo parecía representar la misma escena una y otra vez sin apenas variar un poco las palabras, la actitud y los gestos; lo único que cambiaba era el color de la camisa que llevaba puesta en cada sesión, pero nada más. Las intervenciones del doctor eran casi inútiles y era ya tiempo de provocar algún cambio o de remitir al paciente con otro especialista que pudiese lograr una mejor empatía. Eso era lo éticamente correcto, pues, de no ser así, el hecho de retener o conservar a un paciente al que no se puede ayudar ni curar, se convierte una falta de dignidad profesional. Seguir cobrando por un servicio intrascendente es un vicio que no estaba dispuesto a adquirir.
De pronto, sono el timbre del interfóno.
- Doctor. Ha llegado el señor X. ¿Lo dejo pasar?
- No debería, porque lleva 20 minutos de retraso, pero haré una excepción aunque el límite de espera son 15 minutos.
La puerta se abrió intempestivamente y el señor X, sin saludar ni cerrar la puerta, se fue a sentar en el diván de cuero negro del consultorio. El doctor Yonquinstein, se levantó de su sillón, cerró la puerta y regresó a su sitio. El señor X comenzó con su eterna cantinela:
- ¡El mundo es un asco, es horrible! ¡La gente tira basura por todas partes, contamina los ríos, los mares y extermina a los animales! ¡Ya estoy harto, harto, harto!
Después de estas palabras desesperadas con las que iniciaba cada una de sus sesiones, el señor X continúo hablando de los daños a la atmósfera, de la capa de ozono, del deshielo de los polos, de la comida transgénica, de los alimentos grasosos y de las bebida
s azucaradas. De tanto en tanto, se acariciaba las muñecas y estiraba los brazos hacia arriba.
- Es verdad lo que usted dice, también es verdad que si la sociedad se organizara y tuviera una mínima educación cívica, se podría frenar en cierta medida el avance de los daños, sin embargo, los responsables principales de los daños a la naturaleza, son los grandes industriales: ellos son los que arrojan volúmenes enormes de basura y son quienes controlan los mercados decidiendo qué se produce y cómo, sin importar los daños que eso cause al ambiente...
- Ya sé por donde va doctor... Usted pronuncia las palabras "grandes industriales" con sumo desprecio. Debo recordarle que mi padre es uno de ellos y que es un gran hombre: da limosnas a los pobres, dona libros a las escuelas, tiene tres beneficencias y es muy culto. Además genera empleos y es un buen cristiano. Nada se le puede reprochar.
- Si mal no recuerdo, su padre es dueño de una de las marcas de cosméticos más exitosa del país ¿verdad?.
-Así es y a mucha honra.
- ¿Sabe usted que contienen sus productos?
- Contienen los mejores materiales, los más finos y exclusivos.
- ¿Como placenta, por ejemplo?
- ¡No, claro no! ¡Nos está usted difamando! ¡Voy a salir de aquí y se va a quedar sin su mejor cliente, se lo advierto! Mi padre le da un cheque muy generoso para que me atienda ¿piensa quedarse sin ese jugoso ingreso?
El doctor Yonquinstein, serio por fuera pero por dentro riéndose a carcajadas, se levantó de su asiento, se encaminó hacia la puerta y la abrió. La sesión aun no terminaba pero con un elegante ademán invito a su paciente a abandonar su consultorio.
El señor X, acostumbrado a doblegar a las personas con sus amenazas, se sorprendió pues no esperaba aquella reacción. Salió soltando blasfemias y era seguro que no volvería por ahí. Mejor así porque, aunque esa no era la mejor manera de finiquitar una terapia que no evolucionaba, el doctor Yonquinstein ya estaba harto, harto, harto de ese paciente, y no porque su padre fuese o no un gran industrial, sino porque si algo odiaba era la impuntualidad y el señor X había roto la marca de retrasos a sus citas: también los médicos son humanos y tienen sus manías.




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Ejercicios Existenciales.

Por Leonel Puente Colin - 15 de Julio, 2008, 16:11, Categoría: Doctor Yonquinstein

El Doctor Yonquinstein miraba el horizonte desde el piso 38 del edificio más alto de la ciudad. La tarde estaba templada, el sol brillaba sin deslumbrar y el soplo del viento resultaba agradable al contacto con la piel.
Nada en particular ocupaba la mente del doctor, de hecho, antes de comenzar su día de trabajo, necesitaba realizar una difícil tarea que podría llamarse ejercicio de vacío, consistente en varios ejercicios de respiración y relajación para entrar en un estado neutral de pensamiento y sensación.
Este ejercicio de vacío ya lo tenía muy bien ensayado y siempre resultaba muy útil para no obstruir su práctica terapéutica, sin embargo, para dominarlo necesitó varios años y una disciplina constante. Escuchar a alguien sin juzgar o prejuzgar es una tarea compleja; no basta oír, también hace falta captar las circunstancias específicas, la visión particular y los detalles personales de quién habla. No se trata de "darle por su lado"; el objetivo es entrar en su mundo y tratar de comprenderlo.
Todos los días, excepto los Lunes que era el día que había elegido para descansar, atendía a cuatro personas, no más; la cuarta de ellas, en ocasiones, no pagaba honorarios o aportaba una cuota muy baja pues sentía un compromiso con la gente de escasos recursos (además de que le permitía tener contacto con la problemática de las distintas capas sociales).
El Doctor Yonquinstein, a lo largo de su carrera, había tenido casos de todo tipo en su consulta: quejas sentimentales, traumas profundos, fantasías sexuales imposibles de llevar a la realidad, celos enfermizos, relidades paralelas, desdoblamientos de personalidad, relatos de mundos posibles ya extinguidos o por descubrir, incoherencias, disparates, discursos de "iluminados"... Sus archivos albergaban una vasta gama de experiencias humanas, de primera mano, con las que fácilmente se podrían escribir un sinnúmero de cuentos, novelas, relatos de ficción, guiones para radio o cine, y hasta tratados completos de psicología o filosofía; sin embargo, dada su ética profesional, resguardaba en silencio todo ese "material".
Casi siempre, al terminar su jornada, volvía a efectuar su ejercicio de vacío; pero había ocasiones en que, a pesar de su gran capacidad para sondear el alma humana, alguno de sus pacientes rebasaba sus parámetros y entonces recurría a otra herramienta, a otro tipo de método de auto-purificación: un espejo, de cuerpo completo, pegado en la pared y cubierto con una tela púrpura, que en dichas circunstancias descubría para mirarse el tiempo que consideraba preciso para luego concluir su introspección diciendo, en voz alta, la frase de uno de los maestros que más habían influido en su formación.
"Nada de lo que es humano me es ajeno"

Al marcar el reloj las 2 p.m., su secretaria le informaba por el interfón:
- Doctor, [la persona X, Y o Z], ha llegado. ¿Puede pasar?
- Claro que sí, pero no me hable usted con una voz tan sensual; por favor haga lo posible por utilizar un tono oficinesco, burocrático, impersonal...
- Muy bien doctor, seguiré sus indicaciones.
Ambos sonreían, pues era un viejo chiste entre ellos.
La secretaria invitaba amablemente a la persona en cuestión a que pasara al consultorio y el doctor Yonquinstein tomaba asiento en su viejo sillón. Invariablemente recibía a sus pacientes con una mirada penetrante y un gesto esfíngeo, indescifrable.

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