El Perro del Mal
Narraciones sobre la realidad conflictiva de las megalópolis.

El tanque vacío.

Por Leonel Puente Colin - 17 de Marzo, 2009, 18:14, Categoría: El Perro del Mal

Ese día el Perro del Mal traìa prisa y, en vez de dejar su vochito negro en un estacionamiento seguro, contra su voluntad y su costumbre, se lo dejó a uno de las miles de hienas "viene viene" que pululan por esta ciudad.

- Son $20 pesos por adelantado, mi jefe. 

Irritado, el Perro del Mal le contestó:

- Te doy cuando regrese.

- Mejor ahorita, luego se les olvida...

- ¿Se les olvida a quiénes? Además la calle no es tuya y está prohibido apartar lugares. Cuando regrese te doy para tu refresco, pero ahorita ya me voy porque se me está haciendo tarde.

La hiena "viene viene" se le quedó viendo con rencor, pero no dijo nada más. El Perro del Mal, muy enojado, se apresuró para llegar a la cita con su novia en un restaurante italiano, famoso por sus exquisitas pastas, especialmente el fetucchini al pesto, incomparable al de otros lugares.

La cena estuvo de maravilla y, después del restaurante italiano, planearon ir a ver la nueva película de "Supercan". Salieron muy contentos y se encaminaron rumbo al coche. Era otra la hiena "viene viene" la que "cuidaba" el auto, por eso, el Perro solamente le dio un par de monedas de baja denominación y comenzó a maniobrar.

A medio camino, el vochito negro se detuvo, ya no pudo avanzar más. Confuso e irritado, el Perro se bajó para revisar el motor (y no es que supiera mucho de mecánica, pero algo tenía que hacer en vez de quedarse ahí quieto como un tonto), pero halló falla alguna por más que removió cables  y revisó todos los componentes.

Después de algunos minutos, subió de nuevo y, de pronto, se dio cuenta de lo que pasaba: el indicador de gasolina estaba en ceros, le habían "ordeñado" todo el tanque (lo cual es especialidad de los mandriles de los estacionamientos públicos del Centro de la Ciudad, no tanto de las hienas "viene viene"). Si hubiera estado solo, habría aullado del coraje, pero como iba con su novia se tuvo que contener. Llamó por teléfono a una grúa para que los auxiliara pero se tardó mucho en llegar y ya no alcanzaron la última función de cine.

Caballeroso, como siempre, el Perro del Mal llevó a su novia hasta su casa y luego regresó a la propia. Ya en su cuarto, a solas, rabió y aulló hasta quedarse dormido. ¡Pero eso no se iba a quedar así!: tarde o temprano iba a encontrar a aquella hiena "viene viene" que le había vaciado el tanque y la iba a hacer pedazos entre sus fauces. Su venganza iba a ser ejemplar, de él no se burlaba nadie impunemente.

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La cola de las tortillas

Por Leonel Puente Colin - 8 de Julio, 2008, 17:39, Categoría: El Perro del Mal

Aquel Sábado, el Perro del Mal (cannis malignus perrae) había amanecido con una hambre feroz. Se encaminó presuroso hasta la cocina para prepararse un opíparo y generoso almuerzo, pero no había tortillas de maíz. Tenía un paquete de tortillas de harina en la alacena, pero esas no eran las adecuadas, aquella mañana, para las apetencias de su finísimo paladar.
Como buen ciudadano, consciente de que los empaques de plástico y de papel contaminan el ambiente y ya es excesiva la cantidad de basura en la ciudad*, tomó una servilleta de tela y salió rumbo a la tortillería.
La cola no estaba larga, sino larguísima; su primer impulso fue regresar nomás de pensar en todo el tiempo que tardaría, pero decidió quedarse. Después de un buen rato esperando debajo de un sol intenso, el cannis malignus perrae fue testigo de un hecho infame: un corpulento mandril (mandrilini nacus soex) se metió, abusivamente, casi al inicio de la fila. Para llevar a cabo su reprobable acción, había amedrentado a un cachorrito de león (felinus rex melenudontis) y a un gato siamés (felinus caprichus siamés), que protestaron débilmente pero no lograron impedir su intromisión. Los demás animales cuchicheaban o hacían gestos de enojo, pero nadie hacía nada en concreto.
El Perro del Mal, a sabiendas de que era probable una dura pelea con aquel energúmeno, no podía permitir esa falta de educación y de respeto hacia los demás y le gritó:
- ¡Fórmate!
El mandril volteó a verlo y luego se rió cínicamente, pero no hizo el menor caso.
- ¿Qué no me oyes? ¡Fórmate!
Aquel mandril, entonces, comenzó a recitarle todo el repertorio de palabras altisonantes que conocía (impublicables en este espacio por su alto calibre), pero no se movió un ápice de la formación que había invadido.
La sangre le hirvió por dentro al cannis malignus perrae y se avalanzó sobre él. Se trenzaron en rabiosa lucha y ni uno ni otro cedía, tuvo que llegar la policía para separarlos y se los llevaron hasta la delegación por "disturbios en la vía pública".
El mandril salió al poco rato (vayan ustedes a saber cómo o por qué). El Perro del Mal tuvo que quedarse ahí varias horas y se vio obligado a pagar una fuerte multa para poder salir ya muy entrada la noche. Una vez en casa, mientras curaba sus heridas, se puso a reflexionar en si sería mejor dejar el mundo tal como está. "¿Para qué luchar por causas perdidas? ¿A quién le interesa defender los derechos de los ciudadanos? ¿De qué sirve hacer respetar las normas cívicas? ¿Para qué tratar de hacer valer las reglas de urbanidad? ¿Para qué tratar de cuidar el medio ambiente? Nada bueno se gana con eso, sino al contrario: sólo se obtienen insultos, golpes y mordidas; se hacen puros corajes, hay que pagar multas inmerecidas y el mundo sigue igual o peor".
Antes de dormirse, el cannis malignus perrae, todavía y por si fuera poco, tuvo que desinfectarse minuciosamente porque se le habían subido varias pulgas en la inmunda celda en donde lo habían retenido.
- ¡Maldita sea! ¡Y todo nomás por salir a conseguir un kilito de tortillas para desayunar a mi gusto!


* Nota: Existen varios países en donde la cultura ecológica está más desarrollada que en México. Cuando las personas van de compras, se llevan una bolsa de mandado y también cargan con recipientes para meter las cosas. Así se evita, de alguna forma, tantas y tantas bolsas de plástico y empaques de unicel que luego se arrojan a la basura o, peor, en plena vía pública. El papel es reciclable, pero también contribuye a aumentar la contaminación si se tira en cualquier parte.

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Los legendarios Kishikawa.

Por Leonel Puente Colin - 24 de Junio, 2008, 0:12, Categoría: El Perro del Mal

Era una linda tarde de Primavera: los pájaros cantaban sobre las ramas de los árboles, las flores presumían sus intensos colores, y hasta el smog tenía un olor agradable. Como en los cuentos de hadas, todo era alegría y felicidad.
El Perro del Mal se levantaba tarde ese día porque la noche anterior había patrullando minuciosamente las calles obscuras de la ciudad. Nada interesante había ocurrido y regresó a su guarida poco antes del amanecer.
Al levantarse, fue directamente hacia la alacena en busca de su ración cotidiana de cacahuates (debo aclarar que no cualquier tipo de cacahuates, tenían que ser los originales, los legendarios Kishikawa: los más doraditos y frescos del mercado). Pero no había más que un puñadito y no le alcanzaban "ni para el arranque".
Presuroso, el cannis malignus perrae (para ser más exactos en su denominación), se trepó en su impecable "vochito" negro y salió disparado a toda velocidad hacia el supermercado. Estacionó su coche con pericia y entró en el enorme edificio comercial. Todo parecía normal, pero, al irse acercando a la zona donde se supone deberían de estar sus cacahuates preferidos, su refinado olfato detectó algo extraño.
¡No había una sola bolsa de cacahuates Kishikawa!
Estuvo tentado a comprar otra marca de cacahuates, pero no: no le gustaba hacer experimentos con su alimentación. O eran los mejores o nada.
Por un momento se detuvo, se rascó el lomo, más por instinto que por necesidad, pues hacia años que había erradicado todas las pulgas de su oscuro pelaje, y después se encaminó hacia la salida.
Amablemente le pidió a la cajera, una cabra (cabrus toponix cornamentosa) de mediana edad, que le sellara su boleto de estacionamiento, pero la individua aquella, rotundamente le negó su petición.
- Si no nos compra nada, no le podemos sellar su boleto.
- ¿Y cómo voy a comprar si no encontré lo que yo buscaba?
- Pues cómprenos cualquier cosa y ya.
- Pues no, yo vine a comprar cacahuates Kishikawa y no hay. No quiero otra cosa. Sélleme mi boleto de estacionamiento por favor, y me voy.
- Usted no ha entendido, señor: no nos compra, no hay sello. No sea necio.
- La necia es usted, señorita (el tono empleado por el Perro del Mal para decir "señorita" iba con toda la intención, pues era muy probable que nadie, en su sano juicio, tuviese la intención de relacionarse intimamente con tal especímen; y le atinó, haciéndola enojar aún más).
- ¡Se lo repito por última vez: no nos compra, no le sellamos el boleto! ¡Y ya no nos haga perder el tiempo!
El Perro del Mal, al darse cuenta que no iba a poder razonar con la cabrus toponix cornamentosa, miró a su alrededor y divisó a una joven venada (venadhux velocis buenaondix), y le preguntó si traía coche. Como dijera que no, le propuso un trato: usted logra que me sellen mi boleto de estacionamiento y yo la llevo hasta su casa con todas sus bolsas.
La cajera escuchó toda la conversación y le echó una mirada asesina al Perro del Mal; sin embargo, tuvo que sellar el boleto.
El colmillo de oro del canis malignus perrae brilló al pasar frente a la cabrus toponix cornamentosa, y todavía tuvo el cinismo de cerrarle un ojo para dejarla rabiando en su puesto. Una vez más, se salía con la suya.

P.S. En sí misma, no fue una de las acciones más heroicas del Perro del Mal, pero tuvo mucha lógica: existen empleados que hablan en plural todo el tiempo, como si fuesen representantes directos de la empresa, y defienden los intereses de sus patrones más que sus patrones mismos. Muchas veces (y éste era un caso de ese tipo) los empleados son contratados por una agencia de colocación; es decir: ni siquiera responden por sus verdaderos patrones. Además, es ilegal cobrar estacionamiento: así fuesen cinco centavos, e incluso menos, las tiendas deben proporcionar gratuitamente ese servicio a sus clientes.


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