Paquete Cuento
Las plumas creadoras de mundos.

Una antigua pasión

Por Agustín Garfias - 8 de Marzo, 2012, 15:25, Categoría: Paquete Cuento

La semana pasada estuve en casa debido a una fuerte infección estomacal (muy probablemente causada por las tres últimas órdenes de tacos de cabeza que me atiborré afuera del metro Juanacatlán). El doctor me dio una incapacidad por cinco días y me dediqué a arreglar un poco mi departamento. ¡Es increíble la cantidad de chingaderas y chingaderitas que uno es capaz de almacenar!

Aparte de mi eterno reguero de libros y revistas, me topé con un sinfín de cosas y cositas, muchas de las cuales ya ni recuerdo como llegaron hasta aquí ni para qué carambas las traje. Hay de todo lo imaginable: un megapóster enmarcado de la última película de Batman, una videocasetera nueva que nunca he usado, un bote lleno con plumas de avestruz, un abrecartas en forma de espada medieval, desarmadores, tornillos, una colección completa de estampas de la Guerra de las Galaxias, una lotería y un juego de la oca muy antiguos...

Ya nadie, ni mis sobrinas pequeñas se interesan por jugar a la lotería o a la oca; las estampas de la Guerra de las Galaxias fueron muy populares y costosas en aquellos días de mi niñez, pero ahora sólo son eso: estampas. Ya están muy lejos los tiempos en que uno creía que libraría heroicas batallas intergalácticas y salvaría el universo; ahora, a lo mucho, uno defiende su hora de comida para salir un rato de la oficina. Ya nadie usa las videocaseteras y los abrecartas son inútiles porque casi todo el correo es electrónico.

¿Por qué empeñarse en guardar objetos físicos cuando todo se está volviendo virtual? Bastaría con tener un par de trajes, un par de zapatos y, eso sí, una computadora nueva...

Incluso, ¿para qué guardar los libros?; hasta esos que en sus tiempos fueron muy cotizados y especiales, con el tiempo guardan polvo y bichos raros que pueden meterse por las fosas nasales y causar una tos nada romántica.        

¿Y qué hacer con los escritos viejos? Durante las noches me dediqué a releer los cuentos que escribía hace 20 años y les encuentro múltiples fallas de redacción, de ortografía y de sintaxis; muchas más de las que tengo ahora. Las hojas están amarillentas, mi letra temblorosa y, sin embargo... ¿Será verdad lo que me dice mi amiga G. acerca de que ya no escribo con pasión y que cada una de mis líneas actuales está tan medida, tan calculada, que prefiere releer lo pasado en lugar de revisar lo nuevo? Le enviaré a ella todos esos manuscritos por correo certificado; yo no me atrevo a romperlos y tirarlos; tampoco me atrevo a visitarla en persona hasta Chapala para entregárselos... me volvería a enamorar de sus ojos negros y no quiero. He atravesado varias veces el estado de Jalisco, por cuestiones de trabajo, y me he sentido tentado a bajarme del autobús; pero así como "los muertos deben enterrar a sus muertos", no es bueno remover las cenizas de los destinos cruzados. Además, ella odia el humo; para ir a verla tendría que dejar de fumar, y traigo nicotina hasta en mi ADN.

Afortunadamente, después de unos días enfermo, he vuelto a la normalidad. Tengo un buen empleo, una casa propia, una tarjeta de identificación que me acredita como miembro de una sociedad humana. Ahora que estoy domesticado, completamente institucionalizado y repleto de penicilina, ¿para qué volverle a dar choques eléctricos a mi cerebro?, ¿para qué alterar mis venas con ilusiones que nunca tuvieron posibilidad de concretarse?

¡Qué risa me dio recibir mi ascenso hace medio año! ¡Hasta parecía una ironía! No es lo mismo ser productivo que creativo, entre ambas cosas existe una diferencia fundamental y abismal; pero bueno, ya no necesito desnudarme el alma y hasta me pagan un poco más. Subdirector del Área de Creatividad... ¡Si supieran!

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Casi normal

Por Agustín Garfias - 22 de Diciembre, 2011, 13:14, Categoría: Paquete Cuento

Ayer fue un día de descanso casi normal e hice casi todas las cosas que hago en tales días y casi a la misma hora. A saber: me levanto, enciendo un cigarro, prendo la estufa, conecto la radio (siempre sintonizada en la misma estación: Opus 94.5 del IMER), maldigo a FECAL y a todos los de su calaña, por corruptos, tranzas y gandallas*; luego lueguito le miento su madre al Papa por ojaldra** y solapador y, llegando a este punto, si aún tuviera suegra, después de ellos seguiría ella, pero estoy divorciado y la arpía en cuestión ya no me hace la vida de cuadritos a mí sino a otro individuo XY que cohabita en la actualidad con su hija.

Más o menos para ese momento en que ya realicé casi todas mis maldiciones matutinas, el agua para mi té o mi café ha llegado a la gloriosa temperatura de 100ºC y se encuentra lista, calientita y desinfectada; libre de bichos malévolos que podrían atacar mi sensible pancita. Quito el pocillo de aluminio de la lumbre y me maldigo a mí mismo por ser tan pusilánime y por continuar en este mundo sin hacer algo verdaderamente grande e importante que ayude a mi sociedad y a mis congéneres jodidos regados por todo el planeta.

Ya con mi caliente bebida endulzada, me aplasto en mi viejo sillón y me chingo unas 10 o 12 galletas Marías (de las grandotas y bonitas, no de esas chingaderitas que parecen pastillas pa´la tos). Posteriormente, me regreso a la cama y leo, leo y releo; me gusta mucho leer, ¿cuál es el pedo? A otros les gusta ver la tele o pelearse con su vieja, a mi me gusta leer y leo todo lo que se me antoja: desde Los Evangelios Apócrifos hasta el Sensacional de Luchas; desde Así hablaba Zarathustra hasta el Así soy, ¿y qué? (obvio que también reviso de vez en cuando los sabios versículos de la Biblia y releo las sentencias prácticas de mi colección de Kalimanes).

Cuando siento hambre, voy hasta el refrigerador y me trago lo primero que encuentro en su interior; trago lo más rápido posible para continuar leyendo. Y así toda la mañana, toda la tarde y parte de la noche. Me duermo a eso de las once u once y cuarto, y eso es todo; nomás que ayer no era día de mi descanso: no tenía ganas de ir a la oficina y, al chile, falté, ¡chinguen a su madre mis patrones también!

*Gandalla: Vox populi, posible derivación de gandul; dícese de quien es sumamente manchado. / Aplicase a quien o quienes carecen de o poseen escasa progenitora. /Escrita con y, gandaya, según el Pequeño Larousse Ilustrado: Femenino. Familiar. Tuna, briba, vida holgazana.

** Ojaldra: Vox populi, posible derivación de ojo aunque no en el sentido visual./ Que se comporta como todo un ojete, culebra, no buena onda. / Escrita con h, hojaldra, según el Pequeño Larousse Ilustrado: Ambiguo. Masa delgada de pastelería que al cocerse hace muchas hojas superpuestas.

Año 2011, después de Cristo y sus secuaces.

Tacubaya, México, D.F.

Planeta Tierra.

* Nuestros lectores nos interesan, escríbenos al correo mundochobojos@hotmail.com

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Permanencia Involuntaria

Por Julio Manzanares Gòmez - 11 de Febrero, 2011, 13:27, Categoría: Paquete Cuento

- Y la diferencia, quieras o no, entre nosotros y ellos es grande, o más bien significativa porque la madre de mi abuela, o sea mi bisabuela, vivió la guerra de la Revolución. Y la nuestra, o sea nuestra madre, ya vivió, de lejos, el 68. Y es más, el abuelo de mi abuela, que viene siendo mi tatarabuelo se perdió en el monte después de que asesinó, a cabeza de silla, a un general federal. En Zacatecas, un día tranquilo, llegó la noticia: "ahí viene el general tal". Y mi tatarabuelo, dando un paso al frente dijo: "yo lo mato". Y así fue, cuando llegó el general aquél, que decían que era un desgraciado, lo hizo con mucha alharaca, como en desfile, así como diciendo "ya llegué y estas son mis tropas, cuidado conmigo". Pero por otro lado, el imbécil del general pensó que el pueblo lo quería, o al menos que ahí lo respetaban, pero nada de eso, ¿cómo respetar a un asesino?, una cosa es el miedo y otra el respeto. Y es que la verdad de esa historia estuvo en que el pueblo le temía porque la última vez que estuvo ahí, llegó de repente y mató quién sabe a cuántos, nada más porque sí (por eso digo que era un asesino). O bueno, no los mato nada más porque sí, sino por un chisme: dizque los del pueblo apoyaban a Villa. Y cuál, ni lo apoyaban, si el Pancho Villa también tenía fama de maldito.

Pero bueno, cuando llegó el general ese, el otro maldito, el federal, se lo echaron, o más bien mi tatarabuelo. Y es que el pueblo lo odiaba, (al general, no a mi tatarabuelo), le tenían coraje porque esa vez que llegó, así nada más, mató a un montón de hombres y agarraron parejo a las mujeres. Las violaron, el pinche general y sus tropas, y parejo: niñas y ancianas, no les importó. Mi bisabuela se acuerda, y se salvó porque se escondió en la pastura, entre las pacas, yo no sé cómo no la vieron, pero se salvó. Y cuando salió, después de estar un día entero escondida empezó a ver a los del pueblo, muertos, agujerados por las balas, pero más le impactó ver a los ahorcados, colgados en los arboles. Ahí vio a tres de sus parientes colgados, a su tío y a dos de sus primos. Nada más en ese árbol, que era frondoso, había como veinte colgados, me contó mi abuela que le contó su mamá. O sea que yo te cuento lo que me han ido contando de generación en generación, pero yo creo que sí es cierto porque luego los cuentos, o más bien relatos de mi abuela, coinciden con lo que veo en mi clase de Historia.

Y sí, mi bisabuela se espantó porque pensó que su mamá, su papá y sus hermanos estaban muertos, pero resultó que también se salvaron, no porque se escondieran muy bien o algo así, sino porque a la hora de los balazos, ellos estaban trabajando su milpa, que estaba hasta atrás de la casa, y después de una lomita que la ocultaba. Por eso se quedaron ahí hasta que ya no oyeron balazos, o sea hasta el otro día en la madrugada. Ella, o sea mi bisabuela, como era la más chica, tenía seis años, andaba por ahí jugando a recoger los huevos de las gallinas que, esas sí, estaban enfrentito de la casa. Le encantaba jugar en los gallineros, y todavía cuando yo era niño me acuerdo que en la casa de mi bisabuela había un montón de pollitos y gallinas. Es más, luego nos decían: "vayan por unos huevos" y ahí íbamos los bisnietos a recogerlos. Y un día una gallina picó a una de mis primas, muy cerca del ojo, porque ésta le quiso agarrar la cresta. Sí, yo todavía viví algunas cosas así, y eso que vivíamos en la Ciudad, no te estoy hablando de provincia u otro lugar. No, te digo que después mi bisabuela llegó a la Ciudad y ya mis tíos abuelos, la mayoría, nacieron aquí.

Pero regresando a lo del general asesino, cuando mi bisabuela oyó los gritos y balazos, lo que se le ocurrió fue abrazar un pollito y escondérselo entre el vestidito y luego meterse ella entre la pastura. Y sucedió que los federales ni siquiera se llevaron a los animales o la comida, nada más llegaron dizque a advertir que el que se fuera a la Bola se las iba a ver con el gobierno de a de veras. Pero la verdad, para entonces, ya nadie sabía quién era el gobierno de a de veras, como ahora, ¿no? Pero ese no fue el chiste -o más bien el asunto, porque esto no es chistoso-, sino que como empezaron a matar a los animales y a encuerar a las mujeres ahí en el centro del pueblo, que estaba enfrentito de la casa de mis tatarabuelos, pues mi bisabuela protegió al pollito y lloraba y lloraba porque vio y oyó cómo mataron a los animalitos que había en su casa. Mataron vacas, cerdos y gallinas, pero nada más por matarlos. Al otro día en la madrugada, que oye mi bisabuela a sus hermanos cerca de la casa y lo primero que les dijo fue, saliendo del montón de pastura: "hermanos, no mataron al pollito", y se los enseñó. Y uno de sus hermanos, que se pone a gritar: "mamá, mamá, aquí esta Antonia, aquí está Antonia", así como emocionado yo creo ¿no? Y seguía diciendo: "aquí está, aquí está Antonia", así se llamaba mi bisabuela. Y que la mamá de mi bisabuela le dice, como regañándola: "dónde andabas, ahora ven, ¡apúrate!, ayúdame a lavar a tus primos", o sea los ahorcados. Y que los hermanos de mi bisabuela los bajan del árbol. Y luego luego que mi tatarabuela y ella, o sea mi bisabuela, como era la única hija mujer, que se ponen a lavar los cuerpos de los muertos mientras los hombres hacían los hoyos para enterrarlos.

Pero lo que me sorprende es lo seca que era mi tatarabuela que ni siquiera le dijo a su hija: "qué bueno que estás bien" o "gracias a dios", o algo así. No, nada, y al contrario la puso a lavar a los muertos. Yo creo que de ver tanto muerto ya ni les dolía nada o no sé cómo explicar eso que mi bisabuela contaba como si fuera una anécdota divertida. Así, como si fuera un chiste que a tu madre no le dé gusto verte viva o que sea divertido que te pongan a lavar a los muertos que, además, eran sus primos. Yo creo que por eso mi bisabuela era así de regañona, bueno, era muy linda y dicharachera, pero enojada era horrible, decía groserías, pegaba y de todo les hacía a los hijos. A mí me dio bastonazos, pero yo no me acuerdo, sólo me cuentan. Hasta cuando se portaban mal mis tíos se echaban a correr porque ya sabían cómo les iba ir si los alcanzaba su madre. Ella agarraba la reata y, como si fueran yeguas, los lazaba, le atinaba y ahí sí, les iba como en feria, mal. Ahora sí que los madreaba, ¿no? Yo digo que los educó a cabeza de silla. A veces, hasta con la cuarta de los caballos o sea, algo como un fuete, les pegaba. Y yo creo que por eso tuvo ese carácter, por todo lo que vio y vivió. Hablo de mi bisabuela, no de mi tatarabuela que esa sí, estaba más loca, según me cuentan.

Pero aquella vez, después de esa matanza, el pueblo hizo una como tregua. Llegó un representante del gobierno a que la gente firmara un documento con el cual se comprometían a apoyar a los federales y a informarles de cualquier cosa que supieran de los revolucionarios, o más bien de la Bola, como le llamaban a la Revolución al principio. Y así fue, el pueblo por miedo firmó y hasta le mandó unos regalitos de plata al general, de las minas de Zacatecas, pero en verdad lo odiaban. Nada más que les convenía aparentar que lo apoyaban, o más bien querían hacérselo tonto, porque después, ya salió que efectivamente había unos en el pueblo que apoyaban, creo que no a Villa, pero sí a un revolucionario del norte. Y después de un tiempo que anuncia el general, el maldito asesino, que iba a llegar al pueblo, y que la gente le dice que le iban a hacer una comida para recibirlo y todo eso, porque según ya había un pacto con ellos, así como un trato de apoyar a los federales y le iban a demostrar que estaban con él. Entonces fue cuando mi tatarabuelo dijo, "pues yo lo mato, nomás déjenlo que se confíe y que llegue como si nada y en eso yo lo mato". Y el pueblo acordó hacer una exhibición como de charros o algo así, y en eso lo mataron, al pinche general. Mi abuelo pidió que cuidaran a su familia mientras él regresaba y que le ayudaran, después de matar al desgraciado federal, a perderse por el monte. Y total que los habitantes se pusieron de acuerdo y decidieron adornar el pueblo como si fuera un día de feria, con papelitos de color y todo eso, y hasta echaron cohetes cuando llegó el general. Una banda tocaba y unas niñas le entregaron un guajalote y los hombres una pistola con cacha de plata o algo así. Entonces mi tatarabuelo cumplió y todo salió como lo planearon: lo mató.  

Y te digo que es distinto o al menos muy significativo haber vivido en aquellas épocas. Había conciencia, ahora ya no. Mi bisabuela todavía decía, y a mí me lo dijo cuando no quería comer: "te comes esa verdura porque en la guerra vas a comer hasta caca y no te vas quejar". O sea que se aprovechaban las cosas porque no sabías en qué momento la guerra llegaría y… en fin, te quedabas sin nada. Y en verdad mi bisabuela siempre andaba pensando que en cualquier momento la guerra empezaría otra vez, por eso le preocupaba tener siempre comida en casa, por montones, "para cuando llegue la guerra", decía. Luego hasta se echaba a perder la comida, por ejemplo el cereal, ¿el cereal se echa a perder?, bueno, pero siempre había azúcar, arroz, frijol y esas cosas por costales. Y nunca llegó la guerra, aunque en 1968 dijo: "ya ves, ya va a empezar la guerra por esos revoltosos".

Con mi abuela cambió ya el modo de pensar, pero nos decía, cuando no nos acabábamos toda la comida que nos servían: "aquí no hay perros para que se coman tus sobras, así que te comes todo porque la comida no se desperdicia". O sea, ya no se tenía miedo a la guerra o a esas desgracias, sino más bien se cuidaban las cosas porque costaba trabajo obtenerlas. Y ahora oigo que le dicen a mis sobrinos, y a mí también me lo dijeron: "la comida no me la regalan, así que te comes todo, aprovecha porque hay niños que no tienen qué comer". Y sí, ese es nuestro mundo, unos tienen y otros no, pero no por las guerras, sino por otras cosas: no hay trabajo, no alcanzan los sueldos y todo eso de lo que se queja la gente todos los días. Yo no sé que les voy a decir a mis hijos, si tengo, pero les voy a contar, si un día llego a tener aunque sea uno o una hija, todo esto para que sepan un poco la historia de su familia. No sé para qué les pueda servir, pero al menos, como yo, van a saber que el gobierno siempre ha sido un asesino y que hay revolucionarios que quieren cambiar las cosas. Que sepan que mi tatarabuelo fue un personaje valiente y que mató a un federal asesino. Esos héroes, yo no creo que sean revoltosos, pero tampoco creo que de veras lleguen a cambiarlo todo, mucho menos que, como dicen, organicen otra revolución, ¿entonces serán héroes o no?

Bueno, ya ves, decían que para el 2010 se venía la otra revolución y no, al contrario, la gente es bien dejada y se queja y se queja y hasta ahí. Y se les olvida todo, o casi todo, cuando les salen con el festejo del Bicentenario y el Centenario. Creo que no son capaces de matar ni a un pollo, pero menos de salvarlo como hizo mi bisabuela. Ahora, matar a un general como lo hizo mi tatarabuelo, pues menos. Y no es que piense que debamos matar al presidente, aunque me caiga mal y lo deteste por cínico, pero creo que al menos debemos decir que no nos gusta lo que hace. Como por ejemplo, mi mamá, que por estar tan chica en el 68 no supo lo que pasaba, hasta que el hermano de su amiga llegó herido, pues también está segura de que contármelo es importante. Aunque no lo vivió de cerca, después se informó y me lo contó: "porque si se nos olvida o lo desconocemos -me dijo- pensamos que siempre todo está bien o que el gobierno no es un asesino". Y sí, ¿no?, yo a veces dudo que la Historia nos sirva para algo, ya pasó y cómo le hacemos, ¿no?

…Luego, cuando pienso en lo que pasó en Acteal, que está en Chiapas, o por ejemplo en Atenco, que no está en Chiapas, pero creo que sí en el Estado de México, me da miedo porque parece que la Historia se repite. Y al final de cuentas, pues sí pudimos hacer algo para evitarlo. Me pongo a pensar y digo "pues claro, la Historia no la podemos cambiar, pero nuestro presente sí". Y por eso debemos enterarnos de lo que pasa y no dejar de contarlo a todos para que no se les olvide y sepan qué clase de asesinos puede haber en el gobierno. Y es que a veces la Historia se repite. Claro que no es lo mismo, ya no hay ahorcados en los árboles, ni estudiantes asesinados, así, en una plaza pública, pero sí campesinos e indígenas muertos, y también mujeres asesinadas horriblemente y violadas y torturadas como las de Ciudad Juárez, y estudiantes golpeados. Aunque, pensándolo bien, sigue habiendo asesinatos en las plazas públicas y enfrente de la gente y a plena luz del día. Ahora, con eso de los narcotraficantes, pasa todo eso otra vez. Y la historia se repite porque, te digo, siempre el gobierno tiene mucha culpa. Pues porque no hace nada, sólo dice y dice, y no actúa. Y si actúa, no le importa arrasar con los inocentes. Ya ves cuántos han muerto en la Guerra contra el narco, sin tener nada qué ver con los traficantes o con el gobierno.

Y todo lo que te cuento es como antes en el cine ¿no?, parece que hay permanencia voluntaria en la Historia. Si quieres entender la película tienes que verla toda, si te pierdes el principio como que no entiendes, pero luego vuelve a empezar y dices ahora sí ya entendí. O sea, mi comparación es tonta, pero a veces la Historia me parece una película, los mismos abusivos, los mismos pobres, los mismos todos de siempre. Cambia el escenario, el modo de vestir, pero el sentido de la Historia no mucho. Cuando cuento lo de mi tatarabuelo me lo imagino como en blanco y negro, o más bien como en tonos cafés, creo que le dicen sepia a ese color. Y cuando pienso en lo del 68, ya lo imagino en color, o sea que no pasó hace mucho. Pero sí quieres entender muy bien qué onda, hay que ver toda la película, pero sí no la ves, tampoco importa mucho porque luego se va a repetir y vas a llegar a la conclusión de que eso ya había sucedido o que te suena conocido. Pero en fin, o sea que puedes ver la película otra vez. Y por eso insisto en que conocer la Historia no sirve de mucho, quizá para tener miedo, pero bueno, conociéndola o no, tengo miedo y no creo en lo que dicen los políticos. Bueno, al menos me engañan menos porque digo: "eso ya pasó en tal o cual año", "tal presidente hizo lo mismo una vez" o "este maldito va a hacer lo mismo". Pues sí, tal vez sí sirve de algo, o de mucho, conocer la Historia.

Y te decía entonces que mi abuelo, mi tatarabuelo más bien, mató al general. El pueblo organizó la feria falsa que te digo. Lo principal eran las suertes a caballo. Primero que a ver quién agarra más gallinas desde el caballo y luego que a ver quién laza al primer intento a la yegua. Y cuando era el turno de mi abuelo, en lugar de lazar a la yegua que laza al general y que se lo lleva así, lazado del cuello hasta la salida del pueblo, a cabeza de silla. Nada más veían cómo iba rebotando el cuerpo como si fuera un costal de papas, o de huesos, ahí rebotando en la tierra y las piedras. Digo que lo llevaba a "cabeza de silla" porque así se dice cuando un charro laza al ganado y enreda en la cabeza de la silla de montar la reata, y así va jalando al toro o a la yegua del pescuezo, en este caso al general. Entonces los acompañantes del general nada más se quedaron como estatuas, pues ni pistolas ni nada pudieron sacar, cuando reaccionaron, mi tatarabuelo ya estaba lejos y el general ya nada más boqueando como pez o más bien como pescado a la orilla del río. Los otros charros se fueron tras él, como aparentando que lo iban persiguiendo. Él, como lo planeó, se perdió en el monte. Pasó el tiempo, no sé cuánto, y mandó después dos cartas y un poco de dinero para su esposa, o sea mi tatarabuela, pero luego no se supo más del él. Mi bisabuela decía que a lo mejor se fue a la Revolución, pero sus hermanos que a lo mejor lo mataron.

Luego, dicen mis parientes que el pueblo cuidó de mi familia, pues mi tatarabuelo se convirtió en una especie de héroe y hasta le compusieron un corrido que no me acuerdo cómo se llama ni sé cómo va. Yo quiero un día investigar esa historia, cómo se llamó el general que mató, cómo iba el corrido y en qué pueblo de Zacatecas, exactamente, ocurrió todo. Mi abuela dice que más que por ser un héroe mi tatarabuelo, cuidaron a la familia porque antes la gente se ayudaba y era agradecida. Y que el pueblo, que sabía que ese general planeaba algo malo para el pueblo, decidió matarlo antes que éste hiciera otra matanza como aquella. Por eso, por agradecimiento y complicidad ayudaron a la familia. La ayuda que le dieron los del pueblo a mi tatarabuela duró poco porque con el asesinato del general, el pueblo, quizá sin pensarlo, empezó a participar en la Revolución. O sea que en la Historia todo tiene una consecuencia, ¿no? y claro, también una razón.

Y entonces las cosas se pusieron horribles, todavía más, y mi bisabuela huyó a Aguascalientes, pero no por la guerra, sino porque su mamá le pegaba mucho. Quizá por ser la única mujer, le exigían bastante, tanto sus hermanos como su mamá. Cuenta mi bisabuela, o más bien contaba, que hacía el quehacer de la casa, la comida y lavaba y planchaba toda la ropa de los hermanos que trabajaban en el campo. Ahora ves que ya no pasa tanto eso con las mujeres, pero en ese tiempo así eran las cosas y se lavaba en el río, en una roca, y se planchaba con una plancha de carbón que pesaba varios kilos porque era de fiero. O sea, te lo aclaro, las planchas eran de hierro y funcionaban con carbón, se calentaban con este combustible y no con electricidad como ahora. Y al calentarse quemaban y hasta te provocaba dolor en las manos después, durante varios días. El punto es que a mi bisabuela, por todo, le pegaba su mamá y le sacaba sangre de las bofetadas que le daba por jugar con los pollos o muñecas de trapo. Ya muy harta, a los nueve años se escapó a Aguascalientes, creo que con unas tías. Desde entonces no supo mucho de la familia, pero menos del pueblo. Y a los doce años tuvo su primer hijo, porque antes a esa edad ya se casaban. De hecho, imagínate, mi bisabuela le decía a sus nietas, o sea a mis tías, cuando ya tenían como veinte años: "se van a quedar para vestir santos". O sea que como no se casaban parecían monjas que se la pasaban vistiendo santitos. Ahora hay un chiste con el que se defienden las chavas solteras, dicen "me voy a quedar para desvestir santos", y luego yo hasta lo digo y me da pena, pero me causa gracia. La verdad es que no me quiero casar, pero no quiere decir que me vaya a hacer monja.

Y así fue como mi tatarabuelo, del cual ni siquiera recuerdo su nombre, mató al general ese, el asesino. Yo les voy a contar a mis hijos todo esto y otras cosas más porque tú y yo estamos viviendo otras, por ejemplo la delincuencia, que cada vez es más y muy violenta. Claro que luego la gente exagera, y ya ni quiere salir a la calle y hasta dejan de hacer sus cosas preferidas por, según, no arriesgarse. Pero yo no, me cuido mucho, y más como mujer, pero no dejo de salir con mis amigos a fiestas o a centros comerciales. Por ejemplo, a mis hijos, si llego a tener, les voy a contar lo de cuando ya no ganó el PRI y sí el PAN, pero también de cuando, ahora, el PAN hizo cochinadas y fraudes en las elecciones. También les voy a contar -si tengo, porque creo que los hijos quitan el tiempo- lo del narcotráfico, lo que estamos viviendo, porque el gobierno y los narcotraficantes están matando a gente inocente y… Bueno, ojalá no tenga hijos porque este mundo está muy feo, pero bueno, siempre ha sido así, ¿no? Te digo que hay permanencia voluntaria, pero a veces ya no quiero ver la película, me da miedo pensar en qué va a pasar, pero ni modo, no me puedo salir del cine. Creo que más bien es permanencia a fuerza, sí: permanencia involuntaria. ¿O tú cómo ves?

- Pues la verdad a mí no me gusta la Historia, me aburre. Y no me he puesto a preguntar qué pasó con mis abuelos. Aunque un día oí, creo que sí, que mi abuelo, más bien mi bisabuelo, murió en la Guerra de los Cristeros. Y que perteneció a los dos bandos, pero no me queda claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y es que es difícil saberlo, ¿no? Imagínate, esa guerra fue entre el gobierno y la iglesia católica: ni a quién irle. Y sí es cierto, la Historia se repite. A un tío mío lo mataron, era policía federal, lo balacearon los narcos, según porque los traicionó. O sea que, como mi abuelo, pertenecía a los dos bandos: al gobierno y a los otros. ¿Quiénes son los malos?, sepa. Por cierto, tú que sabes mucho de eso, de la Historia, ¿qué fue primero, el 68 o lo de los cristeros?

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... dàndonos su bendiciòn.

Por Laranjinha - 8 de Febrero, 2011, 19:01, Categoría: Paquete Cuento

 

Javi.

    El 13 de Julio a las 5:35 de la mañana, Javi yace dormido sobre la calle con un brazo colgando del vallado. Su playera ha dejado de ser blanca desde hace poco más de un día y ahora se debate sobre si quedarse con el rosa del vino o el oscuro de la suciedad callejera.

    Se despierta una hora y 25 minutos después con los gritos de un policía que despeja esa parte del recorrido.

    Javi, aturdido, llega a la conclusion de que sigue pedo y que no sabe dónde están sus compañeros. No le importa tanto dónde está Amaia; la manda a la mierda ante la mirada de las familias que van a la plaza y decide haría bien en quedarse allá (ella, no él, aunque tiene boleto).

    Camina ayudado por la parte consciente de su cerebro en una discutible línea recta. Se acerca a otros borrachos que le dan un bocadillo, cerveza y un abrazo con risas. Se queda con la comida y, emocionalmente, con el abrazo; las risas nada. Al tragar la última parte del bocadillo, se da cuenta que desde que empezó a comer no sabe hacia dónde va, pero ya que la catedral está al fondo, lo toma como una señal.

    No repara en que por la hora, aún está cerrada. Su estado alarma a un guardia lo suficiente como para pedirle que se vaya. Javi no discute. No van hacia el policía sus reclamos. Mejor le grita desde fuera al Santo patrono festejado: dos o tres verdades respecto a sus supuestos milagros.

 

Amaia.

    El 13 de Julio, cinco minutos antes del policía-despertador y cuatro antes de lo que decía el boleto, el autobús donde viaja Amaia entra en la estación de Lleida. Las vacaciones habían terminado y al día siguiente, a trabajar.

    Toma un taxi para llegar más rápido a casa. Le urge dormir y aún más, ducharse. El río Segre le hace sentirse traicionada ya que está muy agitado, muy rápido, y ella, a pesar de lo sucedido, está tranquila.

    Al llegar prende TVE. El encierro. Le apaga. ¿No estabas tranquila? Se mete al agua para relajarse. Estaba tan borracho que seguro no lo hará, piensa. Mañana, lo mismo. ¿Ya qué importa? Cuando sale habla por teléfono, Lorena está despierta.

    ¾Lore.

    ¾¡Amaia! Pero…¿de dónde hablas mujer?

    ¾De casa. Me regresé unas horas antes, ya sabes…

    ¾Javi.

    ¾Sí, el…

    ¾¿Corrió?

    ¾No, no. No fue necesario para llegar a lo mismo.

    ¾Ya. Pues nada si queréis quedamos en Sant Joan para un café.

    ¾Vale, vale.

    ¾¿A las siete?

    ¾Vale.

    ¾Venga, guapa, tranquila, sabes que es para bien.

    ¾Sí… lo sé…

 

Javi.

    Llega a su habitación. La recamarera le pregunta hasta cuándo van a estar hospedados. Pagam…pagué hasta mañana. Ella le dice que qué bien, que espera una muy buena propina por el desorden diario del cuarto. Sí, no se preocupe, hoy habrá menos, se lo aseguro. Ella cierra la puerta diciendo que eso se verá mañana y agradece por dentro que ya solo quede un día de fiestas y de arreglar esta habitación.

    Javi prende la tele. Se queda dormido al segundo cohete pensando en que debería estar ahí, a unas cuadras, y que sigue pedo. Y que extraña a Amaia. Y que no, bien pensado, eso no.

    Despierta bastantes horas después con hambre y con los gritos de Pedro Delgado en la transmisión ante un ataque del favorito en el Tour.

    Sa cambia la playera mas no el pantalón. Tampoco el paleacate al cuello ni la bufanda a la cintura. Sale por un bocadillo y compra el ABC, aunque no le gusta.

   

Amaia.

    Trata de dormir. Se levanta por agua. Trata de dormir. Le da una vuelta a la almohada. Hace calor. No puede abrir más las ventanas ni cerrar más las cortinas (vuelta a la almohada). Se quita la sábana. Un joven en el piso de enfrente mira a la calle, al edificio de Amaia. Quizá intuye algo, pero no puede verla sólo en bragas porque no se pueden cerrar más las cortinas (vuelta a la almohada) así que se va.

    Amaia trata de dormir. Se sueña en las ramblas de Barcelona, desnuda y con la cara pintada de blanco. Hace mímica, nadie le hace caso. No entiende por qué; no se da cuenta de que es porque todos están desnudos de rostro blanco. Hace frío. Se levanta a acomodar un poco la persiana. Si el joven hubiese estado viendo, le habría visto las tetas por dos segundos que las cortinas lo permitieron.

    Trata de dormir. Prende la tele con el volumen bajo. Las noticias. Otra bomba. Trata de dormir. Está con Javi en la azotea de un edificio, pero físicamente no es él; no importa, ella siente que sí es Javi. Están sentados, callados. Se levantan y saltan a la calle. Va tomada de su mano; él ya no está ahí pero lo siente. Tiene calor. Voltea la almohada. Sigue la tele. 23 heridos, dos por asta de toro. Ninguno grave. Todo es negro. Los gritos de Pedro Delgado la despiertan. Se pone unos pants y una blusa. Va a la cocina y se hace un bocadillo, sirve agua y una copa de vino. Mira por la ventana. Un joven allá enfrente parece estar sintiendo lo mismo que ella.

    Como si supiera qué está sintiendo.

 

Javi.

    Baja por la cuesta de Santo Domingo hasta los corrales vacíos. Se dispone a caminar el recorrido del encierro con un bocadillo de chorizo y un kalimotxo. Al pasar ante el Santo de la ciudad, mentalmente dice la oración tan cantada por estos días.

    Frente al ayuntamiento se detiene para escuchar las rondas que canta la banda. A la derecha, por una puerta poco visible tras las guitarras, la policía mete a un joven a empujones. Se pone a pensar en que en el grupo hay desde niños hasta ancianos. Se acuerda de su padre. Hoy es trece, así que marca a casa desde el móvil. Su madre le pregunta cómo está, si ha corrido, saludos a Amaia. Con el padre es lo mismo más las felicitaciones y la broma de que no le vaya a regalar una cornada.

    A medio camino, compra otro kalimotxo que se toma al instante y sale con el tercero y con el segundo bocadillo, a completar la otra mitad. Intenta hacer plática con unas británicas. Otro kalimotxo y les dice que les hablará más tarde. Al pasar por el tramo de Telefónica, ve al toro azul y se aparta de la muchedumbre que busca las fotos y porque siente que la botarga se acordará del tipo que ayer le tiró un trago en la cabeza. Llega hasta la plaza. Adentro hay silbidos y dos trompetas. Se imagina al toro que está a punto de irse vivo.

 

Amaia.

    Se cruza con Lorena una calle antes y aprovechan para entrar a una tienda.

    En el café una pide un exprés y la otra un té. Adivina quién pidió qué. A los pocos minutos ya entraron al tema.

    ¾¿Y habéis hablado con él?

    ¾No, seguirá borracho y aunque estuviese sobrio ya no tengo qué hablar con él.

    ¾¿Discutieron?

    ¾Lo de siempre. Eso y que se lió con una chica. Y yo ahí. Me reclamó lo de no dejarlo correr y que siempre lo estoy asfixiando, que ya no sabe qué hacer y que está harto. No lo sé, no lo sé…

    Lorena abraza a Amaia. Ella, tras las lágrimas, cruza mirada con el joven del piso de enfrente. No se saben vecinos pero sonríen. Él sigue su camino. Ella se tranquiliza y suspira.

    ¾¿Qué sucedió?

    ¾¿Qué sucedió? Nada… sólo lo que necesitaba.

 

Javi y Amaia.

    Sale rumbo a algún bar, metiéndose por las calles más transitadas.

    Sale rumbo a su casa, metiéndose por las calles menos transitadas.

    Brinda en la fiesta callejera con unos alemanes.

    Compra cigarillos y se queda platicando un rato con el vendedor.

    Entra a un bar y la mesera es lo que le hace decidir quedarse junto a la barra.

    Entra a casa y la copa de vino sin terminar es lo que le hace decidir quedarse junto a la mesa de la cocina.

    Le hace la plática a la chica y agradece que responda ya que no quiere hablar, quiere escuchar y no pensar.

    Prende la radio y agradece el locutor de noticias, ya que lo que quiere es escuchar a alguien y no pensar.

    Pasa el tiempo y él sigue ahí, en el bar escuchando a la mesera, sólo cambia la conversación.

    Pasa el tiempo y ella sigue ahí, en la sala escuchando la radio, sólo cambia la programación.

    De madrugada, la chica acaba turno. Llevaba trabajando desde la mañana. Él le dice que a su casa. La chica que no, que a su hotel.

    De madrugada, la programación acaba turno. Llevaba al aire desde la mañana. Ella dice que un disco. Mejor no. Mejor ya al cuarto.

    Junto a la cama, se quitan la ropa, se acuestan, jadean un poco, nada especial. Terminan.

    Junto a la cama, se quita la ropa, se acuesta, jadea un poco, nada especial. Termina.

    Casi se queda dormido pero se levanta a la puerta a despedirla. Regresa y en cuanto siente la cama, duerme.

    Casi se queda dormida pero se levanta por agua. Regresa y en cuanto siente la cama, duerme.

    No recuerda qué sueña. Babea.

    No recuerda qué sueña. Ronca.

    Le llama el despertador de la recepción. Dice que gracias y sigue durmiendo.

    Le llama el despertador del buró. Dice que ahorita y sigue durmiendo.

    Se despierta asustado; es tarde. Se baña y viste en 15 minutos. Sale.

    Se despierta asustada; es tarde. Se baña y viste en 15 minutos. Se maquilla en cinco. Sale.

    Entra al vallado, rumbo a Estafeta.

    Entra al casco antiguo, rumbo al trabajo.

    A las 8:02 lo embiste un toro. Lo mata al instante.

    A las 8:02 a ella también. Casi. Acá es un coche.

 

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Cincuenta y dos hotras después

Por Adriana Echánove - 31 de Agosto, 2010, 20:31, Categoría: Paquete Cuento

Cuando despierto mi madre no está, mi hermana tampoco. Una mañana gris se extiende al otro lado de mi ventana. Agradezco que sea sábado y no tenga que salir corriendo al trabajo. Miro el reloj: he tardado más de media hora en despertarme por completo. Entonces recuerdo que el teléfono estuvo sonando y así fue como supe que no había nadie más en el departamento. ¿Quién llamaría tan temprano? Tampoco sé por qué no están ellas ahí, en sábado, a las siete y media de la mañana.

Como de costumbre, en la cocina me preparo café y dos huevos, pero apenas pruebo el primer bocado cuando vuelve a sonar el teléfono. Salgo a contestar al pasillo.

¿Sí? —digo, con parte del huevo aún en la boca.

—¿Joven Bernardo? Habla María, la enfermera de la señora Carmen.

Termino de pasarme el bocado. Me siento en la silla de la mesa del teléfono y trato de mantener la voz firme.

—¿Qué sucede? ¿Fue usted quien llamó hace cerca de una hora?

—Sí, era yo, no supe qué hacer cuando no me contestaron y decidí esperar para marcar de nuevo. Siento mucho molestarlo a esta hora, pero la señora Carmen insiste en que suba usted.

—¿Está jugando? Hágame el favor de salir del departamento de mi abuela y de no volver a marcar. Puede dejar las llaves bajo el tapete —respondo, y cuelgo el auricular. No quiero ni pensar en tal descaro.

Regreso a la cocina. La llamada me ha provocado náuseas. Deslizo los huevos por el plato hasta el bote de basura y pienso que tal vez mi madre haya dejado alguna nota en el espejo del baño. Le doy un trago al café, ya tibio, con la esperanza de aplacar un poco la sensación de espasmos en la boca de mi estómago.

No hay nada en el baño. Me lavo los dientes y el asco se aleja un poco. Pienso en Carmen todo el camino hasta mi cuarto y me acuesto con las rodillas pegadas al pecho. Entonces recuerdo que mi madre planeaba ir a ver a uno de los hermanos de mi abuela para saber si la cripta de la iglesia San José estaba a nombre de ella o de alguno de sus hermanos ya fallecidos. Dejo que mis pensamientos corran vagos entre las últimas imágenes relacionadas con mi abuela y decido que debo subir a ver si la enfermera se ha ido ya.

Me pongo una camiseta negra, los primeros pantalones que encuentro en el armario y unos zapatos deportivos. Tomo las llaves de ambos departamentos y salgo al cubo de las escaleras. La enfermera está parada algunos escalones arriba del descanso de mi piso.

—Señor Bernardo, perdone si lo molesté, yo sólo hago lo que me parece correcto. No es bueno que la señora Carmen permanezca como ahora.

—Comprendo, pero no puede estarse metiendo en la vida de los demás. Se le ha liquidado ya lo que le debíamos por sus servicios, haga el favor de entregarme su juego de llaves. Nosotros nos ocuparemos de lo que hace falta.

—Sí, aquí están —dice ella, con la mirada perdida en los mosaicos del escalón en que está parada, pero no parece que las traiga en las manos y tampoco que vaya a dármelas pronto—. No permitirá usted que pase más tiempo, ¿verdad?

—Las llaves, María —repito, y extiendo la mano. Ella rebusca en sus bolsillos y alza la vista por un momento cuando me las entrega—. Tendrías que haberte marchado ya.

Su mirada es furtiva (¿Hay un dejo de rencor en sus ojos? No, seguro es sólo mi imaginación.)

—Sí, señor Bernardo, pero es que no puedo... Alguien debe hacer algo —dice. Yo no tengo deseos de repetirme. No me parece que una enfermera deba juzgarnos. Cada quien ve la vida a su manera y actúa en consecuencia, tan simple como eso. Como no contesto, ella sólo agrega—: Su abuela y yo confiamos en usted.

María vuelve a bajar la mirada y pasa a mi lado. Parece molesta, tal vez indignada, pero no habla más. Desciende por las escaleras hasta desaparecer después del rellano.

No sé si subir hasta el departamento de mi abuela o regresar al nuestro. Al final decido volver y encuentro a mi hermana subiendo las escaleras.

—¿Despierto en sábado a esta hora, hermano? ¿Estabas con...? ¿Estabas arriba?

—Me despertó María. No, no terminé de subir.

—¿La enfermera?

Asiento. Las últimas palabras de la conversación con ella resuenan en mi cabeza: Su abuela y yo confiamos en usted. Su abuela y yo confiamos en usted...

—¿Te dio las llaves? Desde que se acabó, mamá lleva insistiéndole para que las regrese.

Extiendo la mano y las enseño. Después uso las mías para abrir nuestro departamento y cuelgo todas en el portallaves de la entrada.

—¿Sabes algo de mamá? —pregunto mientras me quito los zapatos deportivos.

—Sí, habló con el tío David.

—Entonces, ¿la cripta está a nombre de la abuela?

Mi hermana no responde, se sienta en la pequeña sala de la casa, se quita los zapatos, dobla las piernas para poder abrazarlas y apoya la cabeza sobre las rodillas. Me mira fijo.

No. Vamos a tener que conseguir dinero para otra —dice, como queriendo escupirlo de una sola vez y no repetirlo nunca.

Y para lo demás, también para lo demás. —Su abuela y yo confiamos en usted. Su abuela y yo confiamos en usted: la voz de la enfermera persiste.

Ambos callamos. Me siento en otro sillón e imito su forma de sentarse. Reflexiono sobre el dinero que no tenemos, pero termino pensando en mi propia muerte, con los ojos clavados entre mis pies.

Yo no quiero una cripta, quiero que me entierren. —Las palabras despegan de su camino por el tapete a los ojos de mi hermana, quien ahora me mira esperando que le explique. Lo hago—. Las criptas me parecen antinaturales. Frías. Algo que te separa de la tierra y de los vivos, rompe el ciclo orgánico que se ha de seguir. Si te entierran formas parte de la vida; tu cuerpo, quiero decir. Es algo natural, parte de un todo.

—¿Y para qué me dices eso? —contesta, mientras reanuda su búsqueda en la alfombra.

—No sé, para que lo sepas por si vives más que yo y no tengo otra persona que se preocupe por mi muerte o mi cuerpo.

—Mmm... no quiero seguir hablando de eso. Voy a dormir un rato —dice, baja las piernas y se dirige a su cuarto. Nunca le ha gustado hablar de la muerte propia ni ajena.

Pienso en María, en la abuela Carmen y en su departamento desmembrado, casi vacío. Siempre he creído que los muertos también pueden sentirse solos.

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Aún no es medianoche

Por Adriana Echánove - 27 de Marzo, 2010, 15:32, Categoría: Paquete Cuento

Ésta es una historia que se ha contado mil veces: una princesa que pierde su zapatilla, el príncipe que busca con desesperación a la dueña, una zapatilla que encaja sólo en el pie correcto, y todo reunido en el final feliz de un cuento de hadas. Con el tiempo han surgido variantes, ésta es sólo una de ellas.

Una princesa con las uñas pintadas de rojo está sentada bajo un farol; su vestido es rosa, desgarrado y sucio; usa una sola zapatilla en el pie izquierdo, hunde su cara entre las piernas recogidas que sus brazos rodean. Quizá llore, pues tiembla, mas no se percibe el sonido del llanto, tal vez sólo sea frío.

Las personas pasan sin notarla, también transcurre el tiempo y, aún con la cara escondida, baja una mano; con ella parece limpiarse el maquillaje corrido. Más movimiento y ella al fin descubre su rostro. Con un estilo lento, cotidiano, lleva el cigarro a sus labios partidos. Lo enciende. Mira arriba, al silencio, mientras aspira los primeros hálitos de aire tóxico, y la punta del tubo que se lo otorga brilla en un naranja de fuego. Su peinado cedió hace horas y no usa tiara.

Aún mirando las estrellas, su boca pierde una vez más el humo y ahora exhala, Cuántas zapatillas me quedan, dime cuántas malditas ampollas tienen que soportar mis pies antes que ellos decidan que, al final, la estúpida zapatilla no era más que un simple zapato. Baja la cabeza, remueve el calzado incompleto y se levanta poco a poco. Camina dejando pequeños puntos rojos en la acera, y en su cara se ilumina un esbozo de sonrisa dolorida. Tararea una canción melancólica. Arranca una flor del macetero de la esquina y arroja la colilla hacia la calle. Los coches zumban; aún no es medianoche. Deja el zapato donde la flor vivía hace unos instantes, camina hasta el siguiente farol y espera. Un hombre que se ha acercado le dedica unas palabras, ella sonríe, le ofrece la flor y ambos caminan hasta un coche blanco.

Él sale de un edificio, sube al carro y, mientras arranca, deja caer la rosa por la ventana. Arriba, en el cuarto piso, una figura apoya su mano contra el cristal y usa ropa que parece haber sido rosa, Cuántos finales felices se necesitan para encontrar mi zapatilla, pregunta la princesa sin tiara que ahora abre una botella de whiskey y bebe sin respirar; unas gotas escurren por su barbilla hasta perderse en los harapos que le cubren el cuerpo, al fin separa aquel cuello de sus labios partidos, No hay tal zapatilla, yo debería arrancarme la idea de que alguna vez la hubo. La garganta de vidrio regresa a sus labios. En la mesa de noche hay un jarrón con rosas rojas que ansían terminar de morir. La princesa llora. Esta vez se escucha su dolor.

El vestido rosa tiene una flor en la mano y esperan bajo un farol, recargados en la pared. Un hombre se acerca y, sonriendo, la mujer le entrega la rosa. Ambos caminan hasta un coche blanco.

Él sale del edificio con anuncios de luces neón mientras una figura apoya su mano contra el cristal. Cuántos zapatos sin zapatillas ha usado esta princesa, Cuántos zapatos más antes de la medianoche, pregunta una flor entre el maquillaje escurrido.

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Lealtad

Por Mariana Mejía - 23 de Febrero, 2010, 20:48, Categoría: Paquete Cuento

ERA UNA FIERA de raza fina.

Al caminar por las calles con su ama, todas las miradas quedaban enjauladas en su andar soberbio.

Unieron sus cuerpos muchas noches, para capturar el deseo que por voluntad propia dejaban escapar durante el día. Los ronroneos y aullidos de placer escandalizaron muchas veces a los vecinos.

Pese a la devoción que profesaba a su dueña, este animal hermoso se sintió pronto en las garras de la indiferencia, presa en las fauces del qué dirán.

Tenía caricias, por supuesto, pero sólo cuando era voluntad de su ama o se desvanecía el peligro de los ataques verbales que las acecharon siempre. A esta criatura le sobraron alimento, abrigo… y soledad.

La fiera comenzó entonces a responder, con gruñidos, cualquier acercamiento. Fue su dueña quien, harta de sus reacciones, le dio el primer golpe a puño, a zapato limpio. Después llegaron gritos, hambre, frío, días enteros de abandono.

En cuanto insinuó que la echaría de su lado, experimentó la rabia más profunda. El colmo de su dolor fue verla pasear con una bestezuela de mínima valía.

La reacción fue impetuosa.

Aquella mujer amaneció muerta... junto a su bellísima hembra, quien, fiel a su nobleza e instinto, se había reventado el cerebro de un balazo.

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El Serafín

Por Jesús Leonel Puente Colin - 16 de Octubre, 2009, 16:59, Categoría: Paquete Cuento


En el cielo un Serafín lloraba. Entre sus manos sostenía una hoja a la que se le iban borrando, una a una, las palabras que tenía escritas. Cuando la hoja quedó en blanco, un viento gélido  se apoderó de ella y se la llevó.

En la tierra, un escritor rompía una hoja y la tiraba al cesto de basura. Luego, arrojaba su pluma sobre una mesa, encendía un cigarro, apagaba la luz y, en penumbras, se dirigía a su cama para recostarse sobre ella.

Mientras fumaba y estiraba su cuerpo, reflexionaba: "¿Acaso no es tiempo ya de dejar de seguir engañándome con la idea de que algún día seré un gran escritor?...-Nada de lo que escribo vale la pena."

Al terminar su cigarro, levantó las cobijas y se metió en ellas. La ventana estaba abierta y se colaba por ella un frío intenso, pero al escritor le dio flojera ir a cerrarla. ¡Que me muera de frío si de frío he de morir! ¡Pero yo no me levantó a cerrar esa maldita ventana!.-(pensó).

Pasados unos minutos, el frío se agudizó y el escritor tuvo que levantarse a la fuerza porque no podía conciliar el sueño.

Afuera, lloviznaba apenas, y la luna creciente brillaba en lo alto del cielo. El escritor se quedó un rato mirando la llovizna y la luna, se preguntó cuantas personas, en ese mismo instante, las estarían viendo también a través de una ventana abierta.

El viento frío arreció aún más y, entonces, cerró la ventana (aunque abrió por completo las cortinas) y se fue a recostar de nuevo.

Con la mirada fija en la ventana y con la muerte en blanco poco a poco se fue quedando dormido.

El Serafín bajó a la tierra y miró a través de la ventana del escritor. Después, cruzó las paredes de la casa hasta encontrar el sitio dónde estaba el cesto de basura y recogió los pedazos de papel. Con gran paciencia los fue reconstruyendo hasta completar la hoja.

Volvió a leer aquel poema que lo había hecho llorar y volvió a leerlo una y otra vez.

De pronto, sintió que alguien estaba detrás y se quedó quieto. Lentamente se dio vuelta y encontró al escritor apuntándole con un revolver.

            ¿Que haces aquí?. -preguntó malhumorado el escritor. -¿Quién eres? ¿Te escapaste (acaso) de una fiesta de disfraces o qué?.

El Serafín no respondió y salió volando atravesando el techo. Pero a medio camino entre el cielo y la tierra se dio cuenta de que había olvidado el poema y, sin detenerse a pensar, regreso montado en uno de los rayos de la tormenta en que se había convertido la suave llovizna nocturna que gemían las nubes.

Aterrizó, directamente, frente al escritorio dónde había estado leyendo el poema, pero no lo encontró, buscó en el cesto de basura creyendo que el escritor había vuelto a romperlo pero tampoco estaba ahí. Cruzó algunas paredes hasta llegar al dormitorio y halló dormido al escritor: Con una mano sostenía el revolver y, entre su cabeza y la almohada, estaba la hoja con el poema.

Las alas del Serafín se mecieron de alegría pero les ordenó que se detuvieran de inmediato para evitar despertar al escritor. Se acercó el Serafín y, con extrema cautela, agarró la hoja y la fue deslizando poco a poco hasta que quedó totalmente liberada. El escritor se despertó y levantó el arma, pero fue demasiado tarde porque el Serafín ya volaba a toda velocidad hacia el cielo.

En la tierra se oyó un disparo potente que dio en el techo. La bala desprendió algunos pedazos de cemento que cayeron sobre la cara del escritor y éste, muy enojado, dejó salir una maldición de su boca. -¡Carajo, déjenme dormir en paz!- Se limpió la cara, sacudió su almohada y se quedó dormido con el brazo derecho extendido y el revólver, aún humeante, apuntando hacia el techo.

En el cielo, el Serafín convocó a una legión de ángeles así les habló:

Quiero compartir una gran alegría. Escuchad con atención pues, apenas halla terminado de hablar, mis palabras serán olvidadas.

Los ángeles se miraron entre sí, sin comprender lo que acababan de escuchar. -¿Acaso puede entrar algo fugaz y transitorio en el Eterno Reino de los Cielos? (Parecían preguntarse con la mirada), hasta que el Serafín comenzó a leer y toda la atención en él se concentró.

Antes de concluir la lectura, no había ángel alguno qué no estuviera bañado en llanto. Pero, en efecto, al terminar de hablar el Serafín, todo lo que había dicho ya estaba alejándose sobre las alas del viento gélido del olvido. Ni el Serafín ni los ángeles recordaban una sola palabra pero estaban conmovidos.

Durante un buen rato, permanecieron en silencio, hasta que un pequeño arcángel niño, perdido entre la multitud, levantó el vuelo y fue a posarse cerca del Serafín. Haciendo una reverencia, en señal de respecto, así le habló:

            Señor, ¿Quién ha escrito tan extrañas pero tan hermosas palabras?

El Serafín miró al niño Arcángel con infinita ternura y luego le contestó:

            Hay misterios que no conviene saber, hijo mío.

El niño Arcángel quiso dar la vuelta y marcharse pero no pudo, algo en su interior la obligó a preguntar de nuevo:

            Señor ¿Quién ha sido? Las palabras no puedo recordarlas pero no puedo olvidar su existencia.

El Serafín cerró los ojos lentamente y luego, suavemente, los abrió, puso una de sus manos sobre el cabello de niño Arcángel y contestó:

            Tu cuerpo que envejece solitario y sin alma allá en la tierra.

Se oyó una exclamación general entre los presentes y el niño Arcángel quiso preguntar ¿Porque?, pero no tuvo valor. Miró al Serafín con miedo, pero en sus ojos vio resplandecer una luz que lo consoló y le hizo comprender muchas cosas más allá de su entendimiento. El Serafín metió una de sus manos dentro de su pecho y extrajo una llama que deposito entre las tiernas manos del niño Arcángel, y éste, voló hasta la altura de aquél rostro venerable y besó su frente. Después giró y se alejo. Todos los demás ángeles hicieron lo mismo.

En la tierra, el escritor despertó hasta el mediodía, aún tenía el brazo levantado con el revólver apuntando al techo. Una capa de hielo envolvía su brazo y no recordaba nada de la noche anterior, excepto que en la madrugada había sentido mucho sed y que se levantó para ir a la cocina por un vaso de agua.

Una loquera más de mi delirante imaginación.

Escrita jueves 30/Sep./1993     8:00 P.M.     

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Las Entrañas de la Melancolía*

Por Leonel Puente - 29 de Septiembre, 2009, 16:57, Categoría: Paquete Cuento

Ellos vendrán al sonar la medianoche. Nunca fallan. Salen de los espejos que hay en todas las paredes de ésta enorme mansión. No dicen nada, no responden a mis preguntas. Son idénticos a mí y, sin embargo, NO SON YO.

Siempre me arrancan de mis sueños, me atan las manos, me vendan los ojos y me llevan caminando hasta un extraño claro de bosque. Allí me destapan los ojos y, aunque el espectáculo que contemplo siempre es el mismo, jamás podría acostumbrarme a él porque cada vez podría ser la última... Incendiadas por una azulada luz mortecina, hay cientos de tumbas con mi nombre grabado sobre sus cruces de madera y, lo peor, es que siempre hay una fosa recién abierta en donde me arrojan por más esfuerzos que haga por escapar.

Al caer dentro de aquella odiosa cavidad, sería una bendición que simplemente me enterrarán, pero mis crueles verdugos arrojan sobre mi una infinidad de cuerpecitos rojos que se mueven enfurecidos a mí alrededor. ¡Y si hay algo que aborrezco en éste mundo son las malditas cucarachas!.

Es apenas un instante pues, casi de inmediato, quedo totalmente cubierto y asfixiado por esas repugnantes criaturas y pierdo toda conciencia de realidad, ¡pero es infernal ese instante!. Ni a quien más odiase le desearía una suerte parecida.

Por alguna razón incomprensible, no muero allí, sino que despierto de nuevo dentro del castillo y, mientras recobró la lucidez de mis sentidos, ellos se vuelven a meter dentro de los espejos y se van perdiendo poco a poco en su fría inmensidad.

Cuando me restablezco por completo, busco en el armario una de mis velas azules y la enciendo en medio de la oscura madrugada. Perdido en la contemplación de esa pequeña luz, que caprichosamente se mueve sin cesar, espero el amanecer y siento un poco de paz.

Todos los días, al salir el sol, me salgo a caminar por los alrededores del castillo con la esperanza de encontrar ese sitio que es tan terrible por las noches, pero sólo encuentro hermosos jardines cubiertos por una gran variedad de flores.

Siempre he querido huir, pero cuando empieza a anochecer, un poderoso imán me arrastra  de nuevo al sufrimiento. ¿Quién decide mis pasos? ¿Porque no puedo desobedecer aunque quiera hacerlo?

Así cómo la llama de una vela se defiende contra una ráfaga de viento, así se defiende mi espíritu contra su extraño  Destino.


*Borrador incompleto fechado el 15/Feb/91.

Encontrado junto a una versión casi jeroglifica de La Mujer de las Sombras Largas.

Reconstrución retrospectiva del texto 29-Sep-2009.



 

 


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La Mujer de las Sombras Largas

Por Jesùs Leonel Puente Colin - 8 de Septiembre, 2009, 12:57, Categoría: Paquete Cuento



 En uno de esos días en que los rayos del sol recorren el cuerpo cual remotos recuerdos de un glorioso ayer, salieron del horizonte dos destellos: esos ojos, y más que esos ojos, esa mirada, nunca olvidaré aunque quisiera.

 Desde un principio sospeché algo turbio en esa deslumbrante mujer, pero no fue sino hasta que desapareció un viejo amigo, cuando empecé a seguir cada uno de sus pasos.

 Vive en el bosque que está a las afueras del pueblo;  su casa es extraña, pero muy hermosa: es una especie de cabaña que tiene muros de un cristal muy resistente y sólo el techo y las esquinas, donde se juntan las transparentes paredes, son de madera. ¿Quién la construyó y cuándo? Sólo ella lo sabe.

Se levanta con la aurora, e inmediatamente se baña mezclándole al agua una esencia de rosas que puedo respirar hasta el lugar donde me escondo para observarla. Sus movimientos son tan sensuales y sutiles que se necesita mucha voluntad para no quedar fascinado y atraído hacia ella.

Invariablemente se viste de negro y sale a pasear todos los días alrededor del bosque hasta que (supongo) se cansa o se aburre. Entonces regresa a su casa y toma sus pinceles para pintar un mar. Siempre pinta mares, tiene decenas de cuadros regados por toda su casa. La primera vez que pude entrar y los vi, sentí una desazón inefable porque todos ellos poseen un encanto sin par, pero también vida propia:  cambian de color y sus olas realmente se mueven y adquieren formas humanas o monstruosas. Instantes después, las aguas se calman y, sin embargo, el conjunto original se ha transformado.

Creí que todo era causado por mi enfebrecido cerebro y por el temor que le tengo desde que encontré, sobre un caballete, el medallón de oro que mi amigo llevaba puesto el día que desapareció; pero, una noche, sucedió algo que me convenció de que no estaba alucinando sino que, en verdad, esos mares pintados tienen una tenebrosa vitalidad: ella llegó acompañada de un hombre que reía y vociferaba, que la besaba locamente sin comprender que no era correspondida su pasión; de pronto, el cuerpo de aquel desconocido quedó paralizado y, a través de los labios, ella le extrajo una especie de humo azulado hasta que lo dejó inerte.

Una vez concluida aquella macabra acción, arrastró los restos, ya sin alma, hasta un pozo ubicado a un costado de la cabaña y sin ceremonia alguna ahí los arrojó. Ella parecía no sentir frío, aunque soplaba un viento helado, y  la expresión de su rostro era serena, como la de las vírgenes de la iglesia. Lentamente regresó, dio los toques finales a una de sus pinturas y desnuda durmió sin sobresaltos.

Cuando despertó, al día siguiente, no cesó de llorar. Al atardecer, cubrió su cuerpo con una túnica de inusual blancura y salió a caminar dando pasos rápidos y ansiosos. Poco antes del crepúsculo, cuando las sombras son más largas, se detuvo en un desolado claro del bosque y,  entonces, desató su frágil vestido para que, de su piel de espuma, pudiera brotar una multitud de espectros conformada por todos los amantes fugaces con los que se había cruzado a lo largo de su existencia.

Espero que no acabe con todos los habitantes de este remoto pueblo minero. Por mi parte, no sé si deseo matarla o amarla: si fallo en el intento de matarla, no imagino qué pueda llegar a hacer conmigo; si la busco para amarla, puede ocurrir que lo único que logre sea convertirme en una sombra más.

No sé quién o qué es, pero no puedo evadir su imagen ni esos intrigantes ojos color esmeralda. Quizá ya no tarda en irse, pues ya casi no queda espacio en su hogar para colocar una más de sus insondables creaciones y, últimamente, sus actividades son escasas y monótonas. Además, antes de dormir (cosa que antes no hacía), enciende una vela y no quita la vista de la flama hasta que la cera se consume, mientras que su rostro adquiere una expresión de profunda pena. Al verla así, me pregunto si es preferible un dolor elevado a una felicidad común y corriente, pero no logro responderme; sólo sé que nunca he conocido una soledad más absoluta que la suya.

 

Ultima y definitiva versión. Madrugada del Viernes 13 = Julio = 2007.

También dedicada a Mayra, por su piel de espuma, como bien dice y ratifica ésta otra historia.

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El Cerro de las Campanas

Por Adriana Echánove - 7 de Septiembre, 2009, 16:16, Categoría: Paquete Cuento

Eran las 12:34a.m. Me encontraba paseando frente a la que antes fue la casa de la Corregidora. Ese hombre me había vuelto a dejar esperando, pero esta vez sería la última. Dejé atrás la fuente donde se mantiene erguido el Marqués, entre sus cuatro perros cazadores escupiendo agua. Me dirigía lentamente al Jardín Senea cuando oí unos chasquidos secos, similares a los que emite una fogata cuando la leña se encuentra algo húmeda. Parecían venir de arriba de mi cabeza. Levanté la mirada intentando discernir de dónde provenía aquel ruido; sólo la luna llena se observaba suspendida en las alturas. Qué extraño, pensé mientras cambiaba de dirección. Al Cerro de las Campanas, me dije sin meditarlo demasiado, siempre me ha gustado ir ahí cuando me siento triste. El ruido volvió a presentarse, haciéndose más y más frecuente a cada paso.

Tras varios minutos de caminata acelerada —el crujido me había puesto nerviosa—, alcancé la reja que delimita el cerro. Apoyé un pie apresuradamente en la barda de la que nacen los ya conocidos tubos verdes y, con la facilidad que otorga la costumbre, salté la reja. Ascendía por la escalera que lleva hasta la capilla aquella en la que Maximiliano, Mejía y Miramón fueron fusilados 140 años antes—, cuando percibí un sombra recortada contra la luz de uno de los faroles del centro religioso. Agachada, fui acercándome a una de las cuevas laterales. No recordaba haber visto nunca un velador.

Desde mi escondite traté de ver con mayor claridad aquella sombra y encontré otras dos siluetas. No pueden ser veladores, a lo más puede haber sólo uno, pensaba cuando uno de los contornos movió el brazo, dejándome ver con la luz que bañaba el fondo, una especie de túnica colgando de él. Murmuraban. Las voces parecían femeninas.Una de ellas se sobaba las manos, extraño, puesto que no hacía frío. Otra figura levantó los brazos y, de atrás de la capilla, aparecieron pequeñas figuras que cargaban a un niño. Decidí acercarme.

Corrí, lo más encogida que pude, hasta una gran piedra más arriba. Desde ahí pude ver con facilidad que eran tres mujeres, con oscuras túnicas mal cuidadas, como si se hubiesen pasado sobre las llamas, dejando hoyos en algunas partes y una desagradable firmeza en la tela que aún permanecía. Parecen... no, no pueden ser eso. Y los otros seres, son como... enanos, o gnomos. Qué diablos está pasando, me pregunté mientras una de ellas sujetó al niño. No tendría más de siete años y estaba amarrado de pies y manos, en la boca parecía traer un suéter amarrado. La mujer puso al chiquillo en el piso y se agacho sobre él. Cuando se levantó pude ver que había mordido su cuello puesto que alcanzaba a ver la mancha líquida, que manaba de él, avanzando con frialdad por el suelo. Apenas ví la sangre, otra arpía le sacó los ojos al niño que, pese a la inusual mordaza, alcanzó a emitir un agudo lamento. Introdujo uno de los ojos en su boca y lo masticó, ofreciéndole el restante a la que aún no había lacerado al indefenso infante. No sé si fue la impresión la que me mantuvo observando hasta ese punto, pero era el miedo quien ahora me decía que corriera. No podía hacer nada por salvar al pequeño. Gateé lo más rápido que pude hacía la reja verde, tratando de utilizar las cuevas y piedras como amparo. Brinqué la barda más rápido que nunca, mi pantalón se atoró con uno de los picos, cuando caí al otro lado corrí con pierna y pantalón desgarrados.

Me encontraba a unas cuadras de mi casa cuando escuché de nuevo el chasquido, miré el cielo y esta vez descubrí qué lo causaba: tres enormes bolas de fuego volaban en dirección contraria a la mía. Recordé la historia que me contaba mi madre cuando no quería obedecer: Son las 11:30p.m., si no te duermes, las brujas van a venir por ti y se comerán tus ojos en el Cerro de las Campanas.

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Entre la penumbra gris de todas las mañanas

Por Guillermo Gòmez Icazbalceta - 5 de Septiembre, 2009, 13:13, Categoría: Paquete Cuento

Veo que miles de autos frenan su avance cada dos segundos; veo a la gente agitarse para abordar los micros; percibo en el aire el olor a tamales y agua encharcada. Miro a la gente bajar de prisa las escaleras, la imagino amontonarse a las puertas del metro.
Aburrido de esperarte, se me ocurre pensar que, entre toda esta histeria, casi todas las personas que veo pasar han hecho varias comidas en los últimos días, esa es la única explicación para verles correr y arrancarse la piel cada mañana, para llegar a tiempo a algún lugar, las veo saludarse con ademanes mecánicos o con sonrisas fingidas, las oigo contarse los últimos instantes de su vida. Nadie sabe si una emoción dolorosa o placentera se esconde bajo los ojos cubiertos de unas gafas piratas y jeans de mala imitación: un aumento de sueldo, un despido, una muerte repentina... Aunque todos se mezclan sin revolverse entre la multitud, se huelen y se sienten, pero no se tienen, sólo se dejan llevar indiferentes, hasta su destino incierto.
Estaba metido en estas cavilaciones mientras esperaba que, como cada mañana, llegaras a las escaleras del metro, me sorprendieras con un beso sutil en la mejilla y luego me ofrecieras tu boca para calmarme un poco antes emprender la marcha. Pero eran las nueve y siete, sabía que atentabas contra los mandatos de tu neurosis:"ni un minuto después", decías, pero el azar es lo que mejor conocemos en esta ciudad, así sea un choque o una marcha de campesinos, pero cuando pensaba estas palabras mi reloj marcaba las nueve y treinta.
El sol había levantado sus rayos calentando el asfalto mientras me entretenía viendo en las primeras planas de los periódicos cuerpos decapitados y sangre seca en el piso, amores apasionados de artistas de televisión y fracasos de la economía. Las nueve cincuenta. ¿Quién te crees que eres? Regreso a las escaleras, voy y vengo entre los puestos de comida; entiendo que existen los imprevistos, que los micros se retrasan, que tantas cosas así suceden, pero tú no eres así, aunque últimamente debo agitar mi cabeza en busca de ideas que me ayuden a verte.
Voy a fumar aunque no sea el mediodía, aunque eso no evite que siga pensando que últimamente no te he visto como antes, cada vez es menos natural, es tu trabajo y el mío, lo sé, y es que cada día hay mas gente en esta ciudad; creo que no estoy pensando bien, tal vez me dejo llevar por la ira acumulada de estos años, entiendes eso porque veo que sonríes en mi mente, pero el estallido de un claxon que me deja sordo un instante te saca de mi cabeza, miro las escaleras, decido que debo irme pero mis pies no se mueven, te doy como límite lo que dure este cigarro que me ha secado la boca. ¿Por qué no me dices las cosas de frente? Tal vez un hoyo se ha abierto entre nosotros y no somos capaces de notarlo; yo quiero que estemos bien. ¿Por qué hoy? Es nuestro día libre ¿Dónde estás? Ya no quiero mirar el reloj, ya no quiero fumar, necesito aire para pensar, aunque es como un ideal poder respirar aire en esta ciudad, y de sarcasmo en sarcasmo me doy cuenta que no tengo ni un peso para irme, y antes de golpear la pared sé que conseguir un boleto del metro es cosa fácil; después, en lugar del microbús podría caminar…


El ulular de varias patrullas y una ambulancia recorre la avenida a toda velocidad, quiero irme pero no lo hago así que corro a la banqueta y veo que se han detenido a dos cuadras adelante, sobre tu camino habitual, pero tú ya tienes un retraso de más de una hora y entonces recuerdo que no vivimos en disneylandia, pero sería tanta la coincidencia si… ¡ves lo que ocasionas por no llegar a tiempo!
El domingo es tu cumpleaños, ahora lo recuerdo, debo pedirle el auto a mi tío, porque esta vez si nos lanzamos a la playa; apenas alcanzo a percibir que es una mujer joven, tal vez un loco manejando en sentido contrario, los paramédicos no se mueven, quizás llegaron muy tarde; a esta hora ya estaríamos terminando de almorzar, pero por alguna razón el hambre se me ha ido, en realidad siento una pequeña presión en el abdomen, justo aquí; estoy tranquilo porque finalmente entre tantos millones que habitan esta ciudad sería una maldita coincidencia, aunque por un instante pienso como sería mi vida si desaparecieras, repentinamente, como la mujer que está tirada en el asfalto; respiro hondo, aprieto los puños… ya son las diez treinta, ¡claro que tendré el valor de acercarme a la sangrienta escena!
Camino entre los puestos y de un puesto de perfumes de contrabando me llega el olor a tu perfume, no había reparado en lo increíble que huele, al olerlo te veo con esa falda roja, que tan bien sabes usar, pero debo subir las escaleras, cruzar al otro lado; de pronto, apenas doy un paso, desaparece el ulular de las sirenas cuando tu mano toma la mía, nuestras miradas se encuentran y me sonríes y tratas de darme explicaciones, pero no te dejo pronunciar una sola palabra, cierro los ojos y te beso para sentir por primera vez como es besarte apasionadamente cuando llegas tarde y ante tu mirada de desconcierto te abrazo y te susurro al oído que muero de hambre
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LA TORRE

Por Jesús Leonel Puente Colin - 14 de Agosto, 2009, 13:16, Categoría: Paquete Cuento

Un cerillo brilló en la oscuridad y un cigarro cobró vida en los labios del vagabundo, quien buscó entre sus bolsas un pedazo de carne que ya empezaba a descomponerse y, con asco, la arrojó a un montón de basura que había en la orilla de la banqueta. Todavía quedaba un poco de tequila en la botella y, de un sorbo, se la terminó esperando luego que sucediera el milagro y la botella volviera a llenarse, pero ésta permaneció vacía. Desilusionado, la estrelló en el piso y siguió caminando por las calles. Sentía frío y hambre pero era mayor el cansancio y lo que más le importaba era hallar un sitio donde pasar la noche.

Dando vuelta en una esquina, encontró un puesto de revistas abandonado y se metió en él. El frío se calmó un poco ahí dentro y, acurrucándose como un bebé, se quedó dormido.

Cuando despertó, no tenía ganas de moverse ni de salir; durante horas permaneció acostado oyendo el ruido del mundo exterior y cerrando los oídos al gruñido de su estómago que le pedía un poco de alimento.

Por fin, cuando cesaron los ruidos exteriores y su estómago cansado de pedirle clemencia prefirió callarse, con una mano tanteó sus bolsillos hasta que encontró un pedazo de cigarro que guardaba; con gran esfuerzo se logró sentar y lo encendió. Quiso llorar, pero, no pudiendo hacerlo, empezó a reíse amargamente de su suerte. El cigarro se acabó, quemándole los dedos sin que apenas se diera cuenta y, sintiéndose inmensamente solo, encendió otro cerillo para tener al menos esa fugaz llama por compañía.

Algo le llamó la atención: un bulto blanco hecho con papeles. Acercó  el cerillo y retiró las hojas llenas de letras ilegibles. Eran unos zapatos... ¡unos zapatos nuevos! ¿Quién los habría dejado allí olvidados?... Se quitó los suyos y se los probó. Resultaron un poco grandes pero estaban cómodos. Se sintió muy contento y se levantó para salir a caminar con ellos.

Al salir del puesto de revistas abandonado se despidió de sus viejos zapatos, que tantas calles le habían acompañado y, sin importarle a donde ir, se dejó llevar por los nuevos.

Por el momento el hambre y el frío podían seguir esperando la oportunidad de ser escuchados.

Mientras caminaba, el vagabundo recordó entonces muchas cosas que había hecho y, al voltear cuando caminaba junto a un edificio, observó que, en su cabeza, ya media cabellera tenía la blanca huella del tiempo. Quiso detenerse, para mirarse con calma, pero no pudo, algo le impedía detenerse. "-¿Como es que no me había dado cuenta? - se preguntó  -¿Tanto me he abandonado?- ¡Cómo es posible!".

Siguió andando, pero, cuando llegó a un cruce de avenidas, no pudo detenerse para dejar pasar un trailer que venía a la velocidad de  un demonio furioso.

¡Por muy poco no quedó decorando el asfalto con su piel! Sentía que los pies le ardían y miró hacia abajo. Lo que vio, lo asustó como nunca en la vida: aquellos zapatos despedían llamas amarillas, que iban dejando un rastro de fuego por donde pasaban. Quiso quitárselos, pero no pudo; y cada vez que intentaba agacharse para zafárselos, los zapatos lo arrastraban más pronto a su capricho.

Después de la sorpresa inicial, llegó a tal grado de desesperación, que no pudo más que cerrar los ojos y rezar la única oración que se sabía, la que le había enseñado su abuela muchos años atrás. Atravesó calles y calles hasta que se acabó la ciudad y, cuando creía que ya nunca volvería a detenerse, los zapatos frenaron su carrera.                          

Al abrir los ojos se encontró frente a un bosque visitado por el otoño. Era tan hermoso que, en vez de pensar en quitarse aquellos malditos zapatos, se quedó perdido en la contemplación de aquella maravilla. "-¿En qué sueño he visto esto?- pensó, pero apenas lo hizo, los zapatos emprendieron su frenética marcha".

El vagabundo tuvo un ataque de tristeza al saber que, de aquel bello bosque, nada quedaría y él mismo sería el artifice de su destrucción, pero no cerró los ojos para al menos irse despidiendo de todo antes de que desapareciera.                 

Al final de la línea de árboles, a lo lejos, una torre blanca se erigía solitaria y, al llegar hasta ella, los zapatos se volvieron a detener. El vagabundo escuchaba a su espalda el crujir del incendio que su pasó había provocado. Sólo entonces pudo desembarazarse de aquellos zapatos endemoniados y los arrojó lejos.

El silencio que envolvía todo aquel paisaje era aplastante y, por eso, motivado por alguna extraña esperanza, prefirió empujar la puerta de la torre y entró en ella acompañado por un suave rechinar de bisagras.

En el interior, el piso fresco de mármol dio alivio a sus pies cansados y, en una fuente tallada en piedra negra con forma de mujer, bebió un agua clara y reconfortante.

La torre era una enorme fortaleza circular que iba decreciendo a lo alto. No había huella de alguien hubiese estado recientemente allí, aunque todo relucía como si fuese nuevo o no tuviera relación con el tiempo.

Había una escalinata blanca que ascendía y a intervalos regulares había pinturas muy bien detalladas. El vagabundo, movido por la curiosidad, subió por los escalones lentamente y contempló con detenimiento varios cuadros hasta que, al estar más o menos a la mitad de la torre (que cada vez era más estrecha) se dio cuenta que eran escenas de su vida, de esa vida suya, que desde hacía mucho tiempo sólo la vivía como sombra de hombre, como máquina sin espíritu.

El primer cuadro, al pie de la escalera, era de un bebé llorando en los brazos de su madre y, mientras ascendía, los años de su vida iban avanzando también en aquellas imágenes. El cuadro que ahora observaba, era el de un muchacho melancólico, sentado a la orilla de un río que en sus ojos tenía la fiebre del deseo: esa ansiedad que demanda una respuesta del ser amado, esa oscilación entre ser recibido o rechazado, esa condena a vivir en función de la respuesta... o silencio del otro.

Siguió subiendo y encontró otro cuadro que le llamó la atención más que los otros: un hombre, con el cabello empezando a encanecer, miraba como se alejaba un cortejo fúnebre. Un manto verde cubría el ataúd, tal como ordena la costumbre cuando se trata de una mujer virgen.

La torre era cada vez más estrecha y cada cuadro más complejo que los anteriores, pero el vagabundo quería llegar hasta arriba. Le parecía que estaba dentro de un sueño y que, si llegaba hasta el final, se despertaría, por eso fue que apresuró

Aceleró el paso y dejó de poner atención a los últimos cuadros para llegar hasta donde no hubiera más escalones que subir y, en efecto, allí, en lo más alto de la torre, comprendió que estaba soñando y que la realidad era que su cuerpo yacía congelado dentro de un olvidado puesto de revistas en el otoño del año 92.

Sintió de nuevo una intensa hambre, pero ya no física, sino de saber más de sí mismo y se dispuso a bajar la escalinata poniendo cuidado en grabarse cada detalle de las imágenes de su vida. Sintió sed, pero no se preocupó porque sabía que no tenía sentido apresurarse: debajo estaba aquella fuente negra tallada en piedra con forma de mujer... esperándolo. Y aquella torre sería durante mucho tiempo, y quizás por siempre, su única morada.

Marzo del 93. 

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Para los muertos parlanchines

Por Alejandro Augusto Enciso Sandoval - 6 de Agosto, 2009, 19:49, Categoría: Paquete Cuento

He observado que la gente tiene cierta preferencia por ser palmeada en la espalda cuando se siente triste o alegre. Es en el sentido literal y metafórico. Y es que uno crece creyendo que se debe reconfortar a los enfermos y los afligidos; un pensamiento cristiano de piedad. ¿Pero qué pasa cuando esas personas que se "sienten" afligidos y tristes, no lo están tanto? ¿Cómo saber que no son sino un engaño de chantaje?

Hace dos años que perdí un amigo en el frente de batalla. Se cumplieron dos años de que decidió salir volando de este mundo y enfrentarse al destino común de todos los mortales. En realidad cuando platicaba con él, se mostraba un poco ajeno a sus problemas personales y no era muy comunicativo al respecto; sólo hablábamos de cosas un tanto mundanas, lo de siempre. Pero un día se mostró más abierto y pudimos intercambiar palabras al respecto de nuestras enfermedades y de cuál sería el método más eficaz y limpio para terminar. Tengo que admitir que él resultó vencedor, me ganó...

Pero es eso a lo que me refiero. Soy un cobarde y el tuvo una idea en la que involucraba un verdadero acto de introspección y conocimiento de lo que se hacía, un convencimiento total y sin menoscabos, indetenible. Yo, prefería un acto rápido, sin dar marcha atrás y muy sucio. El creía que mi método era demasíado común y sin sentido, vulgar hasta los límites. Y que precisamente era eso lo que hacía que los suicidios no fueran aceptados, por demasíado dramáticos. No, tenían que ser un acto racional y bien pensados, obras artísticas del pensamiento abstracto. ¡Maldito hijo del diablo! No podía creer que me estuviera diciéndo esas palabras: ¡Eran magníficas!

Y una mañana de lunes nos enteramos que lo había hecho. Todavía recuerdo esa foto en el periódico en la sección "roja" del mismo. Él, en primer plano, recargando su cabeza en el vidrio de su auto amarillo (su beetle de chico fresa), una botella de agua fisiológica sujetada por el vidrio con su catéter bajando hasta el brazo...
Lo había logrado. Fue su decisión y se acepta, ¡pero es que a veces se le extraña tanto!

Y sin embargo, se fue sin decir una palabra a nadie, sin dejar ver sus planes, sin que alguien se enterara de su travesura. Es cierto, los suicidas no avisan. 

Resulta que ahora dicen que se van "muriendo". ¡Vaya forma de plantearse un problema! Vamos, si quieres morirte, mátate sin molestarnos.

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