Desolladero

TORTURA

Por Juan Cervera - 5 de Julio, 2013, 12:15, Categoría: Desolladero

De tortura en tortura.

¿Así es la vida? Dicen.

Dicen que así es la vida:

"Una gran chinga",

que decimos en México,

y también "pinche vida".

Que la vida es muy pinche

y vivir, en resumen de cuentas,

es eso: "Una gran chinga".

Y aquí estamos chingándonos

y chingando. ¡Qué chinga!

Vivir es chingarse cada día

y cada día chingar. Si nos dejan.

De tortura en tortura

turturante es la vida.

Menos mal que se acaba.

Menos mal,  menos mal

que al final descansamos.

¿En verdad descansamos

tras la muerte o, tras la muerte,

comienza otra tortura?

No lo sé, no lo sé y creo que nadie

sabe nada de la vida

y  menos de la muerte.

¡Que gran chinga es la chinga!

Chinga de haber nacido

y chinga de morir.

En realidad venimos a  morir

de tortura en tortura.

No te hagas ilusiones.

No, no creas en los santos tarántulas,

en las chinches eróticas

 o en los escarabajos patrioteros,

que aquí sólo venimos

a lo que al fin venimos

y no a otra cosa

 *

JUAN CERVERA SANCHIS JIMÉNEZ Y RUEDA

Colonia San Rafael  6 Julio 2013. México D. F.

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LA PALABRA

Por Juan Cervera Sanchìs Jimènez y Rueda - 16 de Julio, 2012, 15:43, Categoría: Desolladero

Se ha muerto,

y hoy la sepultan,

la palabra.

Más  bien dicho: la mataron,

y la mataron con saña.

La  mataron, la  mataron.

*****

Mataron a la palabra.

Amigo mío, la  mataron.

La  mataron por la espalda

unos torvos asesinos

que  jamás dieron la  cara.

La matamos entre todos.

Matamos a la palabra

y, con la palabra  muerta,

nuestras vidas  desoladas,

y hundidas en la  mudez

más amarga,

vagan y vagan sin luz

y sin apenas un hilo de esperanza.

Se  ha muerto,

y hoy la sepultan,

la palabra.

*****

JUAN CERVERA SANCHIS JIMÉNEZ Y RUEDA

México D. F.,  16 Julio 2012

*****

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La materia prima del escritor y el poeta

Por Alonso Marroquín Ibarra - 20 de Febrero, 2011, 2:10, Categoría: Desolladero

No es de dudarse que muchas personas puedan hacer una mesa, una silla o poner un conjunto de entrepaños entre dos tablas; es innegable también que otros con un cincel y un martillo puedan hacer muescas o darle cierta forma a la piedra así como una buena parte de la población construye su vivienda con los recursos que tiene a la mano, su sentido común y la ayuda de otros que han emprendido con anterioridad ese trabajo.

Con mayores o menores destrezas quien sea puede emprender un objetivo y lograr un resultado, tratándose de cualquiera de las actividades humanas, y ese conjunto de obras o bienes, utilitarios o no, generado por todos los individuos, formará parte de la cultura, imprimiéndole incluso un sello social ya sea por sus similitudes, los colores utilizados, las formas con tendencia preferente, las estructuras más prácticas, fáciles o útiles. Todos los pueblos a lo largo de la historia han dejado vestigios de ello.

Sin embargo en todos los campos del quehacer humano hay diferencias evidentes en lo producido; así, quien se ha especializado en trabajar las maderas sabrá reconocer aquellas que son más nobles para la talla, podrá escoger las mejores vetas para un trabajo ornamental o de chapeado, desarrollará o aprenderá de sus antecesores las técnicas de ensamblado y manejará las curvas, la escuadra y todos los ángulos para crear un mueble mejor en todos los aspectos.

Llegado a este punto es probable que tenga el atrevimiento de crear nuevas formas, de cuidar más la selección de su materia prima, de perfeccionar el pulido, de realizar diseños con incrustaciones incluso de otros materiales, y lograr un acabado con nuevos barnices, ceras o frotamiento.

Un último estadio sería aquel en donde, más allá del valor utilitario que su trabajo significa, este hombre pensara en una creación inimitable, lo que implicaría poner en marcha todos sus recursos para lograrlo: su talento, las habilidades desarrolladas a través de los años, su creatividad y los conocimientos adquiridos. Si pensamos en un librero, el resultado sería extraordinariamente diferente al que haya realiza un paisano que sólo tomó unas tablas, las medio mal corto y a golpe de martillazos las clavó, a ojo, en los largueros, a la distancia que creyó era la correcta. No hay vuelta de hoja: es de mayor valor el librero del primer caso, aunque utilitariamente ambos sirvan para lo mismo.

De manera análoga podemos comparar un jarro hecho con el barro tomado de la barranca de junto con una pieza de porcelana; la herradura de un caballo con una pieza de orfebrería donde convivan los metales preciosos; una casa de barrio con una residencia diseñada por un arquitecto, no digamos con una mezquita o un templo fastuoso de la India; una lapida del cementerio hecha en serie con una escultura de mármol o vaciada en bronce y, por supuesto, podemos comparar también cualquier acomodo de palabras tomadas por ocurrencia o a la buena de Dios, con faltas de ortografía incluídas, con la literatura y dentro de ella con la poesía.

Todos son productos culturales, sin excepción; todos son manifestaciones de la sociedad que los produce. Unos, simplemente, valen más por sus características intrínsecas y otros, por oposición, carecen de valor.

La materia prima, fundamental, del escritor es el idioma; pero, como en el caso del especialista en muebles, no es suficiente utilizarlo sin ton ni son si el objetivo es hacer un escrito con valor. A final de cuentas incluso los analfabetos pueden producir un resultado que puede ser trascrito por un tercero para que prevalezca en papel, pero lo realmente valioso, contiene mucho más que sólo palabras.

El significado, la gramática, el ritmo, la armonía, la observación, el conocimiento, la sensibilidad, la capacidad de síntesis, la investigación misma,  y, por supuesto, la práctica, son elementos vitales, inseparables, para el escritor.

En el caso opuesto se encuentran: la ocurrencia, el desconocimiento del idioma y el significado de las palabras, la utilización por ignorancia de las aberraciones divulgadas por las televisoras y otros medios de comunicación (locaciones por ubicaciones, terapista por terapeuta, promocionar por promover, Telemarketing por telemercadeo, indexar por indicar, aplican por se aplican, etc.), las faltas de ortografía (coser, cocer; casar, cazar; dé, de; éste, este…), el desconocimiento de la sintaxis (no significa lo mismo: "Zapatos para niños importados de España" que Zapatos importados de España para niños"), incluso  el no saber ni siquiera cómo ni cuándo se utiliza la puntuación, que también le da sentido a lo escrito.

Los resultados del oficio en ambos casos serán extraordinariamente diferentes en su valor.

Escribir, sin embargo, no es limitativo ni excluyente y es válido utilizar todos los recursos para transmitir un contenido que se considere de interés para algún receptor. De tal suerte, la palabra escrita tiene que echar mano de recursos, incluso imaginativos, para reproducir un modo de hablar local o de, pongamos por caso, sectores minoritarios o marginales de la sociedad. Aquí caben la jerigonza, el código utilizado en la telefonía celular o en los recursos propios de Internet, los localismos, las palabras caídas en desuso  que prevalecen en algunas regiones (ansinita, ansí), los modismos, neologismos, etc.,  etc., etc.

Los dadaístas "crearon" "poesía" recortando palabras, metiéndolas en un sombrero y sacándolas de manera aleatoria para, después, escribirlas en un papel. El título mismo era "realizado" de manera similar. Como vestigio social de la crisis moral y el desencanto que vivía la sociedad de la época (período posterior a la primera guerra mundial) y como acto de rebeldía contra el arte burgués establecido, el dadaísmo y su producción  es un testimonio que debe considerarse en su justa dimensión, no más.

La decadencia, en cualquier renglón, conlleva el abandono, el desinterés, lo mal hecho, el "a"i se va" tan mexicano, el camino fácil, y si bien es cierto que vivimos en una época de maravillas y, simultáneamente, decadente, no por ello debemos colocarnos en el lado "pinche" de la balanza.

El camino está y la carreta también. Decidamos cómo queremos viajar: ¿como fardos, arrastrados y dando tumbos?, ¿jalando la carreta como los caballos, con sus estrechas viseras?, ¿cómo pasajeros?, ¿cómo polizontes? o ¿cómo conductores?

Juntando las piedritas de ayer,
las que nos estorbaron el camino también,
y las que pulimos con paciencia,
con todas, se harán las Haciendas de las Letras

Alonso Marroquín Ibarra
febrero de 2011 y corriendo

Artículo publicado también en:
 
Chobojos

La palabra y las ideas sin fronteras


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¡Ay dizque poetas, cómo abundan!

Por Alonso Marroquín Ibarra - 27 de Enero, 2011, 23:13, Categoría: Desolladero

Si no me dice nada, si no se entiende,
no sirve, y mucho menos es poesía.

Alejo Morales Parra

Hoy, más que nunca, sobran los que se dicen escritores y, más grave aún, poetas. Me refiero indistintamente a hombres y mujeres.

La mayoría de ellos es incapaz de escribir una cláusula libre de errores de sintaxis o, en casi todos los casos, de ortografía, pensando, muy positivamente, que se entiende lo que han escrito. Los argumentos para tapar su ignorancia son en muchos casos de risa:

"yo no me limito, ni me apego a reglas que son obsoletas";

"escribo con errores a propósito, para que el que me lea reaccione y se dé cuenta de la intención, del contenido que le estoy enviando a su cerebro";

"yo no me fijo en eso; todo está superado; somos los ladrillos para una nueva construcción del idioma";

"es que la k y la q, suenan igual, la c, la ese y la zeta, también… los acentos, con ellos o sin ellos… pues todos saben a qué se refiere uno en su obra, de qué esta uno hablando";

En el fondo (y en lo superficial también), estos mal llamados escritores y poetas (las mujeres ya no utilizan la palabra poetisa, se llaman a sí mismas poetas, tal vez porque piensen que la palabra de suyo es "femenina") son pésimos, aberrantes, ignorantes, profundos desconocedores del idioma y, con sobrada evidencia, se refugian en la construcción ininteligible de frases, metáforas y símiles que no dicen absolutamente nada.

Si hablamos de la rima y la medida, para ellos "eso está pasado de moda", "no tiene gracia, es antiguo"; "lo mejor son los "versos libres"; pero –¡oh, sorpresa!- son incapaces de definir, siquiera, lo que es un verso. En sus trabajos un verso es una línea de palabras que no ocupa el renglón completo y nada más. Ignoran el ritmo, la música,  el canto que es propio de la poesía, su melodía, la cadencia, el tiempo y , para rematar, la profundidad, el tema en sí de sus trabajos, puede ser un intento de alabanza a la mierda, a la procacidad, a lo vacuo, a lo banal.

Cualquier tema es bueno para los dizque poetas -que ¡cómo abundan!- y los títulos son también reflejo de lo mismo.

La cloaca

Me fundo con asco
y quiero más de tus interiores
al meterme entre tus piernas.
Albañal de ilusiones podridas y perdidas.
Ave de rapiña de vuelo al ras y posible metempsicosis.

Eusebio Estévez L.

Alacranes vuelan del vómito

Necesitaba la ofrenda del invierno
y me topo con alucinaciones estridentes
que hacen que me brinquen las tripas.
Una necesidad galopante, de fuego,
como crines de caballo desbocado
que se estrella en las piedras de tu conciencia
y en los minúsculos caminos
hacen que los alacranes de tu amor perdido
me puncen sin remedio.

Eligio Bernal Samudio

Necesidad

Un desdoblamiento tocó ideas
                                       mutiladas:
me la paso haciendo crucigramas,
                                         poesía.

Patricia Lezama Rosas

Lo verdaderamente inverosímil es que instituciones que se suponen serias, universidades incluídas, patrocinen la publicación de esta llamada "poesía" con el argumento y objetivo de atraer a los lectores y "desarrollarles" el gusto por esta especialidad de la literatura. El resultado es obvio: todos se alejan de "eso" que ni siquiera se entiende.

No todos los dizque poetas tienen la suerte de tener algún padrino que les publique sus trabajos y es entonces que recurren a sus propios recursos para hacer su edición. Muchos tienen la habilidad de congregar a los amigos (y a tantos incautos que hay por allí) para la presentación de "su libro" (individual  o colectivo) y los aplausos, las loas, los bocadillos y el café o el vino, le inflan el ego y… ¡Carámbanos!: se animan a seguir produciendo más bodrios. Y ¡vaya! si son prolíficos. Hacen más "poemas" que panes salen del horno de una panadería industrializada.

La auténtica poesía es conocimiento, trabajo, perseverancia, sensibilidad… es la máxima, no la mínima, expresión de la literatura. La poesía no es producto de la chiripada ni de la ocurrencia y está presente hasta en una sencilla copla popular.

No es extraño que las olas
traigan perlas a millares
si a las orillas del mar
te vi llorar la otra tarde.

Copla de La llorona


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