Ojo de mosca
Filosofía de la ciencia (en lenguaje ameno, sin posdensidad).

Ciencia e impaciencia

Por Martin Bonfil Olivera , - 25 de Diciembre, 2014, 14:17, Categoría: Ojo de mosca

Al ser humano le desagrada instintivamente la incertidumbre. Ante la disyuntiva de decidir si un fruto es alimenticio o venenoso, si un animal es una posible presa o un depredador, si un congénere puede ser aliado o enemigo, lo que necesitamos son respuestas concretas: sí o no. Un "¿quién sabe?" o un "depende" no nos sirven.

La ciencia, ese refinamiento del sentido común que busca obtener respuestas lo más certeras y confiables posible a las preguntas que nos hacemos sobre el mundo natural, usa el pensamiento crítico para potenciar nuestra habilidad natural de resolver problemas.

Por desgracia, con frecuencia las respuestas que nos da contradicen ese sentido común del que parte: la naturaleza, según nos lo revela la visión científica moderna, puede ser mucho más abstracta, compleja y difícil de entender de lo que quisiéramos.

Pero lo peor es que muchas veces la respuesta que nos da la ciencia es una no-respuesta: es frecuente que lo más que se pueda contestar a una pregunta científica sea "depende", o "no lo sabemos" (casi siempre precedido por un optimista "todavía", porque confiamos que tarde o temprano podremos resolver todas las preguntas científicas que hoy permanecen sin respuesta).

Y es que hay problemas tan complejos, sistemas tan elaborados, con tantos componentes y que pueden ser afectados por tantas variables simultáneamente —variables que además pueden interactuar entre ellas para complicar más las cosas—, que cualquier pregunta que se plantee respecto a su comportamiento tendría que especificar todas las circunstancias particulares. Por eso predecir el clima de manera detallada es algo que sólo se puede hacer en una extensión muy reducida tanto de espacio como de tiempo. Y lo mismo sucede con el comportamiento humano, el de las sociedades, el de la economía o hasta el de una simple computadora personal (casi nunca se puede predecir cuando se atascará, o explicar con detalle por qué hubo que reiniciarla).

Desgraciadamente en nuestras sociedades, que no incluyen todavía a la cultura científica como parte de su cultura general, pocos ciudadanos entienden cómo trabaja la ciencia. Y por ello, tendemos a pedirle que nos dé siempre respuestas tajantes, definitivas. Y peor: cuando no logra darlas, cuando responde con un "necesitamos seguir trabajando para poder resolver el problema", o con un desesperante "depende", llegamos a descalificarla como "inútil" y a cuestionar su utilidad, si ni siquiera puede contestar con claridad lo que se le pregunta.

Es cierto: la incertidumbre puede ser muy frustrante y hasta dolorosa. Pero recordemos que la ciencia no promete contestar todas las preguntas, sino hacer el mejor esfuerzo por encontrar las respuestas más honestas.

#189. Agosto de 2014.

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Agradecemos al autor su autorización para divulgar este interesantísimo articulo.

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Ciencias exactas... y otras no tanto.

Por Martin Bonfil Olivera - 25 de Diciembre, 2014, 14:10, Categoría: Ojo de mosca

Clasificar a las ciencias, las distintas maneras de investigar el mundo que nos rodea, siempre ha sido complicado. Tradicionalmente se las ha clasificado en "exactas" y "humanas" (o "naturales" y "sociales", o "duras" y "blandas"). Física, química, biología, matemáticas, astronomía, ciencias de la Tierra y varias más caen en la primera categoría; historia, antropología, sociología, economía y similares, en la segunda.

Desde ahí asoma el prejuicio: hay ciencias de primera y de segunda: si unas son "exactas", las otras deben ser "inexactas". Pareciera que algunas son mejores, más confiables, más eficaces… más valiosas.

Quizá la distinción parte del tipo de objeto de estudio que tienen. Las ciencias "físicas" estudian el mundo material (planetas, estrellas, átomos, moléculas, células, organismos); las "humanas", un subconjunto particular de éste: los seres humanos.

Esto presenta dos problemas. La ciencia busca la mayor objetividad posible. ¿Qué hay menos objetivo, más subjetivo, que personas estudiándose a sí mismas?

Por otro lado, las personas —individuos con una vida psicológica que forman parte de un sistema social— somos considerablemente más complejos que los sistemas que estudian las ciencias "naturales".

Durante mucho tiempo se tomó a la física como la ciencia por excelencia. Es asombroso el grado de abstracción que logra al usar las matemáticas para describir y predecir, con enorme exactitud, el Universo. La física, y la tecnología derivada de ella, funciona, y funciona muy bien.

Pero ello se debe también a que estudia sistemas relativamente simples, y a que al modelarlos con ecuaciones los simplifica aún más. En cuanto se pasa a sistemas más complejos, como los químicos y sobre todo los biológicos, la posibilidad de construir modelos matemáticos precisos disminuye inmediatamente. Y aún así, los hay, que describen reacciones químicas y fenómenos biológicos como la evolución, las funciones celulares o las interacciones ecológicas.

Al llegar a las ciencias médicas, la complejidad del cuerpo humano y su diversidad individual hacen imposible hablar de ciencia exacta: se puede predecir con cierto grado de confianza, estadísticamente, pero nunca de manera precisa y tajante. De ahí en adelante, los fenómenos como el comportamiento individual, de un grupo social, de un país o de la economía mundial son virtualmente impredecibles, más allá de notar ciertas tendencias y factores que permiten influir en ellas, aunque no de manera determinante.

En efecto, hay ciencias más y menos exactas. Quizá el problema sea creer que sólo las primeras son dignas de ese nombre. En el fondo, lo más valioso que las ciencias nos ofrecen no es la precisión matemática, sino la comprensión más profunda de las cosas. Y en eso no se distinguen tanto de las humanidades y las artes.

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#188. Julio de 2014.

Agradecemos al autor su autorización para divulgar su artículo en este espacio.

 

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Las razones del divulgador

Por Martin Bonfil Olivera - 25 de Diciembre, 2014, 14:04, Categoría: Ojo de mosca

¿Por qué compartir la ciencia? ¿Por qué dedicar dinero y esfuerzo a ponerla al alcance del público no científico, como hacemos en la revista ¿Cómo ves?, en museos como Universum, en programas de radio y televisión, y de tantas otras maneras?

Los divulgadores y periodistas científicos, y en general todos quienes nos dedicamos a la comunicación pública de la ciencia, tenemos múltiples motivos para dedicarnos a lo que nos dedicamos.

Es ya repetitivo decir que la ciencia es importante: de hecho, es una de las principales fuerzas que moldean el destino de las sociedades hoy en día. El conocimiento científico y sus aplicaciones tecnológicas determinan no sólo el nivel de bienestar de las personas, la economía y el poderío de los países, sino que son literalmente cuestión de supervivencia a escala planetaria.

En otras palabras, divulgamos la ciencia porque es importante y útil para la sociedad en su conjunto, e individualmente para cada uno de los ciudadanos que la conforman.

Pero hay más razones que justifican el esfuerzo de traducir y contextualizar la ciencia para hacerla accesible a todos. Por ejemplo, que la inmensa mayoría de la investigación científica en el mundo (y casi toda la de nuestro país) se hace con dinero público, que en última instancia proviene de los impuestos de los ciudadanos. Por ello mismo, esos ciudadanos tienen un derecho indiscutible a conocer en qué se gasta ese dinero, y a beneficiarse del conocimiento que con él se produce.

Y eso no es todo. Hay también razones de tipo humanístico y estético que sustentan la labor de divulgación científica. Porque la ciencia es, sin duda, una de las más soberbias creaciones humanas; uno de los productos más complejos, elaborados y perfectos de la razón y la creatividad humanas. Si consideramos que el arte y las tradiciones, por su valor estético propio, constituyen un patrimonio humano que debe ser puesto a disposición de todos los ciudadanos, sería contradictorio no reconocer también el derecho de toda persona a acceder a la cultura científica.

Pero las tres razones anteriores para compartir la ciencia (su utilidad, su financiamiento y su belleza) son de tipo social. Existen también razones personales detrás de la vocación y el entusiasmo de los divulgadores científicos en todo el mundo: a la mayoría de nosotros, al igual que a los investigadores científicos, la ciencia nos fascina, nos asombra y nos permite disfrutar de una experiencia estética, muy parecida a la que produce el arte, pero que pasa primero por la razón.

Y estamos convencidos de que toda persona debería tener la oportunidad de disfrutar este placer intelectual: el placer de la ciencia.

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#187. Junio. 2014.

Agradecemos el permiso del autor para divulgar su columna.

 

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Tres mundos en uno

Por Martin Bonfil Olivera - 11 de Noviembre, 2014, 5:24, Categoría: Ojo de mosca

Hay quienes creen que existen dos mundos: el físico, formado por la materia y la energía que se hallan en el espaciotiempo, y el "otro" mundo, el espiritual, que por definición es inmaterial, fuera del alcance de nuestros sentidos.

Los científicos no tienen manera de investigar si existe o no lo espiritual. Se ven forzados a asumir una postura naturalista: suponer que sólo existe lo que pertenece al universo físico. Este enfoque ha resultado increíblemente exitoso: hasta hoy, no se ha requerido invocar entidades inmateriales para explicar fenómenos como el movimiento de objetos y planetas, el funcionamiento de los seres vivos, las enfermedades y cualquier otra cosa que haya estudiado la ciencia.

Pero esto no quiere decir que la ciencia suponga que sólo la materia exista realmente. Al contrario: hoy entendemos que en la naturaleza hay niveles de organización, y que cada uno da origen a distintos fenómenos que no existen en el nivel inferior.

El primer nivel es precisamente el del universo físico: materia, energía, espacio y tiempo. En él habitan los objetos materiales: su estudio nos permite entender sus estructuras y las causas y efectos que explican su comportamiento.

El segundo nivel es el del universo biológico: lo forman los seres vivos, que a pesar de estar hechos de materia, presentan fenómenos que no hallamos en el universo inanimado: desde luego, la vida —entendida como conjunto de fenómenos que presentan, como consecuencia de su estructura y organización, los seres vivos—, pero también otros. En especial, los seres vivos presentan funciones.

En efecto: carece de sentido preguntar la "función" de los objetos del mundo físico, como ríos, montañas o nubes. En cambio, un corazón, un ojo o un músculo surgieron, a través de un proceso de evolución, para cumplir funciones bien definidas.

Más allá, existe el universo de la mente y la conciencia. Hasta donde sabemos, sólo algunas especies de animales, entre ellas los humanos, habitan este mundo. A pesar de que surge de la función de nuestro complejo sistema nervioso —no hay necesidad de recurrir a almas o espíritus para explicarlo—, existen en él entidades que no se hallan en los dos niveles inferiores: las ideas, las mentes, la conciencia, las intenciones y la ética.

Sólo donde hay conciencia caben conceptos como el bien y el mal. Y sólo la conciencia puede tener propósitos. Juzgar éticamente o atribuir intenciones a sistemas que existen en el mundo físico o el biológico es una confusión de niveles.

Mundo físico, biológico y mental: tres niveles de la realidad que forman cada uno parte del otro, pero que presentan fenómenos emergentes que los distinguen entre sí.

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Cientificismo

Por Martin Bonfil Olivera - 7 de Agosto, 2014, 5:42, Categoría: Ojo de mosca

Todo exceso es malo, dice el dicho. Incluso en ciencia. Sin la menor duda, la ciencia es una de las creaciones intelectuales más refinadas de la humanidad. Es también, por mucho, el mejor método que tenemos para obtener conocimiento sobre la naturaleza. Conocimiento que además tiene la virtud de ser confiable: funciona cuando se aplica a resolver problemas prácticos.

Pero eso no quiere decir que no tenga límites. Así como debe haberlos, y muy claros, para distinguir la ciencia legítima de sus imitaciones baratas que pretenden embaucar incautos vendiendo remedios milagrosos o métodos adivinatorios, los hay también en cuanto a su campo de aplicación y su poder para hallar explicaciones y hacer predicciones confiables.

En otras palabras, la ciencia no sirve para todo. No sirve para saber si alguien nos ama, juzgar una obra de arte, decidir por quién votar, resolver un dilema ético ni elegir qué mermelada es la más sabrosa. Ni, por supuesto, para resolver dudas sobre la existencia de una divinidad. Puede, eso sí, proporcionarnos información útil que nos ayude en estas decisiones. Pero no resolverlas.

Aunque esto debería ser obvio, hay quienes sinceramente no lo creen, y piensan que la ciencia puede resolver cualquier tipo de problemas en cualquier área, no sólo respecto al mundo natural, y que básicamente es la única forma legitima de obtener conocimiento acerca de cualquier cosa.

Quienes piensan así llegan a descalificar cualquier otra forma de obtener conocimiento, como la fi losofía, la revelación, las tradiciones y otras, pues consideran que sólo el científico es verdadero conocimiento: todo lo demás son simples creencias sin justificación, que no deberían ser tomadas en cuenta. Existe una palabra para designar a estos extremistas de la ciencia: cientificistas.

La Real Academia define el cientificismo como la "doctrina según la cual los métodos científicos deben extenderse a todos los dominios de la vida intelectual y moral sin excepción"; la "teoría según la cual los únicos conocimientos válidos son los que se adquieren mediante las ciencias positivas", y la "tendencia a dar excesivo valor a las nociones científicas".

En este sentido, el cientificismo sería un vicio del pensamiento; una confianza exagerada en la ciencia que llega a la soberbia, y en casos extremos, a un verdadero fanatismo.

Tiene dos desventajas: no sólo es poco sensato, sino que refuerza, al presentar una ciencia totalitarista e intolerante, el rechazo que mucha gente siente hacia ella.

La ciencia es una creación humana. Por ello, a pesar de su valor, tiene limitaciones, contradicciones y defectos. Su objetivo es, simplemente, proporcionarnos conocimiento confiable acerca del mundo natural. Transformar ese conocimiento en sabiduría es tarea que va más allá de sus posibilidades.

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Número 185, revista ¿Cómo ves?, página 7, Abril 2014. Transcripción con autorización del autor.

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Ciencia colectiva

Por Martin Bonfil Olivera - 26 de Julio, 2014, 13:02, Categoría: Ojo de mosca

Tradicionalmente, la ciencia ha sido una actividad elitista. No por egoísmo, sino porque para realizarla se requiere una preparación de muchos años de estudio especializado.

Pero recientemente se han puesto de moda los proyectos de "ciencia ciudadana", en los que miles de personas sin estudios científicos superiores pueden participar, a veces de manera muy directa, en proyectos de investigación profesional.

La idea no es realmente nueva: por lo menos desde el siglo XIX los aficionados a la ornitología y la astronomía se han dedicado a usar sus binoculares o telescopios para observar, catalogar y estudiar, respectivamente, aves y objetos celestes. Así, los "observadores de aves" han descubierto muchas aves nuevas, o que se creían ausentes o extintas en cierta zona. Y los astrónomos aficionados han sido responsables del primer avistamiento de muchísimos cometas.

Pero fue hasta que internet nos dio posibilidades de comunicación barata e instantánea que proliferaron los proyectos de ciencia colectiva. En 1999, investigadores de la Universidad de Berkeley lanzaron el proyecto SETI@home (setiathome.ssl.berkeley.edu), en el que los usuarios pueden instalar en su computadora un programa que usa el tiempo en que está desocupada para descargar y procesar datos procedentes de los radiotelescopios que buscan señales de civilizaciones extraterrestres.

Sin embargo, en este proyecto los ciudadanos simplemente prestan tiempo de sus computadoras. Foldit (fold.it), juego de computadora dado a conocer en 2008 por expertos de la Universidad de Washington, consiste en plegar la cadena de aminoácidos que forma una proteína buscando la configuración que tenga la mínima energía. Aquí, la inteligencia y paciencia humanas ayudan a resolver así uno de los más complejos problemas de la bioquímica estructural.

En 2009 surgió Galaxy Zoo (www.galaxyzoo.org), en el que uno puede clasificar galaxias según su forma, cosa que una computadora no puede hacer, y ayudar así a procesar las toneladas de datos que la observación del Universo produce constantemente.

Hay también proyectos de ciencia ciudadana para clasificar plantas y animales y observar su distribución ecológica. Y recientemente la asociación para la Investigación del Cáncer en el Reino Unido lanzó un divertido juego para teléfonos celulares llamado Juega para curar: genes en el espacio (www. cancerresearchuk.org/support-us/play-to-cure-genes-in-space) en el que, al pilotear una nave interestelar que debe recolectar el "elemento alfa" y esquivar asteroides, el usuario está en realidad analizando datos acerca de qué genes están activos en los tumores de miles de pacientes con cáncer; datos que los investigadores tardarían años en procesar.

En otras palabras, lo que los participantes en estos proyectos colectivos de ciencia hacemos es prestar nuestros cerebros a los investigadores. Así, los ciudadanos estamos realmente ayudando a hacer ciencia.

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Número 184, revista ¿Cómo ves?, página 7, Marzo 2014. Transcripción con autorización del autor.

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Las tres ciencias

Por Martin Bonfil Olivera - 2 de Junio, 2014, 5:46, Categoría: Ojo de mosca

La ciencia tiene fama de ser complicada. Y lo es. Las teorías científicas, que describen, explican y hasta predicen los fenómenos naturales, constan de complejos modelos matemáticos o conceptuales, muy abstractos y formados por muchas piezas. Por ello, pretender reducir la teoría de la relatividad o el funcionamiento de una célula viva a una explicación breve y sencilla es, siendo honestos, muy poco realista.

Ésta es la razón del reclamo más común de los investigadores científicos a quienes se dedican a divulgar la ciencia (como hacemos en ¿Cómo ves?): que frecuentemente la sobresimplifican, omiten partes importantes o incluso la tergiversan al grado de que —desde su punto de vista de expertos— introducen verdaderos errores.

Los divulgadores se defienden argumentando que comunicar a un público no experto las complejidades de la ciencia sin recurrir a simplificaciones, metáforas y símiles es una tarea estrictamente imposible.

La verdad es que ambos grupos tienen razón. Simplificar el conocimiento científico ciertamente lo desvirtúa; no simplificarlo lo hace inaccesible para el no iniciado.

El problema es que la ciencia que produce el investigador y la que divulga el comunicador no son la misma ciencia. Son dos cosas distintas.

Esto suena menos raro si se considera la ciencia que se enseña en la escuela. De las ciencias naturales de primaria hasta los cursos de licenciatura y posgrado, la ciencia impartida en el salón de clases y plasmada en libros de texto es claramente distinta de la que se discute en los pasillos de un instituto de investigación.

Esta "ciencia escolar" abarca una gama que va desde las versiones que se imparten en primaria, que para el experto pueden estar excesivamente simplificadas y hasta "mutiladas", pero que pedagógicamente son las más adecuadas para iniciar a los estudiantes en la comprensión de temas abstractos, hasta los cursos superiores de formación de expertos, en que se entrena a los estudiantes en el lenguaje y el manejo especializado de los conceptos científicos.

Para los pedagogos, el hecho de que la ciencia escolar difiera sustancialmente de la ciencia académica —aunque, eso sí, sin traicionar su esencia— no tiene nada de raro. Es el precio inevitable de traducirla desde el lenguaje ultraespecializado de los expertos a uno que sea comprensible para los diversos tipos de estudiantes.

Y es por eso mismo que la "ciencia pública", la ciencia divulgada, difiere también, a veces dolorosamente, de la versión detallada, precisa y compleja de los investigadores. Algo se pierde, irremediablemente, en la traducción. Pero sin dicha traducción, no habría comunicación posible con el público no científico.

Ciencia académica, ciencia escolar, ciencia divulgada: tres versiones de una misma visión de la naturaleza, adaptadas para que distintos espectadores puedan disfrutar de ella.

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Número 183, revista ¿Cómo ves?, página 7, Febrero 2014. Transcripción con autorización del autor.

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Libros y evolución

Por Martin Bonfil Olivera - 28 de Marzo, 2014, 5:58, Categoría: Ojo de mosca

Algo que distingue al ser humano de cualquier otra especie es la cultura: esa herencia extrasomática que se suma a nuestro patrimonio genético y aumenta nuestra capacidad de adaptarnos al entorno y sobrevivir.

El primer paso en su surgimiento fue el lenguaje simbólico, que nos permitió compartir nuestras experiencias, ideas y aprendizajes. El biólogo inglés Richard Dawkins ha llamado "memes" a estos fragmentos de información que pueden transmitirse de un cerebro a otro. Al hacerlo van cambiando, seleccionándose y adaptándose, en un proceso evolutivo muy similar al de los genes.

El segundo gran hito fue la escritura, que nos permite plasmar esa herencia cultural y conservarla para que perdure y se enriquezca de generación en generación. A través de la escritura, los memes pueden sobrevivir fuera de nuestro cuerpo.

La invención de la imprenta de tipos múltiples por Gutenberg, alrededor de 1440, hizo posible la tercera revolución en la historia de la cultura: el libro como producto masivo. Ahora las ideas se podían difundir con fidelidad y de manera amplia y duradera. Los libros han sido los más eficaces vehículos para la supervivencia, diseminación y reproducción de memes.

Hoy se habla de cómo la revolución digital pone en riesgo al libro de papel. Y es cierto: la posibilidad de almacenar digitalmente un texto, con su diseño, tipografía e ilustraciones, para leerse en una pantalla, ahorra el carísimo proceso de impresión. La competencia entre libros de papel y electrónicos es muy desventajosa para los primeros.

Si añadimos el costo de distribución y venta, que internet evita, no extraña la actual crisis de las publicaciones en papel. Periódicos y revistas de todo el mundo ya la resienten: muchos han quebrado, o cancelan su impresión en papel para mudarse al ciberespacio. Los libros de consulta, como enciclopedias y diccionarios, están en vías de desaparecer para ser sustituidos totalmente por versiones virtuales.

Pero el libro es sólo un paso en un proceso de evolución que, de pictogramas en cavernas, jeroglíficos en tablillas de barro y grabados en roca ha pasado a símbolos escritos con tinta en papiros, pergaminos y finalmente papel. Un nuevo cambio de soporte no tiene por qué ser dañino.

Y los libros de papel siguen teniendo muchas virtudes. Además de ser prácticos, cómodos y bellos, son mucho más durables que los electrónicos: hay volúmenes impresos por Gutenberg que se conservan perfectamente. La tecnología, en cambio, es voluble y varía sin cesar. El libro impreso es un invento tan perfecto que resultará muy difícil que sea sustituido por completo por pantallas.

Al final, los libros —impresos o digitales— son sólo medios que los memes usan para sobrevivir, propagarse y seguir así colonizando más cerebros.

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Número 182, página 7, Enero 2014. Transcripción con autorización del autor.

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La lotería de la ciencia

Por Martin Bonfil Olivera. - 28 de Marzo, 2014, 5:54, Categoría: Ojo de mosca

Quince años compartiendo la ciencia: felicidades a todo el equipo de ¿Cómo ves? y a quienes han hecho posible esta aventura.

Cuando se habla del poco apoyo que recibe el desarrollo de la ciencia y la tecnología en nuestro país, se piensa casi siempre en dinero.

Se manejan distintos datos. Como el número de investigadores por cada 1 000 habitantes: México tiene 0.3, mientras que Estados Unidos casi 5, igual que Corea; Japón, 5.5, España, 3; Argentina casi 1, y Brasil, 0.6. O bien el porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB): México invierte menos del 0.4%; Estados Unidos, 2.79; España, 1.38, y Brasil, 1.09.

Visto así, el problema parecería ser sólo de dinero y número de investigadores disponibles. Pero se refuerza un conocido prejuicio: que como los recursos monetarios y humanos son limitados, una manera de optimizarlos es apoyar, sobre todo, a investigadores y proyectos que se enfoquen no sólo a investigar "cosas curiosas", sino a resolver los Grandes Problemas Nacionales: pobreza, enfermedad, desforestación, contaminación y otros.

Se trata del viejísimo debate entre ciencia "básica" y "aplicada", donde la primera sale siempre perdiendo. Más allá de lo falso de tal dicotomía (como afirma el Dr. Ruy Pérez Tamayo, a la que hay que apoyar es a la ciencia bien hecha), esta visión pragmática de la investigación resulta dañina.

¿Por qué? Porque la ciencia es esencialmente darwiniana. Contra lo que vemos por televisión, es raro que un científico que busque la respuesta a una pregunta particular logre encontrarla. Lo normal es que descubra una serie de cosas inesperadas, que le abren nuevas rutas de investigación. Algunas resultarán ser callejones sin salida; otras lo llevarán a descubrimientos interesantes, pero completamente distintos a lo que buscaba. (Y no lo hace individualmente: cada investigador tiene también varios alumnos de licenciatura y posgrado, explorando diversos proyectos, para que alguno se tope con un camino prometedor.)

Podría parecer ineficiente, pero así son los procesos darwinianos. En ciencia no hay manera de asegurar que se va a hallar lo que se buscaba; pero sí que, si se recorren los vericuetos por los que nos lleva la exploración de la naturaleza, se descubrirán cosas importantes y útiles… y algunas incluso tendrán aplicación práctica.

Pero esto sólo ocurrirá si hay un número suficientemente grande de científicos trabajando en libertad y con presupuesto adecuado, haciendo buena ciencia, para explorar estas rutas inesperadas; para que algunos pocos puedan descubrir algo grande. Y normalmente, estos descubrimientos pagan con creces la inversión que se hizo.

La ciencia es una lotería. Un país que quiera progresar debe comprar suficientes boletos: sólo así tendrá posibilidades de ganar el premio mayor.

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Número 181, página 7, Diciembre 2013. Transcripción con autorización del autor.

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El caso del celular fantasma

Por Martin Bonfil Olivera. - 28 de Marzo, 2014, 5:47, Categoría: Ojo de mosca

A todos nos pasa. En el ajetreo cotidiano, se siente vibrar el teléfono celular en el bolsillo, o en el bolso si se es mujer.

A trompicones, se saca el aparato y se comprueba, con sorpresa, que no hay ninguna llamada perdida.

¿Qué ocurrió? Simple: nuestro tacto nos engañó. Creímos sentir la vibración del teléfono, pero no hubo tal. ¿Por qué es tan común esta ilusión táctil? ¿Pasa esto con otros sentidos?

En realidad sí. Son bien conocidas las ilustraciones de ilusiones ópticas, donde percibimos como distintas líneas que tienen la misma longitud, vemos puntos que no existen o creemos que unas rectas paralelas son curvas.

La explicación de estos fallos perceptuales se halla en la estructura y funcionamiento de nuestro sistema visual. Por la manera en que funcionan el ojo, las células receptoras de luz de la retina y los complejos circuitos cerebrales que procesan su información para generar la sensación de "ver", hay ciertos patrones que generan, reproduciblemente, una percepción equivocada.

Pero también hay otras circunstancias, menos regulares, en que se puede "ver" algo que no existe. Un ejemplo son las auras que llegan a percibir los pacientes con migraña o epilepsia; otro son las alucinaciones producidas por algunas drogas o ciertas alteraciones neurológicas. Sí: a veces vemos cosas que no existen.

Lo mismo ocurre con el oído. Existen "alucinaciones auditivas", y no es tan raro que una persona llegue a oír un sonido imaginario: una voz que la llama, una alarma, un timbre de teléfono.

Estos fenómenos, como el de la vibración imaginaria del celular, tienen que ver con el umbral de percepción. Cuando se trata de una luz intensa o un objeto bien iluminado, es claro si estamos viéndolos o no. Pero, ¿qué pasa con una sombra borrosa en una habitación oscura o una estrella muy tenue que apenas vislumbramos en el cielo?
El ojo —y el cerebro— no pueden estar seguros de que realmente vieron algo. Y el oído, a veces, en medio del ruido predominante, se esfuerza por extraer un mensaje que tenga sentido y acaba engañándose… y engañándonos.

Nuestra piel tiene que estar siempre alerta a los múltiples movimientos, pequeños golpes y vibraciones que ocurren conforme uno avanza durante el día. Extraer de esta sinfonía de ruido táctil la tenue melodía concreta de la vibración del teléfono puede ser muy trabajoso. Nuestro tacto se agudiza, llevando al máximo su sensibilidad, para detectarla. El precio es que al bajar tanto su umbral de percepción, llega a interpretar como señales reales lo que en realidad es sólo ruido.

La percepción es construcción. Y como tal, puede ser engañosa.

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Número 180, página 7, Noviembre 2013. Transcripción con autorización del autor.

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Maniqueísmo, o el mundo en blanco y negro

Por Martín Bonfil Olivera - 21 de Enero, 2014, 6:42, Categoría: Ojo de mosca

Cada vez que hay elecciones, o que se juega una final de futbol, o en general cada vez que hay una competencia entre dos facciones, la opinión de la gente se divide.

Aunque muchas veces todo queda en confrontaciones más o menos razonables, es frecuente que las posturas se polaricen hasta volverse extremas. Se hace entonces imposible adoptar posturas intermedias, moderadas, pues uno y otro bando acusarán a quien las defienda de pertenecer al bando enemigo. Surge entonces el conflicto, en ocasiones violento.

¿Por qué esta tendencia a irse a los extremos, a ver las cosas en blanco y negro, sin medias tintas? Quizá es una característica de nuestro cerebro.

En efecto: al abordar un problema nuevo, lo más común es que obtengamos abundantes datos, que cuesta trabajo analizar. Para hallarles sentido, para entender e interpretar la situación, y tomar la decisión más adecuada al respecto, necesitamos tiempo.

Pero muchas circunstancias requieren una respuesta rápida. Ante eso, una primera aproximación, con frecuencia eficaz, puede ser ver las cosas en términos dicotómicos, de dos opciones opuestas: blanco/negro, día/noche, bueno/malo, hombre/mujer, cierto/falso. A veces basta con eso para entender, a grandes rasgos, el problema, y poder dar una respuesta.

Pero en la gran mayoría de los casos, al analizar más detenidamente la situación, queda claro que las cosas no son tan simples, y que el pensamiento dualista, la reducción a dos opciones, resulta insuficiente. El mundo real normalmente no consiste sólo en blanco y negro, sino en una amplia gama de grises… y con frecuencia, en un arcoíris completo de colores.

Es por eso que la ciencia, la filosofía, el pensamiento crítico y toda actividad intelectual rigurosa, en general, suele a menudo ir en contra de nuestra primera impresión intuitiva, del "sentido común".

En el siglo III, en Persia, el filósofo Manes fundó una religión, la de los maniqueos, que proponía dos principios: el de la luz, buena y creadora, y la oscuridad, mala y destructora. Aunque fue muy exitosa hasta el siglo VII, hoy se la recuerda solamente por el uso de la palabra "maniqueísmo", que la Real Academia define como la "tendencia a interpretar la realidad sobre la base de una valoración dicotómica".

Hoy el maniqueísmo es claramente reconocido como un vicio del razonamiento. Es una lástima que, como sociedad, aún no hayamos aprendido a superarlo, y sigamos padeciendo lo que Sergio de Régules, coordinador científico y autor frecuente de esta revista, ha definido (por la tendencia de la bola a irse a uno de los dos canales, pero nunca por en medio) como "el síndrome de la mesa de boliche".

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La imprescindible filosofía

Por Martín Bonfil Olivera - 22 de Octubre, 2013, 12:11, Categoría: Ojo de mosca

La oposición entre ciencia y filosofía es tan vieja como tonta. Y como tantas discusiones inútiles, proviene de la ignorancia.

Por un lado, muchos de quienes se dedican a cultivar la ciencia tienden a despreciar la razón pura, con frases como "eso es sólo filosofía", dichas con un tono que implica que se trata de algo absurdo; de simples juegos mentales sin ningún valor. El ejemplo clásico son las discusiones medievales sobre cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler.

Por otra parte, hay filósofos que siguen construyendo razonamientos encadenados por la mera lógica, sin molestarse en voltear a ver el abundante conocimiento confiable sobre la naturaleza que la ciencia nos ofrece, y que con frecuencia nos sorprende pues va en contra de nuestro sentido común, de lo que hubiéramos esperado que sucediera. Muchas veces la ciencia contradice nuestra lógica. El reto es, entonces, interpretar lo recién descubierto bajo una nueva lógica.

Quizá el prejuicio de los científicos contra la filosofía nace de la historia de la ciencia. Se reconoce generalmente que la ciencia moderna es hija intelectual de la filosofía clásica desarrollada en la Grecia antigua, que privilegiaba el pensamiento puro como única fuente confiable de conocimiento.

La revolución científica, alrededor de los siglos XVI y XVII, rompió con esa tradición y, a través de la observación, la medición y la experimentación, demostró que el razonamiento que no está sustentado en los hechos corre el riesgo de ser engañoso. Laboratorios, microscopios y telescopios, experimentos, el registro detallado de los datos y demás herramientas que hoy asociamos con la ciencia moderna tomaron así un lugar central en el escenario.

Pero un científico haría muy mal en ignorar la importancia de la lógica y el razonamiento riguroso en la labor científica. Los datos son sólo la materia prima, pero es la razón la que los transforma en conocimiento. La labor intelectual de encontrar sentido a la información para transformarla en hipótesis y teorías, y hallar maneras de someter éstas a confirmaciones o refutaciones posteriores, es el corazón de la empresa científica. Claro, junto con la discusión crítica y abierta dentro de una comunidad de expertos, heredada también de la filosofía.

Aunque muchas ciencias no tengan un carácter eminentemente matemático, pocos científicos se atreverían hoy a desmentir la importancia fundamental de esta disciplina para la ciencia moderna. Sorprende, en cambio, que para muchos sea fácil descartar la formación filosófica como requisito indispensable en la preparación de cualquier científico (e incluso de todo ciudadano).

En ciencia la filosofía, como la matemática, no es opcional. Los científicos que lo ignoran lo hacen bajo su propio riesgo.

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El tiempo

Por Martín Bonfil Olivera - 11 de Octubre, 2013, 12:08, Categoría: Ojo de mosca

Todos sabemos instintivamente qué es el tiempo, pero resulta difícil definirlo. Es ya trillado el comentario de San Agustín de Hipona: "Si nadie me pregunta lo sé; pero si trato de explicarlo no lo sé".

Al pensar el tiempo con más profundidad, y a la luz del conocimiento científico y filosófico (sí, también la filosofía produce conocimiento), resulta ser bastante más complicado de lo que parece a primera vista.

Nuestra visión intuitiva es que el tiempo es sólo algo que sucede: el flujo de los eventos, de la vida. Tradicionalmente se le ha comparado con un río que corre incesantemente, y por igual para todos. Esto nos permite medir el cambio (a qué velocidad ocurren los sucesos, en relación con una medida del tiempo) y hablar de simultaneidad: algunas cosas ocurren al mismo tiempo.

Desde esa visión, sus propiedades eran simples: existía el pasado, que era inmutable. Existe el presente, en el que vivimos, y con el que vamos avanzando a través de la "línea" del tiempo. Y ese avance nos saca del pasado para llevarnos al futuro, que existirá conforme vayamos adentrándonos en él. Y el futuro, a diferencia del pasado inalterable, puede ser moldeado —o al menos así lo creemos— por nuestras decisiones presentes. Esa cualidad "borrosa", indefinida, del futuro es la que hace posible nuestro libre albedrío. Toda la física newtoniana se basaba en esta idea del tiempo universalmente válido, que fluye igual para todos, en cualquier lugar (independientemente de que en ciertas circunstancias "parezca" fluir más rápida o más lentamente, como han cantado desde siempre los poetas…).

Pero entonces llegó Einstein. Y con él, el desorden. Porque su teoría de la relatividad, basada en hechos, nos mostró que el tiempo (al igual que el espacio) es, precisamente, relativo. Depende del marco de referencia del observador: de su estado de reposo o movimiento. No existe marco de referencia privilegiado, y hablar de un tiempo universal o incluso de simultaneidad en términos absolutos, se volvió imposible.

Para la relatividad el tiempo es una dimensión, igual que las tres que conforman el espacio (aunque sólo nos podemos mover en él en una dirección). Y esto implica, necesariamente, que el futuro tendría que ser tan fijo e inmodificable como el pasado, mientras que el presente es sólo el punto a través del que estamos pasando en nuestro avance por la dimensión temporal.

Pero si el tiempo no es algo que se crea sobre la marcha, sino que existe como algo fijo, la consecuencia inescapable es que el concepto de libre albedrío, de que tenemos la posibilidad de influir en nuestro destino, se desvanece.

Claro que existe también la posibilidad de que existan múltiples futuros, entre los que podemos elegir con cada acción… pero esa es ya otra historia.

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Decisiones

Por Martin Bonfil Olivera - 5 de Septiembre, 2013, 20:45, Categoría: Ojo de mosca

Una de las razones por las que la ciencia es valiosa para la sociedad es porque proporciona información para tomar mejores decisiones.

La idea es sencilla: para muchas cuestiones, contar con conocimiento confi able, verifi cable y lógicamente coherente sobre la naturaleza, como el que ofrece la ciencia, nos ayuda a elegir el mejor rumbo de acción ante un problema concreto, a planear mejor nuestras acciones, o incluso a prevenir problemas futuros.

Pero da por hecho algo que no siempre se cumple: que las personas llegan a sus decisiones de manera racional. Que antes de elegir un rumbo de acción, tomarán en cuenta la información científi ca pertinente.

En efecto: muchas veces la gente no decide racionalmente, aunque a veces así lo supongamos. Hay muchos ejemplos en la vida diaria —y también en la historia y en las noticias de todos los días— de los que, a pesar de que se contaba con datos certeros que apuntaban en cierta dirección, se tomó la decisión contraria. Personas que se endeudan más allá de sus posibilidades fi nancieras (y naciones que hacen lo mismo); países que se lanzan a guerras que saben que inevitablemente perderán; una sociedad global que sigue dañando el ambiente y poniendo en riesgo su propia supervivencia a pesar de contar con los medios y el conocimiento para dejar de hacerlo… y muchos otros casos.

¿Por qué ocurre esto? Porque la lógica no es el único factor que determina las decisiones de una persona o una sociedad. Existen otros elementos que intervienen en el proceso de decisión: emociones, prejuicios, intereses políticos o económicos… e incluso factores biológicos, como una adicción.

El caso del tabaquismo es muy claro. De ser un hábito que puede resultar placentero para algunas personas, se ha convertido en una verdadera epidemia mundial. El número de personas que fuman aumentó drásticamente en el mundo en parte gracias a la campaña mundial emprendida por las empresas tabacaleras desde el siglo pasado, que presentaban al cigarro como un elemento de aceptación social, elegancia y disfrute. Incluso cuando quedó clara la relación causal directa entre el consumo de tabaco y padecimientos como el cáncer de pulmón y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, la publicidad y la imagen social del tabaco junto con su carácter adictivo, siguen pesando más que la racionalidad, y muchos fumadores siguen siéndolo, a pesar de saber que se causan daño.

A veces la información correcta no basta. Debe estar apoyada en hábitos de pensamiento lógico y crítico. Así los individuos y las sociedades podrán tomar decisiones más basadas en la razón y menos en la costumbre, las emociones o la política.

*¿Cómo ves? Revista de divulgación de la ciencia de la Universidad Nacional Autónoma de México. Año 15, No. 176. Página #7. Julio de 2013.

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*Martín Bonfil Olivera mbonfil@unam.mx es colaborador permanente de ¿Cómo ves? Revista de Divulgación de la Ciencia de la Universidad Nacional de México. Amablemente ha autorizado a El Círculo Azul la publicación de éstas cápsulas de filosofía de la ciencia, que esperamos les resulten útiles y aplicables en su realidad cotidiana.

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