Ojo de mosca
Filosofía de la ciencia (en lenguaje ameno, sin posdensidad).

Ciencia e impaciencia

Por Martin Bonfil Olivera , - 25 de Diciembre, 2014, 14:17, Categoría: Ojo de mosca

Al ser humano le desagrada instintivamente la incertidumbre. Ante la disyuntiva de decidir si un fruto es alimenticio o venenoso, si un animal es una posible presa o un depredador, si un congénere puede ser aliado o enemigo, lo que necesitamos son respuestas concretas: sí o no. Un "¿quién sabe?" o un "depende" no nos sirven.

La ciencia, ese refinamiento del sentido común que busca obtener respuestas lo más certeras y confiables posible a las preguntas que nos hacemos sobre el mundo natural, usa el pensamiento crítico para potenciar nuestra habilidad natural de resolver problemas.

Por desgracia, con frecuencia las respuestas que nos da contradicen ese sentido común del que parte: la naturaleza, según nos lo revela la visión científica moderna, puede ser mucho más abstracta, compleja y difícil de entender de lo que quisiéramos.

Pero lo peor es que muchas veces la respuesta que nos da la ciencia es una no-respuesta: es frecuente que lo más que se pueda contestar a una pregunta científica sea "depende", o "no lo sabemos" (casi siempre precedido por un optimista "todavía", porque confiamos que tarde o temprano podremos resolver todas las preguntas científicas que hoy permanecen sin respuesta).

Y es que hay problemas tan complejos, sistemas tan elaborados, con tantos componentes y que pueden ser afectados por tantas variables simultáneamente —variables que además pueden interactuar entre ellas para complicar más las cosas—, que cualquier pregunta que se plantee respecto a su comportamiento tendría que especificar todas las circunstancias particulares. Por eso predecir el clima de manera detallada es algo que sólo se puede hacer en una extensión muy reducida tanto de espacio como de tiempo. Y lo mismo sucede con el comportamiento humano, el de las sociedades, el de la economía o hasta el de una simple computadora personal (casi nunca se puede predecir cuando se atascará, o explicar con detalle por qué hubo que reiniciarla).

Desgraciadamente en nuestras sociedades, que no incluyen todavía a la cultura científica como parte de su cultura general, pocos ciudadanos entienden cómo trabaja la ciencia. Y por ello, tendemos a pedirle que nos dé siempre respuestas tajantes, definitivas. Y peor: cuando no logra darlas, cuando responde con un "necesitamos seguir trabajando para poder resolver el problema", o con un desesperante "depende", llegamos a descalificarla como "inútil" y a cuestionar su utilidad, si ni siquiera puede contestar con claridad lo que se le pregunta.

Es cierto: la incertidumbre puede ser muy frustrante y hasta dolorosa. Pero recordemos que la ciencia no promete contestar todas las preguntas, sino hacer el mejor esfuerzo por encontrar las respuestas más honestas.

#189. Agosto de 2014.

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Agradecemos al autor su autorización para divulgar este interesantísimo articulo.

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Ciencias exactas... y otras no tanto.

Por Martin Bonfil Olivera - 25 de Diciembre, 2014, 14:10, Categoría: Ojo de mosca

Clasificar a las ciencias, las distintas maneras de investigar el mundo que nos rodea, siempre ha sido complicado. Tradicionalmente se las ha clasificado en "exactas" y "humanas" (o "naturales" y "sociales", o "duras" y "blandas"). Física, química, biología, matemáticas, astronomía, ciencias de la Tierra y varias más caen en la primera categoría; historia, antropología, sociología, economía y similares, en la segunda.

Desde ahí asoma el prejuicio: hay ciencias de primera y de segunda: si unas son "exactas", las otras deben ser "inexactas". Pareciera que algunas son mejores, más confiables, más eficaces… más valiosas.

Quizá la distinción parte del tipo de objeto de estudio que tienen. Las ciencias "físicas" estudian el mundo material (planetas, estrellas, átomos, moléculas, células, organismos); las "humanas", un subconjunto particular de éste: los seres humanos.

Esto presenta dos problemas. La ciencia busca la mayor objetividad posible. ¿Qué hay menos objetivo, más subjetivo, que personas estudiándose a sí mismas?

Por otro lado, las personas —individuos con una vida psicológica que forman parte de un sistema social— somos considerablemente más complejos que los sistemas que estudian las ciencias "naturales".

Durante mucho tiempo se tomó a la física como la ciencia por excelencia. Es asombroso el grado de abstracción que logra al usar las matemáticas para describir y predecir, con enorme exactitud, el Universo. La física, y la tecnología derivada de ella, funciona, y funciona muy bien.

Pero ello se debe también a que estudia sistemas relativamente simples, y a que al modelarlos con ecuaciones los simplifica aún más. En cuanto se pasa a sistemas más complejos, como los químicos y sobre todo los biológicos, la posibilidad de construir modelos matemáticos precisos disminuye inmediatamente. Y aún así, los hay, que describen reacciones químicas y fenómenos biológicos como la evolución, las funciones celulares o las interacciones ecológicas.

Al llegar a las ciencias médicas, la complejidad del cuerpo humano y su diversidad individual hacen imposible hablar de ciencia exacta: se puede predecir con cierto grado de confianza, estadísticamente, pero nunca de manera precisa y tajante. De ahí en adelante, los fenómenos como el comportamiento individual, de un grupo social, de un país o de la economía mundial son virtualmente impredecibles, más allá de notar ciertas tendencias y factores que permiten influir en ellas, aunque no de manera determinante.

En efecto, hay ciencias más y menos exactas. Quizá el problema sea creer que sólo las primeras son dignas de ese nombre. En el fondo, lo más valioso que las ciencias nos ofrecen no es la precisión matemática, sino la comprensión más profunda de las cosas. Y en eso no se distinguen tanto de las humanidades y las artes.

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#188. Julio de 2014.

Agradecemos al autor su autorización para divulgar su artículo en este espacio.

 

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Las razones del divulgador

Por Martin Bonfil Olivera - 25 de Diciembre, 2014, 14:04, Categoría: Ojo de mosca

¿Por qué compartir la ciencia? ¿Por qué dedicar dinero y esfuerzo a ponerla al alcance del público no científico, como hacemos en la revista ¿Cómo ves?, en museos como Universum, en programas de radio y televisión, y de tantas otras maneras?

Los divulgadores y periodistas científicos, y en general todos quienes nos dedicamos a la comunicación pública de la ciencia, tenemos múltiples motivos para dedicarnos a lo que nos dedicamos.

Es ya repetitivo decir que la ciencia es importante: de hecho, es una de las principales fuerzas que moldean el destino de las sociedades hoy en día. El conocimiento científico y sus aplicaciones tecnológicas determinan no sólo el nivel de bienestar de las personas, la economía y el poderío de los países, sino que son literalmente cuestión de supervivencia a escala planetaria.

En otras palabras, divulgamos la ciencia porque es importante y útil para la sociedad en su conjunto, e individualmente para cada uno de los ciudadanos que la conforman.

Pero hay más razones que justifican el esfuerzo de traducir y contextualizar la ciencia para hacerla accesible a todos. Por ejemplo, que la inmensa mayoría de la investigación científica en el mundo (y casi toda la de nuestro país) se hace con dinero público, que en última instancia proviene de los impuestos de los ciudadanos. Por ello mismo, esos ciudadanos tienen un derecho indiscutible a conocer en qué se gasta ese dinero, y a beneficiarse del conocimiento que con él se produce.

Y eso no es todo. Hay también razones de tipo humanístico y estético que sustentan la labor de divulgación científica. Porque la ciencia es, sin duda, una de las más soberbias creaciones humanas; uno de los productos más complejos, elaborados y perfectos de la razón y la creatividad humanas. Si consideramos que el arte y las tradiciones, por su valor estético propio, constituyen un patrimonio humano que debe ser puesto a disposición de todos los ciudadanos, sería contradictorio no reconocer también el derecho de toda persona a acceder a la cultura científica.

Pero las tres razones anteriores para compartir la ciencia (su utilidad, su financiamiento y su belleza) son de tipo social. Existen también razones personales detrás de la vocación y el entusiasmo de los divulgadores científicos en todo el mundo: a la mayoría de nosotros, al igual que a los investigadores científicos, la ciencia nos fascina, nos asombra y nos permite disfrutar de una experiencia estética, muy parecida a la que produce el arte, pero que pasa primero por la razón.

Y estamos convencidos de que toda persona debería tener la oportunidad de disfrutar este placer intelectual: el placer de la ciencia.

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#187. Junio. 2014.

Agradecemos el permiso del autor para divulgar su columna.

 

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Tres mundos en uno

Por Martin Bonfil Olivera - 11 de Noviembre, 2014, 5:24, Categoría: Ojo de mosca

Hay quienes creen que existen dos mundos: el físico, formado por la materia y la energía que se hallan en el espaciotiempo, y el "otro" mundo, el espiritual, que por definición es inmaterial, fuera del alcance de nuestros sentidos.

Los científicos no tienen manera de investigar si existe o no lo espiritual. Se ven forzados a asumir una postura naturalista: suponer que sólo existe lo que pertenece al universo físico. Este enfoque ha resultado increíblemente exitoso: hasta hoy, no se ha requerido invocar entidades inmateriales para explicar fenómenos como el movimiento de objetos y planetas, el funcionamiento de los seres vivos, las enfermedades y cualquier otra cosa que haya estudiado la ciencia.

Pero esto no quiere decir que la ciencia suponga que sólo la materia exista realmente. Al contrario: hoy entendemos que en la naturaleza hay niveles de organización, y que cada uno da origen a distintos fenómenos que no existen en el nivel inferior.

El primer nivel es precisamente el del universo físico: materia, energía, espacio y tiempo. En él habitan los objetos materiales: su estudio nos permite entender sus estructuras y las causas y efectos que explican su comportamiento.

El segundo nivel es el del universo biológico: lo forman los seres vivos, que a pesar de estar hechos de materia, presentan fenómenos que no hallamos en el universo inanimado: desde luego, la vida —entendida como conjunto de fenómenos que presentan, como consecuencia de su estructura y organización, los seres vivos—, pero también otros. En especial, los seres vivos presentan funciones.

En efecto: carece de sentido preguntar la "función" de los objetos del mundo físico, como ríos, montañas o nubes. En cambio, un corazón, un ojo o un músculo surgieron, a través de un proceso de evolución, para cumplir funciones bien definidas.

Más allá, existe el universo de la mente y la conciencia. Hasta donde sabemos, sólo algunas especies de animales, entre ellas los humanos, habitan este mundo. A pesar de que surge de la función de nuestro complejo sistema nervioso —no hay necesidad de recurrir a almas o espíritus para explicarlo—, existen en él entidades que no se hallan en los dos niveles inferiores: las ideas, las mentes, la conciencia, las intenciones y la ética.

Sólo donde hay conciencia caben conceptos como el bien y el mal. Y sólo la conciencia puede tener propósitos. Juzgar éticamente o atribuir intenciones a sistemas que existen en el mundo físico o el biológico es una confusión de niveles.

Mundo físico, biológico y mental: tres niveles de la realidad que forman cada uno parte del otro, pero que presentan fenómenos emergentes que los distinguen entre sí.

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Cientificismo

Por Martin Bonfil Olivera - 7 de Agosto, 2014, 5:42, Categoría: Ojo de mosca

Todo exceso es malo, dice el dicho. Incluso en ciencia. Sin la menor duda, la ciencia es una de las creaciones intelectuales más refinadas de la humanidad. Es también, por mucho, el mejor método que tenemos para obtener conocimiento sobre la naturaleza. Conocimiento que además tiene la virtud de ser confiable: funciona cuando se aplica a resolver problemas prácticos.

Pero eso no quiere decir que no tenga límites. Así como debe haberlos, y muy claros, para distinguir la ciencia legítima de sus imitaciones baratas que pretenden embaucar incautos vendiendo remedios milagrosos o métodos adivinatorios, los hay también en cuanto a su campo de aplicación y su poder para hallar explicaciones y hacer predicciones confiables.

En otras palabras, la ciencia no sirve para todo. No sirve para saber si alguien nos ama, juzgar una obra de arte, decidir por quién votar, resolver un dilema ético ni elegir qué mermelada es la más sabrosa. Ni, por supuesto, para resolver dudas sobre la existencia de una divinidad. Puede, eso sí, proporcionarnos información útil que nos ayude en estas decisiones. Pero no resolverlas.

Aunque esto debería ser obvio, hay quienes sinceramente no lo creen, y piensan que la ciencia puede resolver cualquier tipo de problemas en cualquier área, no sólo respecto al mundo natural, y que básicamente es la única forma legitima de obtener conocimiento acerca de cualquier cosa.

Quienes piensan así llegan a descalificar cualquier otra forma de obtener conocimiento, como la fi losofía, la revelación, las tradiciones y otras, pues consideran que sólo el científico es verdadero conocimiento: todo lo demás son simples creencias sin justificación, que no deberían ser tomadas en cuenta. Existe una palabra para designar a estos extremistas de la ciencia: cientificistas.

La Real Academia define el cientificismo como la "doctrina según la cual los métodos científicos deben extenderse a todos los dominios de la vida intelectual y moral sin excepción"; la "teoría según la cual los únicos conocimientos válidos son los que se adquieren mediante las ciencias positivas", y la "tendencia a dar excesivo valor a las nociones científicas".

En este sentido, el cientificismo sería un vicio del pensamiento; una confianza exagerada en la ciencia que llega a la soberbia, y en casos extremos, a un verdadero fanatismo.

Tiene dos desventajas: no sólo es poco sensato, sino que refuerza, al presentar una ciencia totalitarista e intolerante, el rechazo que mucha gente siente hacia ella.

La ciencia es una creación humana. Por ello, a pesar de su valor, tiene limitaciones, contradicciones y defectos. Su objetivo es, simplemente, proporcionarnos conocimiento confiable acerca del mundo natural. Transformar ese conocimiento en sabiduría es tarea que va más allá de sus posibilidades.

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Número 185, revista ¿Cómo ves?, página 7, Abril 2014. Transcripción con autorización del autor.

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Ciencia colectiva

Por Martin Bonfil Olivera - 26 de Julio, 2014, 13:02, Categoría: Ojo de mosca

Tradicionalmente, la ciencia ha sido una actividad elitista. No por egoísmo, sino porque para realizarla se requiere una preparación de muchos años de estudio especializado.

Pero recientemente se han puesto de moda los proyectos de "ciencia ciudadana", en los que miles de personas sin estudios científicos superiores pueden participar, a veces de manera muy directa, en proyectos de investigación profesional.

La idea no es realmente nueva: por lo menos desde el siglo XIX los aficionados a la ornitología y la astronomía se han dedicado a usar sus binoculares o telescopios para observar, catalogar y estudiar, respectivamente, aves y objetos celestes. Así, los "observadores de aves" han descubierto muchas aves nuevas, o que se creían ausentes o extintas en cierta zona. Y los astrónomos aficionados han sido responsables del primer avistamiento de muchísimos cometas.

Pero fue hasta que internet nos dio posibilidades de comunicación barata e instantánea que proliferaron los proyectos de ciencia colectiva. En 1999, investigadores de la Universidad de Berkeley lanzaron el proyecto SETI@home (setiathome.ssl.berkeley.edu), en el que los usuarios pueden instalar en su computadora un programa que usa el tiempo en que está desocupada para descargar y procesar datos procedentes de los radiotelescopios que buscan señales de civilizaciones extraterrestres.

Sin embargo, en este proyecto los ciudadanos simplemente prestan tiempo de sus computadoras. Foldit (fold.it), juego de computadora dado a conocer en 2008 por expertos de la Universidad de Washington, consiste en plegar la cadena de aminoácidos que forma una proteína buscando la configuración que tenga la mínima energía. Aquí, la inteligencia y paciencia humanas ayudan a resolver así uno de los más complejos problemas de la bioquímica estructural.

En 2009 surgió Galaxy Zoo (www.galaxyzoo.org), en el que uno puede clasificar galaxias según su forma, cosa que una computadora no puede hacer, y ayudar así a procesar las toneladas de datos que la observación del Universo produce constantemente.

Hay también proyectos de ciencia ciudadana para clasificar plantas y animales y observar su distribución ecológica. Y recientemente la asociación para la Investigación del Cáncer en el Reino Unido lanzó un divertido juego para teléfonos celulares llamado Juega para curar: genes en el espacio (www. cancerresearchuk.org/support-us/play-to-cure-genes-in-space) en el que, al pilotear una nave interestelar que debe recolectar el "elemento alfa" y esquivar asteroides, el usuario está en realidad analizando datos acerca de qué genes están activos en los tumores de miles de pacientes con cáncer; datos que los investigadores tardarían años en procesar.

En otras palabras, lo que los participantes en estos proyectos colectivos de ciencia hacemos es prestar nuestros cerebros a los investigadores. Así, los ciudadanos estamos realmente ayudando a hacer ciencia.

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Número 184, revista ¿Cómo ves?, página 7, Marzo 2014. Transcripción con autorización del autor.

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Las tres ciencias

Por Martin Bonfil Olivera - 2 de Junio, 2014, 5:46, Categoría: Ojo de mosca

La ciencia tiene fama de ser complicada. Y lo es. Las teorías científicas, que describen, explican y hasta predicen los fenómenos naturales, constan de complejos modelos matemáticos o conceptuales, muy abstractos y formados por muchas piezas. Por ello, pretender reducir la teoría de la relatividad o el funcionamiento de una célula viva a una explicación breve y sencilla es, siendo honestos, muy poco realista.

Ésta es la razón del reclamo más común de los investigadores científicos a quienes se dedican a divulgar la ciencia (como hacemos en ¿Cómo ves?): que frecuentemente la sobresimplifican, omiten partes importantes o incluso la tergiversan al grado de que —desde su punto de vista de expertos— introducen verdaderos errores.

Los divulgadores se defienden argumentando que comunicar a un público no experto las complejidades de la ciencia sin recurrir a simplificaciones, metáforas y símiles es una tarea estrictamente imposible.

La verdad es que ambos grupos tienen razón. Simplificar el conocimiento científico ciertamente lo desvirtúa; no simplificarlo lo hace inaccesible para el no iniciado.

El problema es que la ciencia que produce el investigador y la que divulga el comunicador no son la misma ciencia. Son dos cosas distintas.

Esto suena menos raro si se considera la ciencia que se enseña en la escuela. De las ciencias naturales de primaria hasta los cursos de licenciatura y posgrado, la ciencia impartida en el salón de clases y plasmada en libros de texto es claramente distinta de la que se discute en los pasillos de un instituto de investigación.

Esta "ciencia escolar" abarca una gama que va desde las versiones que se imparten en primaria, que para el experto pueden estar excesivamente simplificadas y hasta "mutiladas", pero que pedagógicamente son las más adecuadas para iniciar a los estudiantes en la comprensión de temas abstractos, hasta los cursos superiores de formación de expertos, en que se entrena a los estudiantes en el lenguaje y el manejo especializado de los conceptos científicos.

Para los pedagogos, el hecho de que la ciencia escolar difiera sustancialmente de la ciencia académica —aunque, eso sí, sin traicionar su esencia— no tiene nada de raro. Es el precio inevitable de traducirla desde el lenguaje ultraespecializado de los expertos a uno que sea comprensible para los diversos tipos de estudiantes.

Y es por eso mismo que la "ciencia pública", la ciencia divulgada, difiere también, a veces dolorosamente, de la versión detallada, precisa y compleja de los investigadores. Algo se pierde, irremediablemente, en la traducción. Pero sin dicha traducción, no habría comunicación posible con el público no científico.

Ciencia académica, ciencia escolar, ciencia divulgada: tres versiones de una misma visión de la naturaleza, adaptadas para que distintos espectadores puedan disfrutar de ella.

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Número 183, revista ¿Cómo ves?, página 7, Febrero 2014. Transcripción con autorización del autor.

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Libros y evolución

Por Martin Bonfil Olivera - 28 de Marzo, 2014, 5:58, Categoría: Ojo de mosca

Algo que distingue al ser humano de cualquier otra especie es la cultura: esa herencia extrasomática que se suma a nuestro patrimonio genético y aumenta nuestra capacidad de adaptarnos al entorno y sobrevivir.

El primer paso en su surgimiento fue el lenguaje simbólico, que nos permitió compartir nuestras experiencias, ideas y aprendizajes. El biólogo inglés Richard Dawkins ha llamado "memes" a estos fragmentos de información que pueden transmitirse de un cerebro a otro. Al hacerlo van cambiando, seleccionándose y adaptándose, en un proceso evolutivo muy similar al de los genes.

El segundo gran hito fue la escritura, que nos permite plasmar esa herencia cultural y conservarla para que perdure y se enriquezca de generación en generación. A través de la escritura, los memes pueden sobrevivir fuera de nuestro cuerpo.

La invención de la imprenta de tipos múltiples por Gutenberg, alrededor de 1440, hizo posible la tercera revolución en la historia de la cultura: el libro como producto masivo. Ahora las ideas se podían difundir con fidelidad y de manera amplia y duradera. Los libros han sido los más eficaces vehículos para la supervivencia, diseminación y reproducción de memes.

Hoy se habla de cómo la revolución digital pone en riesgo al libro de papel. Y es cierto: la posibilidad de almacenar digitalmente un texto, con su diseño, tipografía e ilustraciones, para leerse en una pantalla, ahorra el carísimo proceso de impresión. La competencia entre libros de papel y electrónicos es muy desventajosa para los primeros.

Si añadimos el costo de distribución y venta, que internet evita, no extraña la actual crisis de las publicaciones en papel. Periódicos y revistas de todo el mundo ya la resienten: muchos han quebrado, o cancelan su impresión en papel para mudarse al ciberespacio. Los libros de consulta, como enciclopedias y diccionarios, están en vías de desaparecer para ser sustituidos totalmente por versiones virtuales.

Pero el libro es sólo un paso en un proceso de evolución que, de pictogramas en cavernas, jeroglíficos en tablillas de barro y grabados en roca ha pasado a símbolos escritos con tinta en papiros, pergaminos y finalmente papel. Un nuevo cambio de soporte no tiene por qué ser dañino.

Y los libros de papel siguen teniendo muchas virtudes. Además de ser prácticos, cómodos y bellos, son mucho más durables que los electrónicos: hay volúmenes impresos por Gutenberg que se conservan perfectamente. La tecnología, en cambio, es voluble y varía sin cesar. El libro impreso es un invento tan perfecto que resultará muy difícil que sea sustituido por completo por pantallas.

Al final, los libros —impresos o digitales— son sólo medios que los memes usan para sobrevivir, propagarse y seguir así colonizando más cerebros.

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Número 182, página 7, Enero 2014. Transcripción con autorización del autor.

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